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Sábado 25 de Octubre de 2008

Sentir y educar al soberano

Pronto se cumplen 25 años de la celebración de aquellas históricas elecciones del 30 de octubre de 1983.

Hemos vivio y sobre-vivido 25 años desde aquel día. Hemos disfrutado de la primavera alfonsinista, ordenado casas y festejado Pascuas. No supimos impedir el desguace de recursos públicos del suelo, subsuelo y el aire, regalados o vendidos a un peso y luego readquiridos a mil. Asistimos a la desaparición de la escuela primaria y de la secundaria, y también a su resurrección; hicimos percusión con cacerolas pero nunca por los que no tienen para comer ni contra los abusadores de pibes; tampoco encontramos a Julio López.
Pasó todo esto y una de las dudas que asomaban ya el 31 de octubre de 1983 repica como una alarma tozuda: ¿seríamos capaces de sentir la democracia?
Trabajo como docente en la Universidad pública y me gusta. Un jueves de este mes entré al salón de actos de Humanidades para dar clase; entre los temas que tratamos con los estudiantes de primer año de historia está pensar el Estado como forma política. Dejé mis cosas sobre una mesa, bajé la vista y noté que una de las sillas, a priori destinada a ser ocupada por un estudiante de la Universidad pública, libre, gratuita y democrática, había oficiado de recipiente para vaciar un mate. La yerba declamaba su húmeda inocencia y tuve la impresión de que para algunos la escena no parecía muy ectópica. La situación fue útil, porque condensaba un modo de entender algunas relaciones que hemos tramado en democracia. ¿Es casual que los jóvenes no puedan vivir lo estatal y lo público como algo que es de todos y lo sientan como algo que no es de nadie? ¿Cuánto de esto se debe a la práctica de dirigentes democráticamente elegidos (ya no de dictadores) que desmadran en un tris lo que requiere décadas de construcción?
¿Cuánto hicimos y cuánto hacemos para que sentir democráticamente se nos haga carne y no tengamos que pensarlo? ¿Cuánto es 25 años para internalizar esto? Quizás sea, tangueramente, apenas un poquito más que nada. No hay que desesperar, pero sí ser inflexibles en la insistencia, hasta incorporar el hábito. En esto debemos educar al Soberano.
(*) UNR -Conicet.

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