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Sábado 16 de Mayo de 2009

Sobre literatura y ciudadanía

Texto de la conferencia "Literatura, lectura, ciudadanía y educación en la Argentina del siglo XXI" brindada por el escritor Mempo Giardinelli (*).

Para encuadrar mi discurso, voy a empezar con dos referencias: una personal y otra política.
La primera: cuando yo era chico, en el Chaco, y aunque el mío era un hogar humilde, en esa casa lo que más había era lectura. Mi mamá, que era maestra de piano, y mi única hermana, doce años mayor, leían libros y revistas todo el tiempo. Mi papá, aunque sólo había cursado hasta tercer grado de primaria, y era panadero y vendedor de cosas, leía los diarios como quien los estudia. El mueble más importante de la sala comedor era la biblioteca: un enorme librero de madera oscura, que tenía, en los estantes inferiores, todos los libros que yo podía tomar para leer, jugar, destruir o lo que se me diera la gana; y arriba, por supuesto, los libros inconvenientes que, inteligentemente, nadie decía que eran inconvenientes. Lo descubrí en la adolescencia, cuando ya había devorado varias enciclopedias y los adorables libros de Constancio Vigil y de Monteiro Lobato, y de Stevenson, Salgari, Verne y Daniel Defoe. Y entre mis recuerdos más hermosos figura ir a la estación del ferrocarril dos veces por semana a esperar la llegada de los libros y revistas que mi mamá compraba a librerías de Buenos Aires.
No casualmente, mi hermana estudió después Bibliotecología y egresó con la primera camada de Bibliotecólogos de la Universidad Nacional del Nordeste. Y yo fui toda mi vida un bibliófilo, y no dudo de que a esa circunstancia debo el ser narrador y periodista, porque mi formación como escritor y como ciudadano derivan de mi formación como lector.

La segunda referencia es política: estamos cerca de unas elecciones que algunos presentan como dramáticas, definitivas, un aparente hito para nuestra joven democracia. Yo, que no estoy enrolado y apenas maduro mi voto íntimamente, simplemente observo algunas cosas: a) en mi provincia el gobierno, de súbito, le da un espacio importantísimo a un desprestigiado operador del menemismo, evidentemente sólo para que sus seguidores no voten en contra; b) a la vez, la principal candidata nacional que ha dado el Chaco, enemistada a muerte con el ex gobernador radical, a quien acusó durante años de corrupto, ahora hace alianza con él; c) una diputada provincial con bastante prestigio, del mismo partido de esta señora, se resistió a esa alianza y amenazó renunciar. Pero ayer se supo que no habrá ruptura y que ella será candidata a diputada nacional en segundo lugar; d) en el orden nacional las alianzas pro-K o anti-K se muestran, a todas luces, éticamente repugnantes más allá de que resulten graciosas y hasta risibles una vez que uno se repone del espanto.

Parto de estas dos referencias para subrayar que toda mi vida estuvo y sigue estando signada no sólo por la escritura de novelas, cuentos y ensayos, sino también por el desarrollo de ideas, espacios y estrategias capaces de transformar a nuestra sociedad. O sea, la Literatura como oficio de vida y la Política en su más elevada acepción. Pasiones ambas que confluyen y definen, en mi quehacer cotidiano, la superior pasión por la lectura.
Lectura, digo, entendida como el único impulso, la única actividad y el único lugar en el que el amor, los valores, mis principios, el trabajo, la decencia, el patriotismo, la solidaridad y el mejoramiento de la sociedad en que uno vive adquiere sentido y perspectivas.
La lectura, a pesar, en contra y por encima de los discursos vacíos de ideas, de la pobreza conceptual, de la mentira contumaz hecha verbo y palabrerío.
La lectura como única y ahora última posibilidad de resistirnos frente a los discursos dominantes que procuran que la gente sea sólo masa, consumidores, clientes, números, votantes cautivos, pero no personas.
Por eso tenemos que volver a esta docencia elemental: La lectura es el camino hacia el conocimiento. La lectura es el pilar fundamental de la educación. Hay que recuperar esa concepción y, afortunadamente, puedo decir que en eso estamos en este país donde todo parece tan negativo, y donde los factores políticos no hacen más que hartarnos con su negatividad... Los planes de lectura en vigencia, el Plan nacional del Min.Educ y los de muchas provincias, así como decenas de programas de promoción y fomento de la lectura, públicos y privados, y de instituciones como la que yo presido en el Chaco, apuntan a eso: a vincular a la lectura con la educación. A veces a los tumbos, o trabados por absurdas burocracias, lo estamos haciendo, y no lo hacemos tan mal.
En la Argentina, en lo que va de este milenio y a pesar de todas las crisis y malos augurios, los que trabajamos en promoción de la lectura estamos librando una formidable batalla. Y eso no es un milagro ni puro inútil voluntarismo. Se trata de algo muy simple: tenemos la convicción de que no hay educación posible sin lectura, sin lectores, sin docentes, padres, madres y estudiantes leyendo. Sabemos que no hay alternativa. No es posible una ciudadanía consciente si los ciudadanos no leen. La no lectura, no leer, sólo conduce a la ignorancia, a la pérdida de valores, a la violencia en cualquiera de sus formas y a la degradación de la calidad de vida de la sociedad. Todo eso.
Pero habemos muchos miles, en todo el territorio nacional, que trabajamos empecinadamente para hacer de la República Argentina un país menos bruto que el que heredamos de casi medio siglo de dictadores, neoliberales, economicistas y colonizados de todo pelaje.

