La ciudad
Lunes 30 de Mayo de 2016

"Siempre tuve ganas de vivir y lo reafirmé en los peores momentos"

A Juan José Acuña le trasplantaron el corazón hace ocho años y medio. Cuenta cómo era su vida antes y cómo fue después de ese hito.

Era la Navidad de 2007. Juan José Acuña estaba reunido con su mujer, sus hijos y las familias de sus hijos y les contó que la noche anterior había tenido un sueño. "Soñé que me llamaban", les dijo y todos entendieron. Cuatro días después, cuando sonó el teléfono de su casa, entendió que aquello había sido algo así como un presagio: lo contactaban para avisarle que había un corazón para él y que se iniciaba el proceso para su trasplante en la Fundación Favaloro.

Acuña llevaba casi cuatro meses en lista de espera. A lo largo de su vida había atravesado por varios infartos (el primero fue en 1982), dos cirugías de bypass y nada menos que once angioplastias. Cuando entró a un quirófano para la número 12 le dijeron que su corazón no resistía más. "Hay que trasplantarte", le dijo su médico. El sólo escuchó, incrédulo y lleno de preguntas. "Me noqueó", recuerda ahora.

Eso fue los primeros días de febrero de 2007. Por su estado delicado, en Rosario no podían operarlo. Lo derivaron a la Fundación Favaloro, pero surgió problema adicional: por la deteriorada salud de sus pulmones no estaba apto para la cirugía, con lo cual pasó varios meses en tratamiento para mejorar su avanzada insuficiencia respiratoria. "Mi angustia esos meses fue tremenda. Los médicos me dijeron que si mis pulmones no mejoraban no había trasplante y ahí entendí que si eso no sucedía, me moriría", cuenta.

Para él y su familia fueron días más que difíciles. Acuña no podía caminar, bañarse ni ir al baño sin ayuda. Dormía sentado, porque si se acostaba tenía graves dificultades para respirar. Sentía que estaba ante una prueba muy grande y algunos días tendía a pensar que no la pasaría.

Pero se sobrepuso a la angustia y a los padecimientos físicos. "Yo siempre tuve ganas de vivir y lo reafirmé en los peores momentos", explica y se explica. Su entereza y la de su familia le permitió atravesar meses muy duros y encontrar un camino hacia la salida. En agosto de 2007 sus pulmones ya estaban mejor, y un mes después entró en la lista nacional de espera de un corazón.

El 29 de diciembre de 2007 a Acuña le dieron el órgano de un hombre de 33 años. Nunca llegó a estar en el límite entre la vida y la muerte, como otros pacientes, pero el trasplante cambió su vida para siempre. "De un día para el otro fue mejor y acá estoy. Ocho años y medio después todavía puedo contarla", confiesa.

Acuña nació y pasó toda su vida en Rosario. Estudió historia pero no llegó a graduarse y su vida laboral tuvo distintos momentos. A fines de los años 80 se convirtió en el gerente del club Newell's Old Boys. En 1993, fue él quien junto al presidente Walter Cattáneo hicieron firmar el contrato más trascendente de la historia de la institución: fue cuando Newell's contrató a Diego Maradona, por entonces el mejor jugador del mundo, quien por unos meses vistió la camiseta rojinegra.

Vida nueva. Después del trasplante su vida cotidiana cambió en muchos sentidos. Ya no volvió a trabajar, pero se convirtió en un militante activo a favor de la donación de órganos, una práctica que permite salvar vidas. Dice que la vida tiene ahora para él otro sabor, y que a sus 67 años todavía tiene muchos proyectos. El próximo es participar de un maratón, aun cuando esté convencido de que tal vez no llegue a recorrer una cuadra.

Claro que este desafío supone para él un obstáculo adicional: por una patología que nada tiene que ver con sus antecedentes cardíacos ni con el trasplante, está perdiendo la visión y por lo tanto necesitará asistencia para participar de esa aventura. Tampoco esta vez se rendirá.

Para su ceguera progresiva viene preparándose desde hace tiempo. Asiste a una escuela Braille, utiliza programas de computación para convertir textos en archivos de voz y en el teléfono identifica a quienes lo contactan cuando ve la foto de quien lo llama, con el aparato pegado a sus ojos. Lejos de mostrar pesar por eso, y por lo que supone una vida sin visión, lo asume como un nuevo reto de su vida y una vez más, como hace todo el tiempo con los integrantes su familia, reconoce con generosidad la ayuda y el impulso de otros. En este caso de su amiga Alejandra Peralta, otra trasplantada con la que trabaja codo a codo en favor de la donación de órganos y para asistir a personas trasplantadas. "Fue ella la que me empujó a aprender braille y me siento muy agradecido por eso", la homenajea.

Dice que su vida de trasplantado le da pequeñas satisfacciones todo el tiempo y se regocija de que su aspecto no parece el de una persona que vivió años con problemas cardíacos y sobrevive con un corazón prestado. Y le brillan los ojos cuando cuenta algunas anécdotas, como aquella en la que no pudo abordar un avión, se subió a otro y al llegar a destino supo que el primero había caído, una tragedia que le tocó de cerca en sus épocas de gerente de Newell's.

Padre de tres hijos varones ("Ellos y mi mujer fueron mis bastones en mis peores momentos") y abuelo de seis nietos, hincha rojinegro a pesar de que ya no puede ver los partidos y un "enamorado de la vida", Acuña es también un observador crítico de muchas cosas que suceden en torno a la donación de órganos y los trasplantes, y un luchador inclaudicable para tratar de modificarlas.

El militante crítico. Una de sus obsesiones es la necesidad de que la ley provincial que instituye un sistema de protección integral para personas trasplantadas o en lista de espera para ser trasplantadas se cumpla en todos sus términos. Aunque reconoce méritos en esa norma, y los celebra, cree que hay mucho por mejorar y reclama aspectos puntuales como la instalación en Rosario y Santa Fe de casas de tránsito para pacientes del interior que deben atenderse en ambas ciudades. Sostiene, enfático, que esa es una cuenta pendiente del Estado santafesino, y agrega que hay algunas otras del Estado nacional, como la necesidad de darle una salida laboral a los trasplantados. "Yo ya estoy jubilado, pero muchos son muy jóvenes y están condenados a vivir una vida sin trabajar", se queja.

Esa mirada activa sobre la problemática de la donación de órganos y los trasplantes lo impulsan hacia adelante y lo llenan de una energía que ni siquiera su ceguera incipiente logra atenuar. Y menos su corazón, ese órgano que late dentro de su cuerpo menudo y algo excedido de peso que le trasplantaron tras la muerte de un hombre de Haedo hace ya tantos años. Es que, como dice él (y allí parafrasea a Almafuerte), su vocación por la vida hace que no se de por vencido ni aún vencido. "Porque ese es, al fin y al cabo, el resumen de mi vida", afirma.

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