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Domingo 20 de Diciembre de 2015

Sabato en el Poli

Todo ocurrió aquella noche de 1993, después de la conferencia en el auditorio de la Facultad de Ingeniería, cuando Sabato era ya una especie de rocker anciano.

Todo ocurrió aquella noche de 1993, después de la conferencia en el auditorio de la Facultad de Ingeniería, cuando Sabato era ya una especie de rocker anciano. Por ese entonces, y de un día para otro, empezó a ser invitado a la televisión, los diarios y revistas lo entrevistaron, se reeditaron sus libros y se ensamblaron algunos con sus tópicos clásicos y unas pocas páginas nuevas.

Esa noche el auditorio estuvo lleno y Sabato, que ya tenía 82, ingresó por el costado izquierdo, sonriente y saludando con una mano, como Perón bajando del avión de Aerolíneas. En un momento nos miró —estábamos con el flaco Miletti— e hizo un gesto de "hablamos después". Nosotros habíamos leído su obra completa, las tres novelas y los ensayos, como quien lee un evangelio. Habíamos comprado el libro de fotos de Longoni, el CD del Romance de la muerte de Juan Lavalle, habíamos recortado cuanta nota se publicaba en las revistas y diarios, habíamos grabado en VHS sus entrevistas con Grondona y, como corolario, lo habíamos llamado por teléfono a su casa de Santos Lugares para rogarle que nos recibiera.

"No creo que valga la pena", dijo esa vez. Había atendido directamente el teléfono, con esa voz grave, inconfundible. "¿Para qué van a venir?". Como insistimos, nos preguntó de dónde éramos. "¿De Rosario? Bueno, yo voy para allá el mes que viene. Véanme ahí". Por respeto nos conformamos con esa posibilidad, pensando en cómo volver a la carga, y a los pocos días supimos de la conferencia en Pellegrini 250. Esperamos más de una hora en la fila interminable de jóvenes y no tanto, que quería abrazarlo, tocarlo, pedirle una firma en algún ejemplar flamante o ajado de sus novelas.

Queríamos contarle a Ernesto que en la Biblioteca Argentina había una chica que podía ser Alejandra Vidal Olmos. La primera vez que la vi, fue como una revelación: yo ya la conocía. Le pedí Uno y el universo, que salía por poquitos días y ella me duplicó el plazo. "Yo te lo renuevo el miércoles, no te hagas problemas", dijo. A la semana siguiente lo llevé al flaco para que la viera. "Es Alejandra", dijo. Le fuimos pidiendo toda la obra y sacándole fotocopias a escondidas en el trabajo. En un año lo leímos todo.

Esa tardecita en el auditorio, después que Sabato pasó a nuestro lado y empezó su conferencia, el flaco me tocó el hombro y me señaló una mujer dos filas adelante: era ella. Escuchaba atentamente, como todos los que habíamos llegado a recibir un poco de esperanza en esos años aciagos del falso fin de la historia y el discurso único.

Cuando Sabato terminó de hablar con el último asistente de la conferencia que se quedó a saludarlo, se acercó a sus dos acompañantes, a los que se sumó Alejandra. Nosotros esperamos en un costado, al lado de la escalera que lleva al hall de la facultad, sin saber muy bien qué hacer. Uno de los ayudantes nos hizo una seña con la mano y bajamos lentamente los escalones de mármol gastado, detrás de Ernesto. En la planta baja, giramos a la derecha y recorrimos el largo pasillo paralelo a Pellegrini, ya en territorio del Politécnico. Pasamos la dirección y entramos a la biblioteca, que estaba a oscuras, salvo por una pequeña lámpara de mesa en el salón de lectura. Se sentía el olor de la madera y el papel amarillento. En los estantes, además de los libros de álgebra de Mascó, y el Sears Zemansky de física, estaban las Crónicas marcianas y El hombre ilustrado de Bradbury.

Sabato pasó detrás del mostrador donde quince años antes íbamos a buscar libros y apuntes y avanzó entre las estanterías, tocando los libros con la mano a ambos lados. Me gusta pensar que su mano derecha rozaba la ciencia y la izquierda la literatura. Alejandra lo seguía, cercana, pegada a él. Un poco más atrás, nosotros. Los acompañantes se habían retirado. Doblamos en un recodo de las estanterías y quedamos completamente a oscuras.

No sé como habíamos llegado hasta ahí, sin hablar, como convocados a una ceremonia secreta. No necesité cerrar los ojos para imaginar que a pocos metros estaban la entrada de Ayacucho, y el hall del Politécnico, la puerta que comunicaba al patio central de la planta baja, donde se hacía gimnasia y se jugaba al vóley. Siguiendo por el pasillo al norte, doblando al este hacia la puerta de acceso al patio de los talleres, el gimnasio cubierto y el museo con un motor de submarino y autos antiguos. La carpintería, el horno de fundición, los tornos, el vestuario. Todo estaría ahora oscuro y en silencio, como bajo un cielo nocturno sin luna ni estrellas. Hacia arriba, las escaleras, blancas, interminables, marmóreas, esas que hoy sigo soñando: hacia la librería, hacia el bar, hacia el tercer piso con su laboratorio de química.

Alejandra encendió un Zippo y Sabato dio un paso al costado. Ella avanzó con la llama en alto como una corredora olímpica. Después se agachó y buscó algo en el piso. Cuando encontró la argolla de hierro, de un tirón levantó la tapa de madera y dejó a la vista una escalera marinera que bajaba al sótano. Era cerca de la medianoche. Sabato bajó muy despacio y después bajamos nosotros a esa estancia enorme y húmeda como una caverna, apenas iluminada por un resplandor tenue que parecía brotar de las paredes.

Estaba por hablar cuando Alejandra me puso suavemente cuatro dedos sobre la boca. Esperé. El flaco tenía los ojos muy abiertos, pero parecía tranquilo.

Sabato reproducía fielmente su iconografía popular: los grandes lentes oscuros, el bigote blanco, la vena marcada en la sien, la frente cruzada por líneas horizontales, el gesto angustiado. Como si hubiera podido adivinar mi pregunta, murmuró "el mundo es horrible". Caminó hacia la pared más lejana, que estaba al este, hacia el parque Urquiza, hacia el río. Y entró caminando a su túnel, oscuro y solitario.

alejandro hugolini

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