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Domingo 17 de Enero de 2016

Repatriada

La historia me llega de oídas, en una sobremesa, a través de terceros sucesivos: A se la había contado a B, que luego se la trasladó a C, quien más tarde me la narra a mí. No es, entonces —ya no— la historia que aconteció a A, sino otra que se fue armando con los restos de las historias que se contaron a partir de ahí. O apenas una ficción tejida con los retazos que sobreviven a las narraciones sucesivas de una realidad que, indefectiblemente, se va deshilachando a medida que se cuenta.

La historia me llega de oídas, en una sobremesa, a través de terceros sucesivos: A se la había contado a B, que luego se la trasladó a C, quien más tarde me la narra a mí. No es, entonces —ya no— la historia que aconteció a A, sino otra que se fue armando con los restos de las historias que se contaron a partir de ahí. O apenas una ficción tejida con los retazos que sobreviven a las narraciones sucesivas de una realidad que, indefectiblemente, se va deshilachando a medida que se cuenta.

Un hombre muere y con él, como suele suceder, se muere también algo más: la mujer, compañera de vida de muchos años, no termina de encajar el golpe. Queda descolocada, como si en la viudez se cifrara también una cierta orfandad. No es una muerte trágica ni inesperada: era un hombre grande, en la curva descendente de la vejez, que durante los últimos años no había hecho sino avanzar sin prisa pero sin pausa hacia ese final inexorable. Pero la perspectiva sombría de esa soledad hecha realidad la abruma a tal punto que los hijos se empiezan a preocupar. Pasa los días abismada, ausente de sí misma. Se olvida de comer —o se olvida de tener ganas de comer— y cuando la obligan a sentarse a la mesa se pasa el tiempo plegando la servilleta o moviendo los cubiertos de lugar, casi sin probar bocado.

Por eso, tal vez, como queriendo espantar la pena o acaso distraerla, una de las hijas y el yerno se la llevan de viaje a Brasil. A lo mejor unos días de vacaciones, lejos de todo —lejos, sobre todo, de los lugares que solían compartir, de los espacios que habitaban de a dos y que ahora que él no está se empeñan en convocarlo todo el tiempo— le ayuden a encontrar la forma de seguir. Al yerno la idea le gusta muy poco, pero se guarda de hacer el más mínimo comentario. Son un matrimonio joven, sin hijos, y la suegra en el asiento de atrás no formaba parte del plan. Pero entiende, o cree entender. De modo que parten los tres.

La viuda viaja atrás. Silenciosa, contemplativa. Abstraída en sus pensamientos o atrapada en el duelo. En vano tratan de sacarla de ese estado, de entablar cualquier tipo de conversación. La viuda no les devuelve más que monosílabos desganados, sin dejar de mirar por la ventanilla ni un solo instante, como si llevara alguna cuenta imposible como los árboles por kilómetro o la cantidad de letras "a" que aparecían en los carteles del camino a lo largo de todo el trayecto. Después de algunas horas de viaje dejan de intentar hablarle; antes de llegar a Paso de los Libres también la hija empieza a pensar que se trató de una mala idea. Al final optan por simular que no está, como volviendo al plan original. Escuchan música, hablan entre ellos, se detienen a cargar agua en una estación de servicio y toman algunos mates. Recién pasando Porto Alegre la hija lo vuelve a intentar. No obtiene respuesta. Repite la pregunta —quién sabe cuál, acaso ya nadie pueda asegurarlo— y cuando se vuelve hacia atrás y la mira, comprende que no está dormida: se apagó y se dejó morir en el asiento de atrás, sin un quejido, en algún punto indeterminado entre Rosario y Camboriú.

Paran a un costado del camino. Primero llora la hija mientras su marido la consuela. Después empiezan a percibir lo extraño de la situación y no saben qué hacer. Llaman por teléfono al otro hijo y tienen que ponerlo al tanto, compartir el dolor, llorar juntos a miles de kilómetros de distancia. Después tienen que suprimir el dolor de golpe, postergarlo, y enfocarse en la cuestión práctica de qué hacer ahora, con un cuerpo todavía tibio en el asiento de atrás del auto. Tenemos que llevarla a algún lugar, dicen, pero del otro lado del teléfono el otro hijo dice que no. Que los trámites, que las demoras, que alguno de los dos tendría que volver en el avión con el cuerpo, que andá a saber hasta cuándo se tienen que quedar para que los dejen sacarla. A lo mejor después la mandan, dice el yerno, y la mujer no lo repite en el teléfono pero en su cara se lee claramente cómo se te ocurre, mamá no es una encomienda. Al final, quién sabe por qué —tal vez ni siquiera A cuando lo contó, mucho menos B, ni tampoco C— alguien propone que la metan en el baúl para repatriarla a escondidas.

No es una decisión fácil. No puede serlo de ningún modo. Ni puede serlo, tampoco, llevarla a cabo: buscar un lugar apartado, a salvo de las miradas, sacar las valijas del baúl, hacer espacio, mover el cuerpo querido, forzarlo a una posición inverosímil para que entre y se pueda cerrar. Pero de algún modo lo logran y después de serenarse deciden volver sobre sus pasos y cruzar la frontera otra vez, con el cuerpo en el baúl.

El recorrido hasta la frontera, asumo, lo hacen envueltos en un silencio espeso. Al acercarse al cruce, sin embargo, la inquietud gana terreno hasta hacerse insoportable. La larga fila de autos que los recibe no hace más que incrementar la sensación de que todo va a salir mal. La hija espía hacia adelante, contempla las siluetas uniformadas que se mueven de acá para allá, imagina el gesto hostil del funcionario que revisa documentos, y en un momento no puede más, se baja del auto y corre.

El yerno se tira a un costado, baja del auto también y corre tras ella. La obliga a sentarse a la sombra, le dice que no se mueva y va a comprar agua mineral. Ella bebe y se calma. Fuman los dos. A lo lejos, la bandera flamea como una promesa mientras los dos, sin mucha convicción, se empeñan en darse ánimos.

Un rato más tarde deciden continuar. Vuelven tomados de la mano y avanzan junto a la fila de autos que aguardan para cruzar, sin mirar las caras de hastío de los que esperan y los ven pasar caminando. Familias que tratan de hacer callar a los chicos; parejas que matan el tiempo conversando o mirando sus celulares; algunos que se bajan y se apoyan contra la puerta para fumar. No ven, sin embargo, ningún auto vacío al costado de la fila. El yerno señala un lugar donde, está seguro, lo había dejado. De todos modos avanzan un poco más; luego vuelven sobre sus pasos. Al principio es puro desconcierto; después viene la duda. La inquietud llega al final.

Les lleva un buen rato comprender que el auto ya no está.

B nunca supo cómo termina la historia, tampoco lo sabe C. Quién se llevó el auto, si alguna vez apareció, si recuperaron el cuerpo o no. O si acaso todo eso ocurrió de verdad alguna vez. Tampoco me importa demasiado a mí. Al fin y al cabo no es —ya no— la historia que aconteció a A, sino otra que se fue armando con los restos de las historias que se contaron a partir de ahí. Una que termina en ese instante preciso y absurdo en el que dos personas se abrazan al borde de la frontera, junto a una hilera de autos que no deja de avanzar, y se preguntan ahora qué.

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