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Domingo 02 de Agosto de 2015

Recursos para no perder la esperanza

Cómo lograr que los hechos de violencia no transformen la vida en un suplicio. Profesionales de la ciudad acercan medidas simples para sentir menos temor y resistir los embates de un mundo conflictivo.

“Quien vive temeroso nunca será libre”, decía el poeta Horacio, antes de Cristo. Hoy sus palabras siguen vigentes porque si bien el miedo nos permite reaccionar ante determinadas situaciones, sentirlo en forma constante y desmedida puede ser peligroso y hacernos dependientes.
  En contextos difíciles, hostiles y violentos, la ansiedad —que es una consecuencia del miedo— suele ser mayor y afectar a más personas. Pero el impacto que esa emoción tiene en la psiquis y en la vida cotidiana de cada uno resulta diferente y depende, en gran medida, de la historia personal, del estado de salud mental, y también —explican los especialistas— del esfuerzo que cada ciudadano esté dispuesto a hacer para intentar vivir en paz a pesar de todo. ¿Es posible que las malas noticias, la inseguridad y la incertidumbre no nos afecten tanto? ¿Podemos hacer algo para no perder la esperanza en momentos críticos? La respuesta unánime de profesionales de distintas áreas es sí. Se puede, y se debe.
  La médica psiquiatra y psicoterapeuta María de los Cielos Rodríguez está convencida de que si uno pisa a diario el terreno del miedo lo único que consigue es invalidarse: “Hay que vivir más atentos, más despiertos, pero no con miedo”, enfatiza.
  Para la terapeuta —que desde hace décadas trabaja en el tratamiento de las fobias en el grupo Soltar Amarras— tomar cierta distancia de la información cotidiana que ofrecen los medios de comunicación es, por ejemplo, una de las herramientas con las que las personas cuentan para bajar los niveles de ansiedad. “Hay que estar informados pero no sobreinformados. Los medios, y no hablo de cuestiones editoriales sino de su propia dinámica, reiteran durante todo el día las mismas noticias. A un robo (o cualquier otra situación violenta) lo vemos en la tele, lo escuchamos en la radio, lo leemos en las páginas web y también en las redes sociales una y otra vez. La reiteración, sobre todo de las malas noticias, lastima. ¿Y si en vez de estar todo el tiempo pegados a los noticieros lo hacemos una vez al día o cada dos días? Esta es una manera de resguardarse que no implica vivir en el limbo sino estar menos contaminados de información negativa, algo que nos hace daño aunque no nos demos cuenta”.
  Pensar en cómo estamos viviendo, cómo nos tomamos las cosas y poner en acción algunas decisiones ayuda a proteger la salud mental. “Así como nos cuidamos del colesterol hay que cuidar la cabeza. Las medidas que tomemos para sentirnos más seguros son valiosas. Evitar el bombardeo de información es muy útil, también poner una alarma si eso me da un poco de paz o proteger los vidrio del auto o armar redes con los vecinos, no sé. Muchas veces nos quedamos en el lamento y no tomamos medidas... ¿van a evitar que nos pase algo malo? No, pero van a minimizar el riesgo y sobre todo nos van a hacer sentir un poco más seguros”.
  La psicoterapeuta comenta: “Desde hace 30 años escucho en consultorio las mismas preocupaciones y temores. Los miedos comunes de la gente no han cambiado tanto aunque parezca mentira. En distintas épocas hubo diversos contextos, más o menos violentos, pero las reacciones de las personas son similares: el que es más sensible se pone más paranoico, el que es más fóbico se esconde más y el que es más centrado toma recaudos pero sigue viviendo”. Y agrega: “Eso de que «así no se puede vivir más» se oye desde hace muchos años; las personas se sienten vulnerables desde hace mucho tiempo”.
  “Una gran ciudad nos habilita a muchas cosas pero nos exige otras. Se terminó la época en la que caminábamos por la calle mientras íbamos pensando en cualquier cosa. Hoy debemos caminar atentos, ver quién viene detrás, escuchar si no se acerca una moto. El mundo nos obliga hoy a ese nivel de atención”.