He dicho que hay que volver a la docencia elemental de que la lectura es importante como vía de conocimiento. Y que la lectura es el pilar fundamental de la educación. Muy bien. En consecuencia, muchas veces me preguntan, en todo el país a medida que lo recorro, si hay alguna lectura que ayude más que otra en la construcción de ciudadanía. Se me piden listados, enumeraciones bibliográficas. Y yo digo que las hay pero que no necesitamos listas, ni fórmulas ni maratones de lectura. Lo que necesitamos son personas que desarrollen su capacidad de pensar, y ese desarrollo sólo es posible con mucha y buena lectura.
Esto significa no leer cualquier cosa, sino leer lo mejor, la buena literatura, los buenos textos gordos en ideas, que se van reconociendo y asimilando sólo a medida que uno lee más y lee mejor.
Pero el de la lectura es un proceso LENTO. Es fundamental aceptar esto. No hay resultados inmediatos, se requiere paciencia y perseverancia. Claro, son dos virtudes que no abundan en la Argentina… Pero es el único camino y es por eso que hay que evitar los listados y las recetas. Como también se debe evitar el error pedagógico tan común de implantar lecturas que espantan antes que seducen. Como cuando a mi generación, cuando teníamos 16 años, nos forzaban a estudiar la morfología de las Coplas a la Muerte de mi Padre, de Jorge Manrique…, por Dios!! Con lo cual sólo se nos estaba ahuyentando de la lectura… Y esto no va en contra de la belleza y profundidad del poema de Manrique, quede claro, pero sí quiere hablar de procesos de asimilación, de lectura y creación lenta del espíritu lector…
En momentos en que vivimos una crisis de sistema que dificulta muchísimo la construcción de ciudadanía y la promoción de la lectura, nuestra mejor arma de resistencia es la lectura. Y específicamente la mejor de ellas, la más irremplazable, que es la gran literatura universal. Ésa que está en toda biblioteca bien dotada y que nos lleva a la reflexión y al pensamiento lento, como lo llama Pierre Bourdieu. Ese pensamiento lento, “pensante”, que es lo que realmente construye valores, principios y, desde luego, ciudadanos para la democracia.

Algunos pensarán que esto que digo no son más que palabras y buenos propósitos. Y es verdad. Pero bueno, yo vengo, como muchos/as de ustedes, de demasiado pragmatismo, de discursos “realistas” y de gente que exige “ser concretos”. Y la verdad es que a la vista de cómo los “prácticos” nos arruinaron el país, a mí me parece que un poco de idealismo no nos viene nada mal.

En mi libro VOLVER A LEER sostengo que en la Argentina, después de la crisis de 2001 a 2002, es posible decir, precisamente, que desde las propuestas más idealistas hemos ganado una batalla muy importante en el camino de volver a ser una nación lectora. Y con esto quiero significar que hemos ganado la primera batalla por la recuperación de la lectura: la de la concientización. Hoy el tema de la lectura está instalado en las agendas educativas y culturales, y también en gran medida en las preocupaciones sociales y familiares. Sin dudas. Hoy nadie, o casi nadie en la Argentina, ignora la importancia de la lectura. Vayan y pregunten a cualquier familia, de cualquier condición social y en cualquier punto del país, si quieren lectura para sus hijos. Todos dirán que sí. Es evidente que la ciudadanía quiere lectura para sus hijos. Y eso se debe en primer lugar a que hoy somos una nación que se reafirma en democracia. A veces de modo irregular, y con retrocesos momentáneos, pero la verdad es que somos un país en el que la democracia es mucho más sólida y fuerte que lo que muchos argentinos/as creen, más allá de los innumerables aspectos insatisfactorios de nuestra vida cotidiana y de las muchas dirigencias y gobiernos cuestionables.

