Edición Impresa
Sábado 12 de Junio de 2010

Rocas

Eran las nueve de la noche y estaba sentado delante de mi computadora en la redacción del diario sin poder levantar, literalmente, la vista. Las cosas suelen ser así cuando se aproxima el cierre: las páginas van y vienen, las noticias vienen y van, y hay que estar atento para que nada se escape.

Eran las nueve de la noche y estaba sentado delante de mi computadora en la redacción del diario sin poder levantar, literalmente, la vista. Las cosas suelen ser así cuando se aproxima el cierre: las páginas van y vienen, las noticias vienen y van, y hay que estar atento para que nada se escape. De pronto, en medio del vértigo, me di cuenta de que a mi izquierda, sobre el escritorio, había un sobre rectangular con mi nombre escrito a mano con letra vacilante. Al abrirlo, se cayó al suelo una pequeña cartulina roja.

La tarde otoñal es helada. El cielo gris guarece bajo su cúpula a los árboles, quietos en el aire como mástiles. Detrás mío suena Bach. Mientras escribo, el sonido del clave me recuerda lo que no debe ser olvidado: hay cosas fugaces, y otras permanentes. Está el torrente vertiginoso de los hechos, agua rápida que pasa y se va. Y están las rocas en el cauce, inmóviles. Alrededor suyo pasa el tiempo como agua, pasan los hombres, las palabras, los mundos. Y las rocas siguen inmóviles, como Bach.

En un diario resulta sencillo olvidar lo esencial. A uno lo rodean las noticias, lo aparentemente importante. En ese torbellino de acontecimientos, el verdadero acontecer queda enmascarado. Pero sin que yo lo supiera, aquella noche el ser estaba a mi lado, escondido en un sobre, bajo la forma de una pequeña cartulina roja.

Dicen que Rosario es una ciudad de poetas. Y lo es. Pero también es una ciudad de pintores.
Hagamos nombres, porque nunca viene mal: Musto, Schiavoni, Gambartes, Grela, Guido, Vanzo, Cochet, Pedrotti, Uriarte, por decir algunos. Creadores que dejaron huella permanente de su paso por el mundo. Hombres que dejaron una obra que habla.
La cartulina roja que había caído al piso era una esquela breve y cariñosa de dos grandes pintores de Rosario, que son pareja hace muchos años y cuyo talento los ha llevado por todo el país e Hispanoamérica. El, severo y anguloso, irónico y sesudo, pero no carente del brillo misterioso del color profundo. Ella, sensual y juguetona, vegetal y animal, pero no sin la certeza de la idea como guía luminosa de la mano. Hablo de Eduardo Serón y Mele Bruniard.

Esta es una ciudad que ha solido y suele todavía ser injusta con aquellos que la justifican. Y la prensa, para qué negarlo, también es parte del complot que atenta contra lo legítimo. Páginas y páginas fútiles impiden que las cuestiones más hondas sean tratadas, impiden incluso que sean mencionadas. Eduardo y Mele, que tanto y tan bien trabajan, han sido y siguen siendo víctimas de un consenso que privilegia la frivolidad y posterga la verdad, que entroniza la ganancia y descarta la permanencia.
Ya no son jóvenes, en el sentido físico del término. Sin embargo, no han dejado de producir y continúan dando testimonio de una mirada única, que registra el mundo de manera intransferible. A quienes lo conocemos, su trabajo nos ayuda a vivir.

Ellos son rocas en el cauce. A su lado pasa el agua rápida de la banalidad. Pero ellos no se mueven: son rocas con manos. Y en las manos, empuñan pinceles.

Comentarios