   ¿Cómo evaluar si uno está sintiendo temores lógicos y esperables o está en una situación patológica? Rodríguez dice que “la luz amarilla debe encenderse cuando sentís tu vida completamente alterada, cuando empezás a pensar en dormir con el revólver abajo de la almohada, cuando tu hijo no llega en diez minutos y ya pensaste en el peor escenario. Esas preocupaciones constantes y muy intensas, o el hecho de estar todo el día ofuscado, con resentimiento, nervioso, sintiendo odio no deben ser tomadas como normales, y quizá ameritan una consulta profesional porque puede tratarse por ejemplo de un trastorno de ansiedad generalizado que requiere algún tratamiento”.
  La médica psiquiatra analiza algunas de las alternativas que se les pasan por la cabeza a los ciudadanos cuando se sienten o están bajo amenaza: “Escucho: «me voy a vivir a otro lado» o «no salgo nunca más», y la verdad es que encerrarse o irse son caras de la misma moneda. Nada alcanza y nada es suficiente porque garantías no va a haber nunca en ningún lado y los costos de una u otra medida son demasiado altos. Hay que intentar seguir viviendo, pensar que si algo me va a suceder —sin exponerme está claro— es preferible que me suceda en actividad y disfrutando. Hay que saber también que si tengo algún problema lo voy a superar, que puede ser duro pero voy a salir adelante. Lo contrario es dejar de vivir”.
  El psicólogo y docente universitario Augusto Ciliberti afirma que los intentos de autopreservación (modificar horarios de salida, tener más cuidados al ingresar al hogar y en las cocheras, establecer ciertas medidas de seguridad) “son medidas precautorias y totalmente sanas y normales”. El problema aparece “cuando la ansiedad, el miedo y los pensamientos anticipatorios condicionan la cotidianeidad”.
  Ciliberti, que integra el equipo de Vivir sin Fobias, comenta que algunos hábitos han cambiado y no necesariamente eso es negativo: “Observamos que se han consolidado las redes de cuidado, que las personas son más solidarias con los vecinos por ejemplo, que están más pendientes de que un amigo o un familiar lleguen a destino. Se han profundizado algunas maneras de estar en contacto”.

Los chicos    

Entre las personas más vulnerables están los niños y adolescentes. Ellos viven con mayor intensidad las situaciones de violencia y sin tantos recursos para hacerles frente. ¿Cómo ayudarlos a no perder la esperanza, a que tengan una infancia saludable? ¿O nos resignamos y les transmitimos que no hay nada más que hacer?
  Belén Carpinetti, médica pediatra y psiquiatra infantojuvenil de Consultorios 3 de Febrero, le dijo a Más que “el adulto tiene una enorme responsabilidad frente a sus hijos o nietos y no debe permitir que salgan más lastimados aún. La desesperanza no es el camino, de ningún modo”.
  “El niño aprende mirando. Registra y absorbe mucho más aquello que observa que aquello que le decimos. Si sus padres viven con miedo, si están nerviosos, irascibles, angustiados, ellos van a captar eso aunque les digamos que no pasa nada”, ejemplifica.
  “No tienen que estar aislados, no podemos apagarles el televisor o prohibirles la computadora porque de todos modos se van a enterar de lo que pasa. Pero si van a tomar contacto con una noticia, si sucedió algo en el barrio, si están preocupados por algún hecho puntual tenemos que acompañarlos, escucharlos y ofrecerles contención. No dejarlos solos frente a eso que sucede. Los chicos reaccionan de maneras diferentes . Es más preocupante, en general, el niño que no habla, que no pregunta, que se siente atemorizado pero no lo expresa. Ellos dan señales, por eso debemos estar atentos a las conductas de los chicos. Para eso hay que prestarles la debida atención”, dice.
  El estar todo el día comentando las malas noticias, lo que le sucedió a tal o cual persona no ayuda y tampoco va a servir para modificar la realidad.

Que los chicos estén al tanto es una cosa, pero ser monotemáticos con las cuestiones complicadas es otra cosa muy distinta: “Les sugiero a los padres y madres que cuando regresan al hogar lo hagan con una sonrisa, que cuando pongan las llaves en la puerta se desconecten por un rato de las preocupaciones, de los temores. Están entrando al lugar más importante que tienen, que es su hogar, y esos hijos merecen atención, respeto, un abrazo, una persona que esté dispuesta a escucharlos, a dedicarles tiempo”, reflexiona la médica.
  “Hay que diferenciar entre la ansiedad normal que puede tener un chico y la ansiedad patológica. La ansiedad patológica es una respuesta desmedida, intensa. Puede ser una reacción exagerada, o bien una reacción no tan desmedida, pero que se prolonga en el tiempo. Hay chicos que manifiestan que se sienten mal, que les falta el aire, que se marean, que se ponen pálidos. Si esto sucede es necesario consultar. El padre o madre perciben que algo no anda bien y entonces hay que hablarlo con el pediatra pero si el problema no revierte es aconsejable que hagan una consulta con un especialista. Hoy la terapia cognitivo-conductual es una de las herramientas, avalada por las neurociencias, que pueden dar respuestas en estos casos, que trabaja con el pensamiento, la emoción y la conducta. Hay salidas, y hay que ocuparse, pero no podemos pensar que está todo perdido”.
  “Es bueno que ellos sepan cómo protegerse, como cuidarse. Por ejemplo, si uno tiene una hija o hijo que ya sale solo no sirve mucho estar todo el tiempo diciéndoles cuidate, cuidate, cuidate. Es mejor decirles cómo cuidarse. Que no vuelvan solos a la madrugada, que siempre queden dos o tres en el momento del regreso aunque la casa después se llene de chicos que se quedan a dormir. Esas son medidas posibles de implementar que ayudan mucho más que transmitirles amenazas en forma permanente o la desesperanza de que este mundo no tiene arreglo”, señala Carpinetti.
  No dejar de sonreír, de abrazarse, de decir lo que sentimos. Preservar los espacios familiares, el tiempo para los amigos y para la charla cara a cara. Estar más cerca y decirle al otro que cuenta con nosotros en las buenas y en las malas. Disfrutar y proyectar porque la vida continúa. En definitiva, resistir desde la normalidad.
  Cuidarse pero no paralizarse. Ser más solidarios y más compasivos porque la respuesta a la violencia nunca debe ser más violencia. Tremendo desafío que plantean estos tiempos.

