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Viernes 11 de Enero de 2008

Rosario no parece Rosario

Rosario no parece Rosario estos días. Voy con el taxi por Corrientes, miro hacia adelante y el próximo vehículo a la vista, un colectivo de esos amarillos que pululan como hormigas, transita cinco o seis cuadras más allá. En la calle hay menos autos y menos gente, y eso ya modifica el paisaje. Es porque muchos se fueron de vacaciones, se consuela un amigo que no se irá a ninguna parte este verano, pero hay una razón mucho más poderosa. Es por el calor...

Rosario no parece Rosario estos días. Voy con el taxi por Corrientes, miro hacia adelante y el próximo vehículo a la vista, un colectivo de esos amarillos que pululan como hormigas, transita cinco o seis cuadras más allá. En la calle hay menos autos y menos gente, y eso ya modifica el paisaje. Es porque muchos se fueron de vacaciones, se consuela un amigo que no se irá a ninguna parte este verano, pero hay una razón mucho más poderosa. Es por el calor.
   Me fastidia el calor, como a buena parte de la gente que conozco, pero me agrada ver la ciudad semivacía. Sorprende, parece otra. Uno camina (a paso lento, para no parecer un semifondista al final de la carrera) y ve cosas que están ahí desde siempre y que un día cualquiera de marzo, agosto o noviembre parece que no existieran. Hasta se pueden batir algunas marcas. Por ejemplo, caminar una cuadra por las angostas veredas del centro y cruzarse con apenas cinco, seis, como máximo siete personas. Raro. Y placentero.
   Una de estas tardes hasta me ocurrió que en un trayecto de dos cuadras y media no escuché ningún bocinazo. Más increíble todavía es que en ese recorrido no oí ninguna puteada proferida por el conductor de un auto a otro por alguna nimiedad del tránsito. ¿No es increíble?
   Claro, alguien me advierte que fue un domingo, que eran las tres de la tarde y que hacía 34 grados a la sombra. No importa. De lunes a viernes, retruco, igual es posible hallar sitios donde nada es igual que en otras épocas del año. En la Municipalidad, por ejemplo, donde hasta hace días no había nadie porque los empleados no atendían (¿para qué habrán hecho los paros si al final no obtuvieron más que lo que les ofrecieron el primer día?) y ahora es una romería por la cantidad de gente que se agolpa para hacer trámites. O en los Tribunales, donde (casi) todo el mundo está de vacaciones y la gente que necesita de los que están de vacaciones debe conformarse con esperarlos a que vuelvan el 1º de febrero. Menos mal que no tengo ningún trámite pendiente por allí.
   Me consuelo con esa idea y con otra que me hace muy feliz, tanto que hasta dejo lo de la temperatura en segundo plano: que Tinelli está de vacaciones. ¡Eso sí que es una bendición! Mientras tanto, echo mano al split y espero con estoicismo a que pase enero, no tanto por la agobiante temperatura sino porque extraño el fútbol. Me dicen que todavía falta para que se reanude el campeonato de la B Nacional. Pregunto contra quién es nuestro primer partido: el 9 de febrero, en nuestra cancha, contra Independiente Rivadavia de Mendoza. Y pienso: ese día el estadio del barrio Ludueña lucirá casi idéntico a las calles del centro un domingo a la tarde, con 34 grados a la sombra: desierto. Mentalmente exclamo: ¡Aguante Tiro Federal!, y cuento los días para saber cómo le irá este año al equipo del Chaucha Bianco.

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