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Domingo 05 de Julio de 2015

“Rosario tiene una interesante autonomía literaria”

En charla con Más en Resistencia, el reconocido narrador chaqueño contó su experiencia en el exilio durante la dictadura y dio su opinión sobre el estado actual de la literatura argentina.

“Toda persona es lo que ha leído, pero también lo que no ha leído”. Así reza la primera línea del folleto institucional de la Fundación Mempo Giardinelli, fundada en 1999 y coordinada por Natalia Porta López y por el escritor, nacido en Resistencia y exiliado en México durante la última dictadura cívico-militar argentina. La misión de la Fundación es trabajar por la educación, el fomento de la lectura, la divulgación de la literatura nacional contemporánea y el desarrollo sustentable del Nordeste argentino.
En el marco del 16º Seminario de Literatura Argentina que se realiza desde el año 2000 en Resistencia, Más pudo dialogar con Mempo Giardinelli acerca de su exilio, del estado actual de la literatura argentina, de la publicación de su primera novela a casi cuarenta años de haber sido escrita y de los excluyentes márgenes del canon literario.
Su novela Por qué prohibieron el circo nació a principios de los setenta y fue editada en 1976. Sin embargo, el texto nunca llegó a los lectores: todos los ejemplares de la obra fueron incinerados. A fines de 2013, como la mejor manera de dar batalla al olvido, la obra fue publicada: “Durante muchos años fue un mal trago que no terminaba de digerir. Ahora sinceramente siento alivio —explica Giardinelli—. Uno no puede darse el lujo de tener durante treinta años una novela ahí, sin publicar, pero tampoco me atrevía a hacerlo. Más aún, ni siquiera la incluía en mi currículum, llegué a negarla”.
—¿Cómo viviste tu exilio en México y cómo fue mirar el desarrollo de la literatura argentina desde allí?
—México fue un volver a empezar. Yo salí de Argentina muy mal anímicamente, con miedo, frustrado. Mi primera novela había sido secuestrada y quemada, junto con la de escritores ya consagrados; mis amigos estaban pasándola realmente mal, a muchos los torturaron y los mataron. Llegar a México fue muy duro, pero no por el país sino porque yo mismo estaba mal. Por eso a Luna caliente la ubico exactamente en diciembre del 77, que es el momento más tremendo de la dictadura. En ese entonces yo tenía una visión militante del arte, creía que la escritura tenía que servir para algo. Hoy por supuesto sé que tiene que servir nada más que para entusiasmar al lector, pero en aquel entonces esa idea estaba generalizada en la literatura latinoamericana. México fue un volver a nacer porque me encontré de pronto con un ambiente muy propicio para la literatura sin aditamentos ni misiones. Tuve mucha suerte. Mi primer contacto allí fue Edmundo Valadés, un gran escritor, quien dirigía la revista El Cuento. Llegué recomendado por Eduardo Gudiño Kieffer; él me escribió una carta muy generosa para que presentara a su amigo. Y Valadés fue un hombre muy solidario, me abrió las puertas y me dio mi primer trabajo allí, en El Cuento. Años después supe que me había sacado la lotería, fue un golpe de azar maravilloso, porque ahí conocí a quienes considero mis maestros mexicanos: Juan Rulfo y Augusto Monterroso. Ahí me hice amigo de Federico Campbell, Agustín Monsreal y Elena Poniatowska, y fui conociendo un mundillo literario completamente diferente del argentino y de la que había sido mi formación. Ahí descubrí que tenía que aprenderlo todo, porque de literatura mexicana no sabía casi nada. Siempre recuerdo que al poco tiempo de estar ahí don Edmundo me invitó a un ciclo de conferencias de Octavio Paz sobre Vicente Huidobro. Fueron cinco clases magistrales desmenuzando Altazor. Yo no sabía ni quién era Huidobro y ahí me di cuenta de que tenía que ponerme a leer, y entonces me sumergí en la literatura mexicana y latinoamericana. Ellos fueron muy generosos conmigo, que era extranjero y un inédito absoluto. Apenas tenía una novela frustrada y otra que estaba escribiendo y sin embargo me abrieron puertas para dar cursos y talleres.

