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Martes 21 de Abril de 2009

Santa rita

Chile es un país de poetas. Nadie sabe por qué (tal vez el estado de pureza en que se preserva el español que usan), en la angosta y larga franja encerrada entre el Ande y el Pacífico surgen grandes poetas con naturalidad y frecuencia.

Chile es un país de poetas. Nadie sabe por qué (tal vez el estado de pureza en que se preserva el español que usan), en la angosta y larga franja encerrada entre el Ande y el Pacífico surgen grandes poetas con naturalidad y frecuencia.
La lista es larga. Empieza con Pablo Neruda y Vicente Huidobro. Sigue con Gabriela Mistral (aunque a mí me parezca francamente insoportable), Pablo de Rokha, Nicanor Parra, Enrique Lihn... Pero a mí me emociona la obra de Jorge Teillier.
Y cuando viajé a Chile, años atrás, fui tras sus pasos. Tras su estela, porque Teillier murió hace exactamente trece años, el 22 de abril de 1996.

Éramos dos. Conmigo iba Carolina, mi mujer de aquellos años. Llegamos a Santiago y enseguida empecé el recorrido por las librerías. Los libros chilenos son caros para nuestro bolsillo argentino posdevaluación. Y lo grave es que aquí no se distribuyen. Entonces, con la querible excepción de una antología publicada por la editorial Colihue en 1999 –“Crónica del forastero”–, encontrar en nuestro país la poesía de Teillier en “formato papel” es misión casi imposible. Sólo queda apelar a internet. ¿Pero hay algo más hermoso que un libro?

Fue un relámpago. Nos sentamos en un café, yo pedí el pisco sour de rigor y abrí el volumen recién comprado. Y allí estaba la frase. Fueron las primeras palabras que leí, eran la dedicatoria de un poema: “A Sebastián y Carolina”, decía. Nos miramos.

Sólo después, buscando detalles biográficos en otro libro comprado en Viña del Mar, supe que Sebastián y Carolina no éramos nosotros dos (¿o sí?) sino los hijos de Teillier, con quienes tenía una relación de gran proximidad y afecto. Tampoco sabía, cuando comencé a escribir este texto, que Teillier había muerto un 22 de abril.
Algunos creen en las casualidades. Yo no.

En la medida en que el viaje avanzaba, el vino blanco seco y la luz del Pacífico iban creciendo en nosotros y la idea surgió de pronto, una noche fresca junto al océano. Íbamos a buscar la tumba de Teillier. Íbamos a charlar con el amigo.

No fue fácil saber dónde estaba sepultado el poeta. Había muerto en Viña pero lo habían enterrado en una ciudad cercana, La Ligua. En Chile el mar está al lado de la montaña. Y entonces, pasar de la vista del Pacífico azul a un paisaje que recuerda el valle de Traslasierra en Córdoba puede llevar un par de horas. Salimos rumbo a La Ligua con el corazón liviano. El día era claro. Atravesamos túneles y más túneles. El mar se fue: subíamos. Y de pronto apareció la ciudad, entre sierras peladas. Gobernaba el viento.

La Ligua es famosa por sus dulces, de los que Teillier era fanático. Apenas bajamos del colectivo nos embriagó el aire transparente. Y en la terminal (el “rodoviario”, le dicen ellos), vendedores ambulantes ofrecían doradas colaciones que nos trajeron imágenes de infancia, de brazos desnudos de mujer, de azúcar en los labios y de repasadores blancos sobre la mesa de la cocina. Almorzamos liviano y salimos hacia el cementerio. Un ómnibus pequeño nos llevó directo, trepando los faldeos. Nos acompañaban escolares de aspecto humilde y sonrisa abierta. Iban bajando de a uno entre las casitas. El cementerio estaba al final del recorrido, en la punta de un cerro. Llegamos y quedamos en soledad. Apenas el sol de la tarde. Y el silencio.

Nos costó encontrar a alguien que nos orientara en esa módica jungla de lápidas y cruces. Pero tras un rato de búsqueda apareció un empleado. Ante la pregunta, se orientó rápido: “¿El poeta?”, dijo. Sí. El poeta. “Está allá al fondo, contra la pared, debajo de una santa rita”.

La “pared” era un tapial bajito de ladrillos pintados con una mano de cal. No medía más de dos metros y medio. Contra ese sencillo muro, bajo las flores violáceas de la santa rita, en tierra, y homenajeado apenas por una placa metálica, descansaba uno de los más grandes poetas en lengua española del último tramo del siglo veinte. Me senté en un banco de cemento. Estaba feliz, pero triste.

El poeta dormía en la tarde. A mi memoria vinieron algunos fragmentos de un texto suyo llamado “Despedida”:

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino,
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas que se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.
Me despido de una muchacha
cuyo rostro suelo ver en sueños
iluminado por la triste mirada
de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
–la sal y el agua
de mis días sin objeto–
y me despido de estos poemas:
palabras, palabras –un poco de aire
movido por los labios–, palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.


Que la santa rita proteja tu sueño, Jorge. Te llevamos con nosotros para siempre.

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