“Volver a Dios nos ayudará a recuperar la esperanza”

Padre Pablo Lasarte
Sacerdote católico,
capellán de la Pastoral Universitaria de Rosario

Ante la dura realidad que hoy vivimos como sociedad quisiera humildemente desde la fe hacer un llamado a todos para que no renunciemos a la posibilidad de un cambio, y no nos dejemos vencer por la violencia, el pesimismo, la angustia, el miedo o la desesperanza que nos causan la inseguridad y la falta de justicia.
  El preámbulo de nuestra Constitución nos habla claramente de invocar a Dios, fuente de toda razón y justicia. Si le damos la espalda a Dios no habrá razón y no habrá justicia.
  El volver a Dios, a las raíces espirituales de nuestro pueblo, nos ayudará entonces a recuperar la esperanza que es la pasión por lo posible. Es trabajar por una conversión profunda en el corazón del hombre que nos lleve a un decidido cambio en nuestro actuar personal y social. Es volver a valorar y honrar la vida. Construir un proyecto basado en una cultura que posea a la vida como un valor  sagrado e innegociable.
  Se trata de trabajar por una seguridad comunitaria que es cuidarnos entre todos, tener misericordia con justicia, redescubrir el valor inestimable de la educación y el trabajo que dignifica al hombre. Es hacer política pensando en el prójimo, es seguir haciendo de nuestra Iglesia una verdadera casa de comunión y contención, de verdad, de amor y de paz donde todos encuentren un motivo para seguir esperando.

Crecidos pero afligidos

Liliana Fernández
de Farina
Psicoorientadora espiritual del equipo pastoral de la iglesia evangélica bautista de Arroyito

Resulta paradójico llevar puesto al mismo tiempo el traje del progreso y el desarrollo junto a la textura del desaliento, la falta de confianza y la incertidumbre. Habitantes ya no del Siglo de las Luces sino de escenarios de un adelanto impensado. ¡Rodeados de tanto y poseedores de tan poco!
  En esta hermosa ciudad de Rosario los delitos violentos nos gritan en la cara diariamente que estamos enfermos. Los lujos del pasado se han convertido en las necesidades del presente. La desintegración familiar, la pérdida de la dignidad, el abuso y la trata ya forman parte del paisaje y el horror ha sido cauterizado en nuestras conciencias. Nada parece sorprendernos. Sin embargo, puedo afirmar que hay esperanza. Cualquiera podría calificar mi frase de utópica, pero he experimentado en el desarrollo de mi profesión una realidad empírica. No es lo que entra en el hombre lo que lo contamina, sino lo que sale de él.
  Puedo aseverar que toda conducta se aprende y se desaprende. Y que por años los profesionales de la salud mental han dejado al mundo sin su tercera pata: el espíritu, que ha quedado librado a su suerte. Es precisamente allí donde radica el punto del equilibrio. La paz espiritual es aquello que nos permite vivir confiados en medio de un mundo que se cae irremediablemente.
  Aflicciones ocultas y manifiestas nos empujan a vivir como caminando sobre escombros. No podemos evitar la violencia y el sufrimiento pero decididamente podemos determinar la forma en que hemos de reaccionar ante ellos.
  ¿Qué has decidido hacer por tu paz espiritual? Cierro mi reflexión con la pregunta que lord Byron le hiciera a Scott, ambos talentosos escritores ingleses, los dos lisiados. Decía Byron en medio de su desazón: “Yo daría la fama que tengo a cambio de la felicidad que tú disfrutas”. Scott poseía una fe auténtica que trascendía su existencia. Para pensarlo.

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