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Sábado 19 de Mayo de 2012

Seis historias que tocan el corazón y la memoria de la escuela

Son ex alumnos de la Escuela Nº 227 de Pujato, que el lunes cumple 125 años de su fundación. Aprendieron entre los años 30 y 40.

Aprendían a leer con el libro "Pinino", caminaban más de una legua para llegar a clases, aceptaban con sumo respeto las indicaciones de la maestra porque "era sagrada" y ni se les pasaba por la cabeza decirles a los padres que les habían llamado la atención, porque sino "el reto era doble". Jugaban a la rayuela, a las bolitas, a la escondida, y disfrutaban de la amistad creada entre números y letras. Pero eran muy pocos los que alcanzaban a terminar la primaria, la mayoría debía quedarse a trabajar en el campo, "en la cosecha del maíz". Estos son algunos de los recuerdos emotivos que comparte un grupo de ex alumnos de la Escuela Primaria Nº 227 Bernardino Rivadavia de Pujato, que el lunes que viene cumple 125 años.

La escuela Rivadavia se fundó en 1887, tres años más tarde que la enseñanza primaria obligatoria, gratuita y laica se hiciera ley en la Argentina. Poco tiempo para que los niños y niñas de los sectores menos favorecidos y sobre todo del campo fueran alcanzados a pleno por este derecho.

Ese dato y las anécdotas que se gestan en cualquier ámbito de aprendizaje son las que comparte este grupo de ex alumnos de la única escuela pública primaria de Pujato (un pueblo ubicado a 40 km de Rosario).

A media mañana llegan Adelina Fagiani de Hellberg (84 años), Nila Alessio (86 años) y Umberto Focco (87 años); los tres fueron compañeros del mismo curso. También están María Táccari de Cervigni (93 años), Eugenia Balzi (90 años) y Primo Giacomozzi (89 años).

Antes de que se inicie una charla informal, comparten algunas fotos amarillentas y repasan nombres de compañeros y cómo eran las aulas cuando cursaban.

Umberto. "Yo tuve que dejar en 5º grado, porque en esa época nos sacaban de la escuela para ir al tambo, o a juntar maíz", cuenta Umberto con algo de resignación. Aunque de inmediato lo ganan los buenos momentos y describe cómo eran las clases y recreos a fines de los años 30 y principios de los 40: "Primero teníamos bancos, luego llegaron las mesitas, donde nos sentábamos tres nenes y tres nenas en cada una".

"Mi mejor recuerdo son las maestras, los compañeros de clase, jugábamos todos juntos en los recreos, a la mancha, a la escondida y siempre teníamos a mano alguna pelotita de goma", repasa.

Adelina.Coqueta, de labios pintados y aros colgantes de perlas, Adelina asegura una y otra vez que "en esa época las chicas no hablaban de novios, ni había papelitos ni miradas", y exclama entre las risas cómplices de quienes la acompañan: "¡Mirá si íbamos a tener novio a esa edad!".

Adelina también quiere nombrar a las maestras que conoció. Se detiene en María Ester, la que "hablaba suavecito". "Era muy buena, igual que los compañeros, casi una familia", dice, y revela una anécdota: "Yo tenía la costumbre de pararme y darme un paseo por el salón, María Ester ya me conocía y no me decía nada. Pero un día vino una reemplazante, y cuando me paré me dio un pellizcón. Mi papá y mi mamá nunca supieron nada, porque sino ligaba otro".

Nila. Los comentarios coinciden en que Nila era una de las más "buenitas del grado". Cuando habla mantiene un tono tranquilo de voz que confirma esa impresión. Se detiene en las imágenes de un patio escolar donde jugaban "a la rayuela y a «solita y sola» (saltar con la soga)", en mostrar a una "maestra sagrada" y en "los únicos tres salones" que tenía la escuela cuando ella aprendía.

Nila y sus compañeros describen que cuando llovía "era casi imposible ir a la escuela, porque las calles se llenaban de barro y se hacían imposibles de transitar"; "que a las 12 de la noche cortaban la luz" y que la mayoría "llegaba del campo o desde lejos a clases".

Y algo común que comparten todos es acordarse de los nombres de todas las maestras que tuvieron, y de las que no también. Y se hacen un tiempo en la conversación y piden expresamente que se mencionen en la nota a Titi, la hermana de Umbertto, y a Litín, que no pudieron llegar al encuentro.

Primo. Primo es todo un personaje. Vestido de impecable camisa abrochada al cuello y saco negro de lana, ofrece cada tanto "revivir toda la historia de la escuela", con su dedo se toca la cabeza y dice: "Tengo todo acá, se lo puedo contar con nombres y apellidos". Y no caben dudas, es el que más interviene para corregir recuerdos, aportar nombres y datos bien precisos. También al que cada tanto se le quiebra la voz y enrojece la mirada con los recuerdos.

"Las maestras usaban puntero y cuando no prestabas atención te daban un puntazo en la cabeza", dice sobre lo que era común en las clases. Pero él se queda con otra imagen que prefiere en remarcar: "Lo mejor es que éramos todos iguales, no había distinciones entre nosotros".

Eugenia. Con sus 90 años, Eugenia no quiso perderse el breve reencuentro, una especie de previa al acto que preparan para festejar el 125º aniversario, y a pesar de sus dificultades para caminar se sumó a la charla.

Primero dice que no se acuerda de nada, aunque enseguida comienza a tejer muy entusiasmada su relato: "Era chica cuando empecé la escuela, tenía 9 años. Yo vivía en el campo, y venía cada tanto porque necesitaban el caballo, y después llegaba la cosecha del maíz. Faltaba mucho, me quedé en segundo grado. Nunca más pude seguir".

María. En la narración de María aparecen la carpeta de dibujo, el manual de clases, un cuaderno y el libro de lectura "Pinino". También que eran tres las maestras que enseñaban por la mañana y otras tres por la tarde, que los grados iban de primero inferior y superior al sexto, al que pocos alcanzaban.

Y entonces, tranquila, pausada y sin abandonar nunca la alegría de compartir recuerdos, resume su historia escolar: "El segundo grado me lo daba la maestra de tercero, por eso estaba en el mismo salón pero aprendía otra cosa. Venía a clases casi tres meses después de empezado el año, tenía que trabajar en el campo. Caminaba una legua a pie sola para llegar a aprender, era lejísimo. Después se hizo el pavimento y empezaron a pasar los ómnibus, pero solo dos por día. Yo llegaba media hora más tarde y me perdía la hora de aritmética, y de eso no sabía nada. Dejé en tercer grado, cuando tenía 11 años. Me fui a trabajar al campo. Nunca más volví a la escuela".

Se ayudan entre sí para moverse de un lugar a otro, llegan las fotos para el diario en el mismo escenario que un grupo de chicos disfruta del recreo, y sin proponérselo regalan al final la bella postal de un encuentro entre generaciones unidas por la escuela.

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