El Mundo
Viernes 30 de Septiembre de 2016

Santos "apura" a los votantes colombianos para que acompañen el acuerdo de paz

Con el acto de Cartagena, dejó sin margen a los electores, que de votar "no" harían pasar a su país un papelón sin precedentes

El presidente Juan Manuel Santos pasará a la historia, y lo merece. El acuerdo de paz con las Farc debe ser apoyado, y seguramente este domingo será ratificado con amplitud en las urnas por los colombianos. Pero Santos es un político pragmático y ambicioso con mucho sentido del timing. Por esto organizó un acto de impacto mundial el lunes pasado, 26 de septiembre, a solo seis días de que la ciudadanía colombiana decida en las urnas si avala o rechaza el acuerdo de paz, o sea, el objeto de celebración de ese acto. En términos de campaña electoral, Santos "les tiró encima" el acto, con presencia ecuménica y cobertura global, a los electores colombianos. Solo le faltó advertir: "Cuidado colombianos, que si gana el «no» hacemos un papelón mundial sin antecedentes". Hubiera sido más lógico y sobre todo más honesto hacer el acto de Cartagena de Indias una semana después y no una semana antes del referendo. El resultado electoral no tendría, como tendrá ahora, el sello de la presión del hecho consumado desde el máximo poder del Estado. Pero Santos hace política, conoce a su país y sabe de encuestas. Estas daban un resultado demasiado ajustado hasta hace poco. El adelantamiento del acto de Cartagena con el tono de lo irrevocable y lo ya decidido tiene así un objetivo nada inocente. Porque si de aprobar acuerdos se trataba, con lo firmado en La Habana _un documento titulado "acuerdo final"_ era más que suficiente. Allí estaban tanto las firmas de Santos y Londoño como todos los capítulos del texto vuelto a refrendar en Cartagena.

Otro punto —que los colombianos tienen claro, pero afuera bastante menos— es que las Farc no son desde hoy una asociación caritativa de enamorados de la paz. Llegaron a esta instancia histórica empujados por las sistemáticas derrotas que les infligieron el presidente Alvaro Uribe y sus ministro de Defensa Juan Manuel Santos entre 2002 y 2010, período que dejó a la guerrilla muy disminuida —bajó de unos 18 mil efectivos a menos de seis mil— y con sus cuadros diezmados. Rodrigo Londoño-Timochenko es el jefe máximo simplemente porque sus dos predecesores fueron abatidos. Es un suplente que debió saltar a la cancha ante tantas bajas en el "Secretariado", la cúpula guerrillera. La última baja, que lo llevó al máximo cargo a Londoño, fue Alfonso Cano, un dirigente mucho más formado que él. Cano a su vez había reemplazado a Marulanda, muerto por un infarto, pero también a Raúl Reyes, número dos del fundador de las Farc pero que de hecho ya actuaba como número uno ante la enfermedad del viejo guerrillero. Reyes también murió, apenas dos meses antes, el 1º de marzo de 2008, bajo las bombas de los Tucano guiados por la inteligencia en tiempo real de la CIA y sus aviones de espionaje electrónico. Una llamada de su teléfono satelital lo condenó. También salieron de escena de esta brusca manera Jorge Briceño "Mono Jojoy", Iván Ríos y numerosos mandos medios. Santos dirigió todas estas operaciones, como ministro o como presidente.

En 2002 las Farc, que se habían burlado durante los años previos del presidente Andrés Pastrana y sus diálogos de paz llenos de concesiones, "saludaron" la llegada de Uribe a la presidencia con un bombardeo de Bogotá. Apuntaron al Congreso y al Palacio presidencial. Fue una demostración de poder que recorrió el mundo. Sus columnas asediaban los ingresos de Bogotá y se adueñaban a gusto de las carreteras nacionales durante horas. Ocho años después habían perdido dos tercios de sus tropas y sus mandos escapaban como podían de las bombas. El susto de Timochenko al paso de un caza a reacción sobre Cartagena fue elocuente: era un evidente reflejo condicionado. La muerte, para los jefes de las Farc, llegaba del cielo. Y la orden final para soltar las bombas las daba el señor que estaba allí tan sonriente de guayabera, el presidente Santos. Pero así es como se terminan de verdad las guerras: entre los que se enfrentaron en el campo de batalla, nunca entre pacifistas con las manos impolutas.

Comentarios