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Sábado 18 de Julio de 2009

Sin receso para educar

Edgardo Giordano es maestro de adultos que quieren terminar su primaria. Enseña en el aula radial de la Escuela Nocturna Nº 2.565 de barrio Las Flores. Como está convencido de que "la educación no es sólo tiza y pizarrón", el primer día del receso escolar de invierno se juntó con alumnos y vecinos solidarios para poner chapas nuevas al techo del salón donde dicta clases. Un testimonio de cómo es educar donde sobra compromiso y falta de todo.

Edgardo Giordano es maestro de adultos que quieren terminar su primaria. Enseña en el aula radial de la Escuela Nocturna Nº 2.565 de barrio Las Flores. Como está convencido de que "la educación no es sólo tiza y pizarrón", el primer día del receso escolar de invierno se juntó con alumnos y vecinos solidarios para poner chapas nuevas al techo del salón donde dicta clases. Un testimonio de cómo es educar donde sobra compromiso y falta de todo.

El lunes pasado el frío era intenso, pero no fue un impedimento para que desde las 9 ya estuvieran en plena tarea de darle un techo nuevo al espacio de aprendizaje.

Uno de los más entusiastas colaboradores es Ubaldo, un ex alumno y vecino. "Es como si hubiera repetido siete años seguidos el 7º grado", bromea porque ese es exactamente el tiempo que hace que terminó allí la primaria. Ahora es un ayudante incansable del maestro: cuida el terreno, limpia, arregla y asiste a las clases "porque siempre hay algo para aprender".

El aula radial —una extensión física de una escuela— está ubicada en Caña de Ambar al 1.800, depende de la Primaria Nocturna Nº 2.565, que funciona a pocas cuadras, y recibe a diario a 18 alumnos que tienen entre 14 y 61 años. "La mayoría son mujeres adolescentes o muy jóvenes, que asisten con sus hijitos", destaca el maestro poniendo el acento en el esfuerzo de estas mamás.

Se inauguró formalmente en marzo de 2002 con el nombre de Pocho Lepratti, el militante social asesinado en el trágico diciembre de 2001, cuando Carlos Reutemann gobernaba la provincia.

Construir la ciudadanía

Otro de los que se acercó a dar una mano esa mañana fue Gabriel Garay, también alumno de la primaria. Un santafesino ahora radicado en Rosario, de 50 años, y que vive de changas. "No pude terminar la escuela, llegué hasta 2º grado y dejé porque repetí muchas veces", describe así sin proponérselo la misma historia de otros adultos no alfabetizados.

Pero la verdad es que para Gabriel y sus compañeros de estudio la escuelita es algo más que una lección de lengua o matemática. "Aquí preparamos el mate cocido, hacemos torta asada y compartimos la merienda mientras se inicia la clase", cuenta el maestro sobre una rutina tan cotidiana como necesaria para entrar en clima de aprendizaje.

Es que para el docente el trabajo en estas experiencias alfabetizadoras se sostiene codo a codo. "Hay que trabajar junto a los alumnos, eso cambia el modelo con que educamos", comenta, y llama la atención sobre la meta necesaria de pensar la escuela como un ámbito de construcción de ciudadanía.

Coherente con ese principio, en su tarea educativa también hay lugar para que se sumen los vecinos. Como Sabrina, su esposo Marcelo Lencina y sus hijos Brian, Ulises, Camila y Melody, que viven pegados al aula radial. También trabajaron esa mañana para reparar el techo.

Los detalles de qué falta, quiénes vienen y los esfuerzos por sostener el lugar los da con precisión Sabrina, de 25 años, y que también está cursando el 7º grado en un centro cercano.

El lugar y las herramientas básicas para enseñar son misérrimos: no hay libros actualizados y son muy pocos los que pueden interesar a los jóvenes y adultos. Los bancos son apenas una muestra de lo que alguna vez fueron y el pizarrón está tan deteriorado que ya es un dibujo sobre la pared.

Para calentar el mate utilizan un viejo lavarropas con leña o carbón; cuando llueve lo reemplazan por un minúsculo calentador eléctrico. En estos años levantaron un baño (antes no lo tenían), a cuya puerta de ingreso le faltan los vidrios. El lavatorio y depósito se consiguieron de los cirujeos de los alumnos.

Las paredes están sin revocar, el aula no tiene más que un contrapiso. Las estufas no existen y la iluminación es escasa. Las mismas carencias estaban hace siete años cuando el aula se inauguró (ver La Capital del 15 de marzo de 2002).

Igual el maestro es agradecido con las donaciones que consigue de empresas y comercios vecinos, que van desde plantines hasta el alambrado para cercar el lugar, cedido por la empresa que está construyendo el Casino, entre otras donaciones.

"Verás que en Las Flores todos los días pasan cosas muy buenas. Sólo hace falta trabajo y más oportunidades para estudiar", dice el educador con la clara intención de mostrar otra cara de un barrio estigmatizado por la inseguridad y la violencia.

Y es cierto, el arreglo del techo del aula radial es apenas una muestra de cómo trabajan las escuelas y los maestros empecinados en cambiar un porvenir signado por eternas ausencias y olvidos del Estado.



 

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