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Lunes 20 de Octubre de 2008

Sólo es cuestión de tiempo

Tengo sueño. En este preciso instante en que me senté a escribir descubrí que debería cambiar la computadora por un sueño reparador. "¿Y a mí qué me importa?", van a preguntarse a coro los lectores, al menos los más educados. Bueno, lo que ocurre es que simplemente es el disparador de un interrogante mucho más abarcador y (espero) más atrayente: ¿cuando llegará el día en que la tecnología sea capaz de controlar las sensaciones, los estados de ánimo y las necesidades físicas, en este caso el sueño, por ejemplo? ¿Cuándo se cruzará esa barrera?

Tengo sueño. En este preciso instante en que me senté a escribir descubrí que debería cambiar la computadora por un sueño reparador. "¿Y a mí qué me importa?", van a preguntarse a coro los lectores, al menos los más educados. Bueno, lo que ocurre es que simplemente es el disparador de un interrogante mucho más abarcador y (espero) más atrayente: ¿cuando llegará el día en que la tecnología sea capaz de controlar las sensaciones, los estados de ánimo y las necesidades físicas, en este caso el sueño, por ejemplo? ¿Cuándo se cruzará esa barrera?

La pregunta no es si lo hará, sino cuándo, porque a esta altura todo parece apuntar a que esos límites que ahora creemos imposibles habrán de romperse, más tarde o más temprano, que sólo es cuestión de tiempo. Para insistir con el sueño: ¿cuándo llegará la tecnología que dote al ser humano de la capacidad de contar con una vigilia permanente?

Da miedo de sólo imaginarlo, pero preguntas como esas se formularon Ian Neild y Ian Pearson, en 2005, cuando hicieron un trabajo para British Telecom en el que se plantearon hasta dónde podría llegar el avance científico y tecnológico en los siguientes cincuenta años. Con una imaginación envidiable y la colaboración de investigadores, científicos, médicos y programadores, Neild y Pearson bocetaron el "futuro posible" del planeta Tierra.

Pronosticaron que antes de 2010 habrá un grupo de inteligencia artificial entre las bandas musicales más populares, teléfonos que transmitirán sentimientos sin necesidad de expresarlos con palabras y se recuperarán especies extinguidas. En 2012 podrán comprarse frutas modificadas genéticamente con propiedades curativas y habrá circuitos integrados fabricados con ADN. En 2016, aseguran, se venderán aparatos electrónicos capaces de controlar las emociones, estimularlas o inhibirlas. En 2020 dispondremos de autos que conducen solos, maquillaje electrónico que cambia de color, videos holográficos y hoteles en órbita. Según estimaron, la única receta para combatir el sueño será dormir, pero también lo harán las computadoras (¿soñarán los androides con ovejas eléctricas?).

En 2025, dicen, tendremos televisión en tres dimensiones y orgasmos por correo electrónico, así como “extensiones” para el cerebro y animales domésticos diseñados a gusto y medida de sus amos. En 2040 se podrá utilizar un ascensor espacial y después de 2050 se podrán bajar a la computadora pensamientos, emociones y todo lo que almacena nuestra memoria. La comunicación telepática será tan cotidiana como lo es hoy internet y se podrá viajar por el ciberespacio.

Y lo peor de todo: un equipo de futbolistas humanoides derrotará a una selección de fútbol de primer nivel.

Sólo es cuestión de tiempo, dicen Neild y Pearson. Y estoy dispuesto a creeles. O al menos tengo intenciones de soñar con eso en las próximas horas.

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