Este país quiere volver a leer, es evidente. Y eso está muy bien, es un excelente avance. Pero no somos todavía un pueblo lector. Estamos muy lejos de serlo. Y ahí está el problema. Ése es el gran paso que falta. Pasar de la conciencia a la lectura. Hacer que la convicción de que leer es importante nos abra el camino para que un día seamos, nuevamente, una sociedad de lectores. Y hacer que esa coherencia básica transforme en lectores a los ciudadanos.

Hoy en la Argentina existen muchos programas de promoción y fomento de la lectura, y todos son más o menos eficaces, activos, estimulantes. De hecho hemos salido del largo oscurantismo en el que la lectura y el libro fueron demonizados. Porque todos y todas debemos recordar —y debemos recordarlo siempre— que así como alguna vez la Argentina fue una sociedad lectora, y fuimos el principal país productor de libros de América, y el mayor exportador de libros de la lengua castellana, y fuimos el país donde se traducía todo el conocimiento universal a la lengua castellana, y nuestros libros y revistas formaban ciudadanos en todo el continente y en toda nuestra lengua, bueno, un maldito día dejamos de ser todo eso y no por voluntad ni por casualidad.

Desdichadamente, el discurso dictatorial, autoritario y perverso de que el libro era subversivo prendió en casi todos los sectores sociales, particularmente en los más atrasados, que como siempre sucede —y sucede ahora mismo— son los que aceptan y adoptan ingenuamente las peores ideas y discursos ideológicos... Hace apenas treinta años en este país el libro era subversivo porque el saber lo era. El conocimiento, el pensamiento, la libre expresión de las ideas, todo era considerado peligroso. Los libros se quemaban; bibliotecas enteras fueron destruidas; escritores y poetas fueron asesinados, y con todo ello la lectura fue la gran perseguida.

Por eso suelo afirmar, con toda responsabilidad, que la lectura es también un desaparecido de la Dictadura. Y el resultado está a la vista: se desprestigiaron el libro, la biblioteca, el conocimiento, el saber perdió prestigio y dio paso a la estupidez celebrada, como ahora mismo, día a día y noche a noche.

En democracia la recuperación ha sido y es muy lenta. Como es lógico. Pero hemos avanzando mucho y por eso me parece importantísimo subrayar que los argentinos estamos en franca recuperación lectora. Lo que habla muy bien de nuestra democracia y nuestra ciudadanía, a pesar de todos los malos augurios, la neurosis y la pasión quejosa —sobre todo de parte de quienes menos derecho tienen a quejarse— que tanto fatigan la paciencia.

Pero claro: si bien somos una nación en recuperación lectora, eso no implica que somos —no todavía— una nación de lectores. Falta lo principal, lo que realmente nos hace lectores. Falta leer.

Y ahí está el gran problema educativo que enfrentamos. Porque a mí siempre me preguntan: Sr. G. ¿cómo se puede incentivar a los chicos a leer libros…? Y yo respondo e insisto en que es una pregunta errónea porque el problema no radica en cómo incentivar a los chicos a leer… Porque el problema son los grandes, no los chicos… Los chicos simplemente hacen lo que hacen sus padres y sus maestros, y si ven que padres y maestros se pasan cuatro o cinco horas por día haciendo zapping frente a la tele como idiotas, pues desdichadamente ellos van a hacer lo mismo. Entonces, la pregunta correcta sería cómo incentivar a los grandes a leer, que es un problema mucho más complejo y es el verdadero problema. A ver si nos convencemos de una vez: los programas de lectura deben dirigirse a los grandes, que son los eslabones perdidos de la cadena virtuosa de la educación y la ciudadanía. A los chicos alcanza con leerles, simplemente leámosles historias, cuentos y poemas de calidad, y dejémoslos en paz que solitos van a ser mejores personas, si sabemos aficionarlos a la lectura.

