Opinión
Miércoles 22 de Junio de 2016

¿Se rompe el sueño europeo?

Votación crucial. Gran Bretaña define mañana en un referendo su futuro político y su relación con la UE

Gran Bretaña decidirá mañana mediante un referendo si permanece en la Unión Europea o si se aferra a su insularidad y se separa más de Europa. Los últimos sondeos no dan pista segura, aunque todos muestran que el país está dividido en dos facciones más o menos equivalentes.

La campaña en contra de la permanencia en la Unión Europea fue apoyada inicialmente por el Partido por la Independencia del Reino Unido (Ukip), liderado por Nigel Farage, un político nacionalista de derecha y xenófobo que, según narra John Carlin en el diario español El País, desde niño se ufanaba de su antisemitismo acercándose a niños judíos para susurrarles al oído ‘Hitler tenía razón' ".

Hoy, el bando separatista se ha ampliado e incluye a muchos miembros del Partido Conservador y a unos cuantos del Partido Laborista. Unificados todos por su añoranza de las épocas de la preglobalización en las que los trabajos bien pagados duraban para siempre. Peor aún, en el mensaje separatista hay un anacrónico tenor nostálgico: "Solos volveremos a ser tan grandes como alguna vez lo fuimos", dicen quienes quieren creer que es posible recuperar su pasado imperial. Las semejanzas entre los británicos melancólicos y los despistados partidarios del estadounidense Donald Trump, que quieren "hacer a América grande de nuevo", me dan escalofríos.

Pero reconozco que no todos los que abogan por el llamado "brexit" son fascistas nostálgicos. Muchos británicos piensan que la unión con Europa no ha traído los beneficios económicos prometidos y que la adopción del euro fue un grave error. Curiosa crítica esta última de un país que desde el principio optó por conservar su moneda, la libra esterlina. Sin embargo, es evidente que el mayor descontento del bando separatista es la inmigración al Reino Unido, básicamente de ciudadanos de países europeos pero también de África y Oriente Próximo.

La adopción del acuerdo Schengen posibilitó la libertad de movimiento de los ciudadanos de los países afiliados para viajar, estudiar o trabajar en cualquier país europeo. Se creó un mundo sin fronteras que ha entusiasmado a la gente emprendedora, que ha contribuido a debilitar los nacionalismos, que tiende a favorecer el europeísmo, y que ha fortalecido la causa de la paz en un continente brutalmente dañado por dos guerras mundiales en el siglo XX.

Curiosamente, este debate sucede justo cuando estoy en Madrid investigando la idea de Europa en la obra del filósofo español José Ortega y Gasset, para compararla con la del escritor alemán Thomas Mann. A ambos les preocupaba la crisis europea de principios del siglo XX, y ambos pensaban que la Primera Guerra Mundial no fue la causa sino el síntoma de la crisis. "Ante el panorama mundial, Ortega —me dice el doctor Zamora, director del Centro de Estudios Orteguianos— reconoce la necesidad de construir unos Estados Unidos de Europa que incorporen la razón científica de los países del norte con la sensibilidad y la mirada humana de la Europa mediterránea". Ortega y Mann estaban convencidos de que el mejor antídoto contra el autoritarismo fascista y comunista era fortificar la identidad cultural europea.

La crisis europea actual no es ni por asomo semejante a la que se vivió en los años 20 y 30, pero la crisis de los refugiados, los altos índices de desempleo y los ataques terroristas han abierto nuevas ventanas de oportunidad a peligrosos populismos de izquierda y derecha en Europa. Y aunque no creo que el peligro sea inminente, no dudo de que conforme aumente el descontento y la ira contra las instituciones, mayor será el peligro de volver a caer en la tentación autoritaria que demagógicamente alimenta la imposible ilusión del retorno a la dichosa edad dorada.

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