Domingo 31 de Enero de 2016

Ruido y disputa entre los hijos de 2001

Autodefinido como "sociólogo ilegal",  para el escritor y periodista Kirchner y Macri son los productos políticos de la posconvertibilidad. Una etapa en plena lucha de clases (medias).

Martín Rodríguez estudió sociología en la UBA, tiene tres libros de poesía publicados y un interés en los asuntos públicos afrontados con un desprejuicio nunca rebajado a la canchereada. Proviene de ese escuadrón de analistas que desde sitios digitales propios o redes sociales han refrescado a los medios periodísticos, que buscaron allí algo de oxígeno en el decir y en el mirar. En 2014 compiló varios relatos cortos a modo de ensayos de actualidad en Orden y progresismo, un libro que editó Planeta, con el que se propuso examinar la idiosincrasia del kirchnerismo desde las producciones culturales de época (Fantino, las películas, los canales Encuentro y Volver), las conductas cotidianas y comparaciones con las precedentes gestiones democráticas. Antes había ido asomando en diversos medios y formatos, como el periódico Le Monde Diplomatique, Radio Nacional, el portal La Política Online, el noticiero de la TV Pública, su blog Revolución Tinta Limón y la revista política digital Panamá.
Porteño pero no porteñista, de 37 años, Rodríguez no habla desde un lugar hostil hacia el kirchnerismo pero sus observaciones mordaces le han hecho perder amigos en ese espacio.   En este diálogo repasa algunos aspectos de la actualidad: la derrota del FPV, el futuro del PJ, el arranque de Macri. Piensa entre otras cosas: “Durán Barba convenció a Macri de que el microclima ideológico no existe. Para el PRO las plazas de Sabatella para defender la ley de medios o contra el encierro de Milagro Sala son ganancia pura. Implican aislar al kirchnerismo en su clima y exponerlo para confrontar. El problema será cuando al llegar marzo deban dar respuesta al 51 por ciento que lo votó”. 

_—¿Cuál sería la mayor novedad y el mayor problema del kirchnerismo?
—El kirchnerismo duró 12 años en los cuales tuvo algunas agendas constantes y muchas mutaciones. Lo subdivido en tres etapas. La primera es la que intenta la transversalidad entre 2003 y 2006, un reflejo dictado por el 2001 de rechazo visceral a las estructuras partidarias clásicas, que procuró nutrirse de un acuerdo entre los mejores aportes de la izquierda social y del peronismo. Pero en 2005 al derrotar a Duhalde en la provincia de Buenos Aires y al tener por Cromañon su traspié político Aníbal Ibarra, que era su aliado en la transversalidad, Kirchner abre la segunda etapa. Allí arma la Concertación Plural, con la que lleva a la presidencia a Cristina, que era el intento de cerrar un acuerdo institucional de los partidos políticos con una agenda neodesarrollista. A partir de la crisis del campo de 2008 termina esta etapa y aparece un kirchnerismo con una agenda muy propia. Hasta ahí había trabajado sobre enemigos de la sociedad: FMI, sectores conservadores de la Iglesia, militares, todos actores externos al sistema político. A partir de 2008, cuando produce su enemistad con el campo primero y con Clarín después, Kirchner que era un político más complejo de lo que demostraba, asegura más su ligazón con el peronismo. Vuelve a elegir a Scioli, a Moyano, a Massa, a los gobernadores. Se recuesta sobre ellos para desplegar una agenda más reformista pero entonces muere Kirchner.

—La tercera etapa entonces es toda de Cristina.
—Sí. Desaparecido Kirchner aparece el intento de Cristina de acelerar un proceso de renovación de los cuadros.  Surge una Cristina que no le reconoce en su historia ningún aporte a nadie: ni a los intendentes, ni a los gremios, ni a las organizaciones sociales. Que apuesta por La Cámpora como una herencia pura del proyecto y pierde la capacidad mestiza de Kirchner, que podía tener una combinación entre Martín Redrado en el BCRA, Hugo Moyano como aliado sindical, que pactaba con Lavagna y ya tenía a La Cámpora como esquema propio. Cristina gana en 2011 de una forma tan contundente que no cree necesario ese equilibrio de poder. El kirchnerismo entonces se achica y queda en una minoría intensa pero cada vez más reducida y con los aliados afuera. Eso explica que Moyano se vuelva opositor, que Massa que había sido jefe de gabinete emprenda una rebelión exitosa contra el oficialismo y que la persona a la que hicieron por años bullying político, Daniel Scioli, termine ungido candidato. La construcción fue contradictoria y no tuvo solidez.
 
