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Sábado 05 de Marzo de 2016

Saber, política y ética de la enseñanza

El trabajo de enseñar implica ser portador de un capital relevante y desafiante para poder hacerse cargo de lo complejo del mundo.

Quisiera proponerles pensar el camino de la jerarquización de la docencia a través de tres fuentes o claves, conocidas, pero siempre productivas: la política, el saber y la ética.

Sin lugar a dudas, la docencia es una de las profesiones que tiene que ver con el trabajo sobre los otros y por ello es una dimensión por la cual, por acción u omisión, se expresa el Estado. Es por eso, que el primer paso de jerarquización es ese mensaje público que dan las políticas públicas. Si la política pública parte de un diagnóstico donde la docencia es entendida como una tarea fundamental, de acumulación de saberes y de valiosa experimentación para avanzar en los problemas pedagógicos cotidianos y la mira como aquella que efectivamente tiene en sus manos un valor primordial, ayuda a producir en la sociedad una imagen social que la valore, que espere y demande de ella lo mejor. Si, por el contrario, la vinculación que se tiene con la docencia se basa en la sospecha y la descalificación, eso generará condiciones perniciosas para el trabajo cotidiano.

Claro está, el problema no termina allí. El trabajo de enseñar implica ser portador de un capital cultural jerarquizado, relevante, desafiante. Una vinculación con el saber que se demanda pero también se recrea, se busca, se alimenta con mano propia. La existencia misma de chicas, chicos y jóvenes educándose nos impone imaginar, traducir y producir un mundo para ellos e imaginar que ellos podrán imaginar el mundo. En esa tarea somos insustituibles. Construimos un lugar relevante que nos autoriza a partir de hacernos cargo de lo complejo, insuficiente e incompleto del mundo y que no es como lo quisiéramos, para generar un marco de amparo y así poder formarse. He ahí uno de los sentidos más profundos que hacen tan peculiar y le dan profundo sentido al trabajo pedagógico, donde nuestra mirada y presencia son irreemplazables.

Las decisiones cotidianas de la enseñanza encierran profundos dilemas éticos, aún cuando no se explicitan. Porque además de la decisión política de expansión de una buena escolarización por parte de los gobiernos y sus instituciones, es necesaria la decisión pedagógica de buscar cotidianamente la inclusión plena, la afirmación irrenunciable de que todo ser humano siempre puede desarrollarse y crecer. Nos jerarquizamos poniendo en funcionamiento la imaginación pedagógica como motor que busca —y hay ahí un imperativo ético— crear situaciones y dispositivos para que una persona pueda decidir conocer, respetando su voluntad. Movilizar a los estudiantes es conmoverlos para que puedan elegir aprender, y abrir el camino del saber dándole al conocimiento de estos jóvenes un camino emancipador, mostrando las transformaciones que produjeron en la historia del mundo y en nuestras biografías. Enfatizar esa capacidad emancipadora es una manera de poner al saber en el centro de la escuela, y para eso necesitan tener delante, adultos que a su vez se emanciparon mediante el conocimiento y pueden transmitir el valor de eso.

Existen autopercepciones que corroen internamente las pretensiones emancipadoras de la enseñanza. Ellas se manifiestan en la suposición de que los estudiantes no pueden aprender o prosperar, o tener una vida distinta de la que vienen teniendo; también se hace notoria la suposición de que la escuela no tiene nada o tiene poco para ofrecerles. Por una u otra vía, esta idea diluye cualquier intento de quebrar la inercia de las desigualdades sociales y transforma a la escuela en una agencia de exclusiones sistemáticas, pues un docente que deja de enseñar es un agente activo de expulsión como ha afirmado el colega Isabelino Siede.

Por ello, política, saberes y una posición ética en la enseñanza, son de las maneras más productivas y duraderas de jerarquizar la docencia.

 

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