Las democracias recuperadas

A Giardinelli le gusta pensar en la categoría “democracias recuperadas” como la etapa posterior al auge de la narrativa hispanoamericana. Luego del Boom de los años 60, los críticos comenzaron a preguntarse cómo definir lo que seguía, qué nombre darle a lo que venía después. “Se habló de posboom, o de realismo poético, como propuso Antonio Skármeta” recuerda Giardinelli. “Personalmente no adherí a ninguna de estas categorías. Y preferí denominar a esta etapa como de las democracias recuperadas, porque esta idea nos permite tener una visión mucho más global. Desde el 83 en adelante el discurso literario ha cambiado muchísimo, entonces más que pensar qué literatura estamos haciendo se trata de ver qué significa hacer literatura en sociedades que históricamente han oscilado entre la censura y la creación; y donde la producción es fruto del dramático paso del autoritarismo a la democracia”.
—¿En qué estado, entonces, se encuentra la literatura argentina? ¿Qué significa hacer literatura hoy?
—Yo creo que estamos pasando por un momento extraordinario. Y cuando digo que es uno de los mejores momentos tiene que ver con que ya no tenemos figuras consulares: muertos Borges, Cortázar, Sábato y Bioy, figuras que de alguna manera condicionaron la literatura argentina en el mundo, hay actualmente una indagación de nuevas formas, nuevas filosofías y nuevas preocupaciones. Y al no tener ahora figuras excluyentes, se genera algo muy interesante. Fijate que por eso un rasgo que caracteriza a la literatura argentina de hoy, entre otros, es la ampliación de lo que propone el canon, que cada diez años impone en las universidades los tres o cuatro nombres que hay que estudiar y que obligan a todo el mundo a concentrarse en ellos. Por supuesto que no estoy diciendo que no haya que estudiarlos, pero hay una vasta literatura más allá de esos autores. Y esta gran apertura de nuevos autores y autoras surge a partir de la democracia. Pero por supuesto, también incluye una dificultad, sobre todo para los académicos, que ahora se encuentran con una bibliografía y un universo textual infinitamente más complejo. Históricamente esto tiene una explicación que se da a partir de la propuesta de Ricardo Rojas, con su Historia de la literatura argentina. En ese primer canon, todo se concentraba en lo que se producía en el puerto, es decir, lo que Rojas veía en su entorno. Luego vinieron la propuesta de Arrieta y más tarde la de Viñas, pero ambas se daban más o menos bajo la misma concepción. Ahora se nota un esfuerzo para que no suceda lo mismo con la Historia crítica de la literatura argentina, que dirige Noé Jitrik.
—Vos hablás de la “municipalización” de la literatura argentina. ¿Está cambiando esto? ¿La literatura argentina ha dejado de ser felizmente la literatura de Buenos Aires?
—Veo en la literatura argentina contemporánea una extraordinaria horizontalidad. Ya no es una ciudad la que se escribe, sino una nación. Además, se recuperan muchas figuras importantes, como Leopoldo Marechal o Juan Filloy, y hay espacio para Héctor Tizón, Amalia Jamilis o Daniel Moyano. Creo que esto es un buen efecto de la democracia, aunque todavía hay injustos olvidos. Pienso sin dudas en Moyano y en otra figura que necesitamos recuperar, y me refiero a Manuel Puig. Él, en mi escala personal, ha sido junto con Borges, Silvina Ocampo y Cortázar, uno de los cuatro grandes. Sin embargo es un ignorado absoluto del canon y de la crítica argentina. A mí eso me sorprende muchísimo.
Por otro lado, actualmente hay una gran proliferación de editoriales. Y a esto hay que destacarlo porque, aunque es un fenómeno de mercado antes que un fenómeno literario –que también lo es–, permite recuperar a escritores que estaban olvidados. Por la razón que sea, yo saludo el hecho de que la literatura argentina esté teniendo una posibilidad canónica de ensancharse y de enriquecerse. Creo que la democracia y la tecnología han quebrado aquella visión “municipal”. Y esto expresa a una sociedad más plural y mucho más compleja, que permite una exquisita variedad de nombres y géneros aunque ello represente un problema para los canonizadores y sus cánones restringiditos.
— ¿Y cómo ves a Rosario?
—Rosario ha sido y es, sin dudas, uno de los centros de producción de literatura más independientes. En Rosario, y en toda la provincia de Santa Fe, la literatura ha tenido autonomía: desde Mateo Booz, Edgardo Pesante, Luis Gudiño Kramer, autores que uno puede o no compartir sus estéticas —a mí Gudiño Kramer no me gusta y Mateo Booz me encanta—, hasta otros más cercanos como Gudiño Kieffer, Lermo Balbi, Juan José Saer y ahora mismo esa impresionante narradora que es Angélica Gorodischer, para mí la más importante escritora argentina contemporánea. Sumemos al notable cuentista que es Carlos Roberto Morán, a María Angélica Scotti, al poeta Jorge Isaías. Y específicamente en Rosario yo siempre admiré a Jorge Riestra, tengo un fuerte recuerdo de La historia del caballo de oros. Riestra es un gran escritor, como lo es Elvio Gandolfo, un cuentista experimental como hay pocos. Así que bueno, una ciudad que genera un movimiento como El lagrimal trifurca pero que da también al Negro Fontanarrosa, es una ciudad inusual. Tipo heterodoxo el Negro, por cierto, que jamás estará en los cánones por las razones que hablábamos recién. Pero el Negro no era sólo un dibujante que escribía cuentos; era un hombre que tenía una clara conciencia de la literatura y una enorme cultura. Yo tuve ocasión de viajar con él un par de veces por España y a mí me sorprendió porque más allá de lo jodón era un intelectual de buena formación. En resumen, para mí Rosario es una ciudad con una interesante autonomía literaria.

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