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Viernes 08 de Mayo de 2009

Santa María

  Puerto suave en medio del mar oscuro, la pizzería más famosa de Rosario es una roca que resiste el paso de los años en su baluarte del barrio de Tablada. Mientras nacen y mueren boliches que no dejan huella alguna en la memoria, ella se queda allí, eterna como el vino y el aire...

Llegué a casa del diario y la inspiración surgió, súbita (la inspiración es hija del deseo). Le agarré la mano a mi hija y a la chica que quiero y en dos minutos estábamos los tres apretados dentro de un taxi, sumergidos en la noche de la ciudad. Había hambre y en mí, algo más: nostalgia. El destino era la zona sur: la querida Santa María.
Puerto suave en medio del mar oscuro, la pizzería más famosa de Rosario es una roca que resiste el paso de los años en su baluarte del barrio de Tablada. Mientras nacen y mueren boliches que no dejan huella alguna en la memoria, ella se queda allí, eterna como el vino y el aire, siempre esperándonos en la esquina de San Martín y Garay. Además de puerto, también es faro: alumbra la ruta de los solitarios y cobija a las familias y los enamorados, de la edad que sean.
Basta llegar, sentarse (si no hay que hacer cola antes, algo muy frecuente) y pedir el liso o el moscato de rigor, preguntar si queda fainá (cada vez se termina más temprano) y esperar que lleguen las fugazzas con queso o las de tomate con anchoas para ser absolutamente pleno, dueño de una felicidad sin resquicios.
Y cuando llegan las pizzas en porciones (ah) y uno las agarra con la mano (aleluya) y la masa crujiente en el exterior y esponjosa en el interior sigue siendo la misma que hace treinta años (o cuarenta, o cincuenta), entonces no queda más remedio que hacerse creyente. Habría que escribir una misa basada en la eternidad de las pizzas de la Santa María. Y pensar que es uno de los pocos lugares que siguen siendo (bellamente) los mismos en medio de la ola de modas oportunistas.
Ya basta de refinamiento innecesario, de banalidad intercambiable, de esnobismo que se compra por monedas. No quiero saber nada, como dice Richi Guiamet, de cantimpalos ni palmitos, y mucho menos de camarones y ananaes: quiero una de queso, un buen moscato helado en copa ancha y hablarle a la noche que late en el presente porque es hija irrenunciable, fiel y dulce del mejor de los pasados: el que viene de la amistad y el amor, del barrio y la ternura, de los tablones de la cancha de Central Córdoba y los estantes cargados de libros para todos que entregaba esa madre generosa que fue la Vigil.
Estoy aquí, en las mesas de la santa, mi Santa María. Que no es de Onetti esta vez, que es nuestra, nuestra para siempre.

Mozo, dos más de queso y otro moscato bien frío, por favor.

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