Por eso suelo estar de acuerdo en que la biografía de un lector se inicia en la infancia, pero ésa, siendo cierta, no es una regla excluyente. Así, incluso aquél que no tuvo la oportunidad de ser lector cuando niño, puede iniciar su biografía lectora de grande. El caso de Francesco Tonucci, que se inició como lector después de la edad de 30 años y hoy es una autoridad de la Pedagogía de la Lectura, es ejemplar.

De lo que se trata entonces es de proveer a las personas de buena literatura, estimular el pensamiento lento y alentar la perseverancia. Porque es condición sine qua non la perseverancia. Es un elemento esencial para la educación y la lectura.


Y otro problema educativo es el de eludir responsabilidades. Yo he dicho, y reitero, que la cuestión de la calidad educativa es vista, por la mayoría de los argentinos, como un problema de otros: de los maestros, de los niños, de los gobernantes… Es increible, y absurdo, pero es como una necedad colectiva… Mucha gente dice estar de acuerdo en que la lectura es importantísima y que los chicos deben ser lectores, pero ellos, los que dicen eso, no leen… Y con la misma ligereza hacen suyos reclamos que no son de ellos, o se alarman por lo que les dicen los medios, que en este país no son nada inocentes. No gustará que lo diga, pero es típico de las clases medias creerle a la tele y a las revistas tontas, como se cree en los horóscopos. Y ya lo decía Sarmiento: el que cree, no piensa. Y yo agrego que el que no lee está perdido. Literalmente, perdido. Porque no se trata de creer; se trata de saber. Y para saber hay que leer.

No hay atajo hacia el saber si no se lee. No hay educación ni conocimiento, cuando una sociedad no lee. Ni hay democracia sostenible.

Construir ciudadanía, por lo tanto, es construir lectores. La formación lectora ayuda a construir ciudadanía, tanto como, inversamente, el abandono lector arroja como resultado casi inevitable consumidores acríticos, clientes, pero no personas conscientes.

Esta es la Pedagogía de la Lectura que desde hace años, en Resistencia, venimos definiendo y practicando. De hecho la desarrollamos como una forma concreta —y de bajísimo costo— de abrir puertas a una interacción educativa y formadora de formadores de lectores, sean docentes, bibliotecarios o padres/madres de familia. Varios indicadores nos demuestran hoy que el trabajo por la lectura mejora a la sociedad argentina de manera muchísimo más profunda que lo que parece. Y la democratiza de manera extraordinaria. Y mayor mérito tiene esto si recordamos que es un trabajo que se da en un contexto en el que las mayorías argentinas son llevadas diariamente, noche a noche, a ilusiones y dizque sueños que son falsos de toda falsedad, porque están llenos de la nada más absoluta.

Ciudadanía y Lectura son dos conceptos que nos proponen reflexionar acerca de nuestra necesidad de resistirnos al embrutecimiento, aunque muchas veces no sabemos cómo resistirnos. Cuando tantas expresiones y formas de la cultura popular de masas parecen conducir sólo al vacío, la superficialidad y la intrascendencia, nos preguntamos: ¿cómo construir ciudadanía? ¿Cómo crecer para llegar a adultos en medio de la vulgaridad? Y más: ¿Cómo desarrollar ciudadanía sin lectura, cómo construir una mejor democracia con un pueblo que no lee y es conducido a la ignorancia consuetudinariamente?

Parece una tarea imposible, pero no lo es. La resistencia intelectual es antes una decisión interna, que un objetivo a largo plazo. Y esto lo digo para ratificar lo que dije antes: que el idealismo es mucho más que palabras y buenos propósitos. El idealismo también puede ser, y es, acción.

Por eso la lectura requiere decisión, persistencia y consistencia como actividad educativa. Familiar primero, escolar después, democrática y ciudadana siempre. Sin persistencia y consistencia en la lectura es casi imposible la construcción de lectores, y más aún si se trata de formar lectores entre nuestros niños, hoy víctimas del desamparo, del paco, de la violencia de la marginación. ¿Cómo vamos a estimular su sensibilidad, como vamos a conducirlos hacia el conocimiento y la construcción de ciudadanía si no leemos nosotros?

Hace unos años, en el Congreso de la Lengua Castellana, dije en esta misma ciudad que es la lengua lo que primero nos define y es nuestra primera identidad. Desde el seno materno escuchamos —leemos— esa lengua que nos definirá toda la vida. Y en la vida somos en tanto hablamos. Y lo que hablamos, y cómo hablamos, nos define. Recordemos que de los 90 mil vocablos de la lengua castellana el lenguaje coloquial de los argentinos emplea apenas entre 1.000 y 1.500 palabras, y que en vastos sectores indigentes hoy apenas alcanza las 500 y en algunos núcleos hasta menos de 200 palabras… Entonces, si somos lo que hablamos, también somos lo que leemos. Pero sobre todo, y aunque aparentemente no se note, como sociedad también somos lo que no hemos leído.

