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Martes 29 de Julio de 2008

Ruinas

Volvía de hacer un trámite, caminando distraído por Corrientes. Y de pronto alcé la vista. Quién sabe por qué misterioso impulso levanté los ojos y descubrí, sin quererlo, un símbolo del pasado.

Volvía de hacer un trámite, caminando distraído por Corrientes. Y de pronto alcé la vista. Quién sabe por qué misterioso impulso levanté los ojos y descubrí, sin quererlo, un símbolo del pasado.

Estaba enfrente de lo que fue, hace ya tanto tiempo, el cine Imperial.

Y la memoria me llevó, en el corazón de la tarde, a otra tarde. Una tarde de hace tres décadas.

Yo era un adolescente melancólico cuando un domingo de invierno entré, solo, a ver una película ignota de un desconocido director.

Acaso porque seguía las críticas de espectáculos de los diarios porteños me había dejado tentar por una “ópera prima”. Guiado por la intuición, acertaba. Había ido a ver “Los duelistas”, de Ridley Scott, una pequeña joya basada en un relato de Joseph Conrad en la que se lucían Keith Carradine y Harvey Keitel.

(Scott después haría “Alien” y “Blade Runner”. Yo lo había conocido en el Imperial, sentado al lado de apenas diez o quince locos como yo, una tarde gris en plena dictadura, mientras el miedo paralizaba las calles).

Todo eso volvió a mí en sólo segundos mientras mi mirada recorría con tristeza lo que sobrevive hoy del Imperial, cerrado desde diciembre de 1987.

Ruinas.

Eso queda del hermoso cine abierto en 1910, el de la fachada art decó que emocionó al gran arquitecto catalán Oriol Bohigas.

Eso queda de la amplia sala oscura, la primera que gozó de un sistema de aire acondicionado central, donde tantos rosarinos aprendieron a amar el cine. (Y donde una vez te tomé de la mano).

Ruinas.

Eso queda de la pantalla que iluminaron Fellini, Bergman, Truffaut, De Sica, Zinnemann, Wertmuller, Ford, Scola, Monicelli. Y donde alguna vez sonrieron Jacqueline Bisset, Claudia Cardinale, Julie Christie e Ingrid Bergman.

Eso queda de la caja de madera donde el bombonero llevaba Sugus confitados, maní con chocolate y DRF de limón.

Y de mi adolescencia.

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