—Ese matiz visceral del kirchnerismo llevó a distinciones abruptas en el electorado. Es interesante que los grupos económicos tuvieron ganancias notables pero sus posiciones eran corrosivas contra Cristina. Lo mismo en sectores medios desahogados, como si lo material pesara poco para definir apoyos. 
—Hay cosas mezcladas porque pensar el kirchnerismo en su última foto no permite ver toda la película. Kirchner le entregó la banda a Cristina el 10 de diciembre de 2007. Un día antes se despidió en un acto en la UIA y no en otro lado. Néstor defendía frente a Hugo Chávez los negocios de la empresa Techint en Venezuela con Paolo Rocca a la cabeza. Los grupos empresarios tuvieron relaciones mejores o peores con el gobierno. Pero los últimos cuatro años del gobierno fueron de estancamiento de la economía, lo que generó malestar. Hubo cosas desquiciadas en la conducción de la economía entre 2011 y 2013: Lorenzino, Marcó del Pont, Moreno, Kicillof y Echegaray eran tipos en la misma mesa sin poder coordinar porque eran incapaces de hablarse. Eso fue muy controversial en lo político a lo que se sumaba el fin del ciclo de los commodities, una desaceleración generalizada de las economías de toda la región, el arreglo fallido con los holdouts. Los actores de la economía estaban ofuscados  y proclives a alimentar una expectativa de cambio.

—¿Hay un componente más cultural o emotivo que generó esa distancia, entre sectores que estuvieron antes más cerca del kirchnerismo y se alejaron?
—Para los sectores económicos el kirchnerismo no era un gobierno amigo. Manejaba una discursividad agresiva de tinte anticapitalista o antiimperialista, que se identificaba con los perdedores de 2001 y con un nivel de conducción de la economía mayor que lo que esos actores estaban dispuestos a tolerar, aunque en principio Néstor tuviera un estilo que incluía el diálogo. Pero en el último tiempo el kirchnerismo se replegó hacia un discurso muy sentimental, de tómalo o déjalo, incapaz de negociar. No solo con Techint o con el campo. El aislamiento se nota cuando Bergoglio es nombrado Papa. Había un montón de kirchneristas —Gabriel Mariotto, Guillermo Moreno, Julian Domínguez, Emilio Pérsico, Eduardo Valdés— que eran amigos de Bergoglio. Ellos fueron incapaces de generar una traducción distinta de lo que para los Kirchner era Bergoglio. No quiero sonar ingenuo: Macri dialoga pero sus diálogos son puro formalismo. Pero el kirchnerismo no pudo construir una trama más densa de conversación política para tener lecturas más finas de un actor relevante como, por ejemplo, de Bergoglio. Y cuando lo eligen Papa el giro fue inmediato. Cristina tardó 48 horas en pasar a definirlo de jefe espiritual de la oposición a Papa compañero. Recuerdo gente que borraba tuits porque habían dicho que Francisco sería para los gobiernos latinoamericanos lo que Juan Pablo II fue para el bloque capitalista. Es la demostración más interesante del efecto de la carencia de una mirada en el último kirchnerismo, algo que pudo haberle provisto de un panorama más preventivo sobre la política.

—¿Cómo se explica tras doce años de ejercicio del gobierno un resultado tan ajustado?
—La paridad de 2015 entre un ganador y un perdedor para mí fue construida por el sistema electoral y no por adhesiones firmes a uno u otro. Hubo una elección en tres turnos y las Paso no simplificaron las generales. Hubo que ir a un ballottage. Hay una minoría intensa kirchnerista y una minoría intensa antikirchnerista. Son tercios electorales y no mayorías. Pero estas minorías convencieron a la política de que el país estaba fragmentado en un 50 y 50. No niego la gran rivalidad política que articula dos visiones del mundo de gran densidad pero la elección fue un reflejo de la del 2013. Por entonces Massa decía que había una gran avenida del medio: un tercio de un lado, un tercio del otro y una gran fluctuación electoral que iba a votar según sus beneficios económicos u otros elementos electivos. Macri ganó con el 51 por ciento pero eso lo produjo el sistema electoral. Pero el Frente Renovador, un voto peronista no kirchnerista, se mantuvo en las Paso y la General. Creo que el desenlace de 2015 tiene más que ver con el régimen electoral, yo a la teoría de la polaridad no la veo. Nadie tuvo la vaca atada y la mayoría circunstancial la construyó mejor Mauricio Macri. La chance del FPV dependía más de la primera vuelta.  
    
—¿Que hay detrás del vértigo con el que el macrismo irrumpió con medidas diarias? ¿Una búsqueda de legitimidad como la que intentó Kirchner al no tener ballottage?
—Puede haber algo de eso pero me parece que Néstor avanzó sobre adversarios muy desprestigiados. Quién iba a defender a Julio Nazareno, quién a Videla o a Massera, quién a Menem, quién a Cavallo. Acá me parece que Macri gobierna con energía para quienes lo votaron en las Paso pero no para esa sumatoria diversa que fue capaz de conquistar en las generales. Lo que sí creo es que el PRO está buscando hacer visible al kirchnerismo en la oposición a sus políticas, casi sin importarle el costo, para obtener rédito de eso.