Todos los derechos garantizados por la Constitución Nacional se relacionan estrechamente con la lectura: los derechos al trabajo, la salud y la previsión social; así como los derechos de los niños y los ancianos, de todas las profesiones y empleos. De hecho, la inclusión social en todas sus formas, la no discriminación y las diferentes posibilidades y alternativas de desarrollo económico, social y cultural de la población, todo está, siempre, vinculado a la lectura de manera esencial, basal e irrenunciable. Así, la lectura deviene derecho político fundamental. Y tanto, que en mi opinión la democracia misma depende de la lectura.

Vista de este modo, la lectura trasciende la perspectiva que se le da habitualmente al considerársela como un exclusivo “problema pedagógico”. ¡Por favor! Es ridícula esa reducción, la lectura es muchísimo más que eso...

Como bien apunta la especialista colombiana Silvia Castrillón en su libro El derecho a leer y a escribir, tener acceso a la lectura quizás “no organiza de manera absoluta la democracia, pero no tenerlo definitivamente la impide o, por lo menos, la retarda”.

Coincidentemente, la antropóloga francesa Michelle Petit, también reconocida especialista en lectura, sostiene con razón que: “Leer no es una actividad anodina, un pasatiempo cualquiera. Sigue siendo hoy en día el primer instrumento de acceso al saber, a los conocimientos, formalidades y a un mejor dominio del idioma, por lo que es capaz de modificar los destinos profesionales y sociales”.

Y conste que menciono a Petit justo cuando en estos días está de visita en la Argentina y ayer mismo se declaró en contra de la idea de "construcción" del lector, idea que definió como "ingenua" y a la que desdeñó con la comparación de que "a nadie se le ocurriría promover el amor, por ejemplo". Todo lo cual, para mí, es por lo menos apresurado y eurocéntrico. Porque nosotros no sólo construimos lectores por necesidad social, también lo hacemos porque estamos convencidos de que es, precisamente, un acto de amor, una magnífica y nada ingenua manera de promover el amor. Quizás la Señora Petit debiera pasar una temporadita con nosotros en el Chaco. Y ya vería si hay que construir lectores o no, y que lo que menos hay en nosotros y en los despojados es ingenuidad.

Y es que ella, con todo el peso de su autoridad, habla sin embargo desde una posición completamente diferente de lo que es nuestra realidad. Y a mí me parece que esto hay que decírselo a nuestros maestros y maestros: está muy bien la formación académica con textos europeos, pero mejor sería leerlos un poco críticamente, es decir con un ojo en el texto y el otro en la realidad de su alrededor. Porque si no terminarán aceptando otra idea de Petit, igualmente cuestionable. Dice ella que "la experiencia de la lectura no es diferente de un medio social a otro". Y caramba, quizás eso valga para ella que trabaja en Francia, pero para quienes trabajamos en América Latina construir lectores es una tarea necesaria socialmente, y es urgente y es ciclópea porque leer para nuestro continente es una razón de supervivencia, y es precisamente por eso que la experiencia de la lectura sí es completamente diferente entre un medio social y otro, y eso mismo, de paso, dificulta tanto nuestra tarea.

Y ya que estamos hablando de personalidades de moda entre la docencia argentina, también diré que algo similar sucede con las ideas de Daniel Pennac cuando él se refiere al placer de leer, que pareciera convertir a la lectura en un acto un tanto frívolo, un poquitín lúdico y que muchas veces confunde a nuestros pobres maestros. Porque el placer está muy bien para ciertas familias burguesas, y sin dudas para el contexto francés, pero entre nosotros, nuevamente, el placer no puede ser motor de la lectura cuando el placer es algo inexistente, desconocido para varios millones de personas sumergidas en la brutalidad social que significa la indigencia.

El itinerario de la lectura, y del libro, fueron siempre riesgosos y no sólo en términos teóricos. Desde los primeros rollos que fijaron el conocimiento, las leyes y los relatos, hasta que en el siglo XV Johannes Gutenberg inventó en Maguncia la primera prensa de tipos móviles, que permitió la reproducción infinita de los textos. A partir de entonces, en cada turno histórico y en cada núcleo social, a la par de la lectura se planteó la cuestión del poder. Porque leer es saber. Y porque leer es poder. Y leer lo que está correcta y apropiadamente escrito es poder más y poder mejor.

En cada etapa de la Historia el conflicto se planteó respecto de quién guardaba, quién custodiaba, quién tenía ese poder. Así sucedió con la Biblia, cada uno de cuyos evangelios fue producto de una crisis de poder. Así sucedió con la Comedia de Dante en el 1300 florentino y también con la propuesta de Martín Lutero de una Biblia germánica sin intérpretes oficiales. No voy a aburrirlos con ejemplos, pero también pasó con las fabulaciones de Rabelais, de Shakespeare, de Cervantes y tantos más, todas orientadas a eludir censuras y responder a los poderes seculares.

Y más acá, en los alucinantes últimos cien años, las persecuciones del nazismo y el franquismo, y entre nosotros la Noche de los Bastones Largos y más acá las piras de la Junta Militar en Eudeba, en el Centro Editor de América Latina, en la editorial Losada y en innumerables diarios y revistas de todo el país.

La historia de la lectura es la historia de la persecución de los lectores. De ella se ha nutrido la historia del pensamiento, de la literatura, de las religiones y de cada cisma, cada dictadura y cada democracia.

Es por eso que en materia de responsabilidades sociales nos encontramos tantas veces en desventaja. Porque también en nuestra democracia hay fuerzas persistentes en contra de la lectura, y son muy poderosas. Conscientes o no, sus estímulos calan muy hondo e imperan en los medios de comunicación, donde es más común el ruido que la meditación, la oportunidad que la investigación, el grito en lugar de la palabra serena y el pensamiento lento, o pensamiento pensante, que es el único camino hacia las ideas.

Este es un problema muy serio, porque vivimos en un país en el que los medios no asumen ni estimulan ningún debate sobre su propia responsabilidad social. De un lado los llamados multimedios machacan con el tratamiento de la información de manera mediocre, oportunista y sensacionalista. Y del otro lado algunos grandes medios gráficos practican descaradamente el ideologismo sesgado y la intencionalidad disfrazada, y encima, últimamente, en supuesta defensa de una República decimonónica a la que ellos mismos siempre estafaron. Y para colmo, en los últimos años muchos medios gráficos, las editoriales de libros y muchos educadores se fueron adecuando a la estridencia, superficialidad y casi nula responsabilidad de la televisión, y no al revés.

De ahí la importancia fundamental que tiene que los argentinos discutamos ahora la nueva ley de servicios de comunicación audiovisual. Estamos ante la oportunidad maravillosa de parir una nueva ley de comunicación, desde luego más plural, democrática, abierta y con fuertes controles de la misma sociedad. Así terminaremos con la actual, vigente ley de la Dictadura que es un mamarracho jurídico y un espanto comunicacional.

Yo estoy convencido de que sólo la lectura, la imaginación, el estudio, el esfuerzo, la tenacidad investigativa, el desafío constante del conocimiento nos abre los ojos para pensar mejor y entonces, peculiares y sinceros, abandonar las oscuridades de la ignorancia. Que son oscuridades tenebrosas, malignas, nocivas para la convivencia y cuyos nombres propios hoy son racismo, discriminación, autoritarismo, violencia, resentimiento. Todas materias tan argentinas de este tiempo, desdichadamente, que por eso mismo conviene enfrentar con valentía, con el saber que está en los libros y con la pasión que reside y bulle, incontenible y magnífica, en la lectura. Desde siempre en los libros, desde hace poco en internet. Cuya materia no es el fondo de esta charla, pero yo no quiero dejar de decirlo claramente: internet es un auxiliar fenomenal de la lectura. Y digo más: hoy es inconcebible imaginar siquiera el desarrollo de lectores y lectura sin internet. No hay futuro lector sin internet, que es un campo vastísimo en el que, no tengo dudas, se repetirán los vicios y las virtudes de la lectura en papel.

El lema de nuestra Fundación es "Leer abre los ojos". Si eso es verdad, y yo estoy seguro de que lo es, entonces habrá que tenerlos bien abiertos, sobre todo ahora que estamos viviendo una impresionante revolución tecnológica en el mundo, y hay tanta confusión en nuestro país, y tanto engaño y tanto macaneo político y periodístico.

Muchísimas gracias.
 

(*) Teatro El Círculo, 11 de mayo de 2009. Actividad organizada por el Suplemento Educación del diario La Capital.

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