—¿Cómo sería eso?
—(Jaime ) Durán Barba fue el ideólogo de la campaña del PRO y ahora  del gobierno. En El arte de ganar, que es un gran libro, lo convenció a Macri de una idea: “El microclima ideológico no existe”. El es un histórico enemigo de la idea de que la política es para los politizados. Cree que hay que hacer una política para los que no les gusta la política, para la gente que mira la tele, que tiene sentimientos, que le interesan los candidatos más en su faz personal que las grandes ideas. Es un posmoderno de verdad Durán Barba y por eso no cree en los partidos políticos. Entonces todas estas acciones que tienen que ver con transgresiones legales, con profanaciones simbólicas de lo que hizo el kirchnerismo, para el PRO son ganancia pura, porque con eso aíslan a ese colectivo y lo encierran en su propio microclima. Lo hacen con los decretos contra la ley de medios, con la liberación de la venta de divisas, poniendo en la cárcel a Milagro Sala. Yo creo que esas batallas que generan manifestaciones ya las hacen a propósito: buscan esa reacción y la exponen para confrontar como diciendo: “Somos lo contrario de lo que expresan esas plazas”.

—¿Como si fuera un cálculo político deliberado?
—La lógica del macrismo con esto es: yo me beneficio encerrando al kirchnerismo en su propio clima ideológico y apunto a una política de mayorías. La pregunta es si existe esta política de mayorías. Hoy la gran pregunta no es qué va a hacer Sabatella sino qué van a hacer los sindicatos y el peronismo en marzo. Qué van a hacer los gremios y la oposición, porque el macrismo devaluó un 40 por ciento. Hubo un incremento de la inflación que lastimó el bolsillo de los asalariados. Cuando vengan las paritarias y la negociación con el Congreso el macrismo va a tener que ver qué hace con su propia base. Al macrismo no le importa lastimar al 25 por ciento del kirchnerismo. El problema lo tiene con ese 51 por ciento que lo votó y que no son solo chacareros. Allí están incluidos trabajadores, jubilados, clases medias.

—¿Qué idea tenés de ese antagonismo al que se alude como la grieta?
—No soy amigo de la idea de grieta. El kirchnerismo es un resultado político de 2001 y una lectura de esa crisis. Una de las eficacias que tuvo fue no pretender reordenar la sociedad en términos de pacificación sino definir sobre qué conflictos actuaría. Kirchner al llegar dijo: “Tenemos problemas, son estos y el Estado los asume”. Eso implicó un recorte. Sus ejes fueron Derechos Humanos, política de empleo, saneamiento de la deuda. Si la reivindicación de los desaparecidos es un programa político va a haber una parte de la sociedad ajena. El kirchnerismo se propone como un lector de la sociedad argentina y asume que no hay sociedad sin crisis: la produce, la narra y la desempata. Pasó con la ley de medios y el conflicto rural. ¿Si produce una grieta el kirchnerismo? No como el peronismo tradicional. Suelo bromear con el concepto de lucha de clases medias. Perón, por más bonapartista que se lo vea, dividió la sociedad entre arriba y abajo. Lo que divide el kirchnerismo es las clases medias. Las dos identidades que son hijas del 2001 y de la crisis son el kirchnerismo y el PRO. En este sentido son parientes y esto hay que verlo

—¿Y qué comparten esos parientes?
—Que leen la crisis de 2001, se plantean en algún momento como alternativa a la política tradicional, conforman una identidad nueva, se recuestan sobre las viejas estructuras pero no las asumen como propias. Hay que fijarse en esto cómo trabaja el macrismo con la UCR, a las que se acerca pero da mínima representación, o el kirchnerismo con el PJ, con el que zigzaguea. El kirchnerismo urbano enfrenta a la clase media más progresista y politizada con otro menos politizada. Lo que convulsiona el kirchnerismo son valores interiores de la clase media. Cuando murió Kirchner no había una mucama llorando a escondidas del patrón esa muerte como pasó con la de Evita. Lo que había era una guerra en el consorcio de un edificio, era la pelea entre dos propietarios, no la de un inquilino contra un propietario. Una cosa que pasó de largo para el análisis fue que uno de los videos más difundidos en la campaña fue el de los patrones pyme intentando convencer a sus empleados de votar a Scioli. Los empleados tienen una conciencia más aspiracional, compran el boleto electoral de alguien que le promete futuro y progreso más que de alguien que le habla del modelo y de las conquistas del pasado. El macrismo en eso fue más exitoso.

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