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Sábado 28 de Julio de 2012

Recuerdos de la maestra rural que cumplió 100 años

"Ya no puedo trabajar en la escuela, ya soy vieja. Pero a mí me gustaba enseñar a los niños, más que nada a ser buenas personas", confiesa la Señorita Nelly, a pocos días de su cumpleaños

Hace varias décadas, Celina Nélida Strada eligió que la llamen "Señorita Nelly". Fue cuando comenzó a trabajar como maestra de grado en una escuela del campo, y es como desde entonces la siguen nombrando sus ex alumnos. El 14 de julio pasado cumplió 100 años rodeada de afectos; unos días después compartió con LaCapital este comentario: "Ya no puedo trabajar en la escuela, ya soy vieja. Pero a mí me gustaba enseñarles a los niños, más que nada a ser buenas personas". La historia de una docente centenaria contada en primera persona.

"¿Por qué hay tanta gente?", pregunta la seño Nelly al recibir la visita de este medio en el departamento donde vive con su sobrino Enrique. Alcanza una breve mención a su oficio para que comience a hilvanar recuerdos.

Se remite a lo duro que era trabajar hacia fines de la década del 30, hablando de sus alumnos y familias. Cuenta que les pedía a los niños que "les enseñen a sus padres". "Hay padres que no pueden saber, aprender, porque pasan todo el día trabajando. No es que no puedan saber, sino que no tienen tiempo", recuerda que les explicaba para entusiasmarlos con la educación.

No es para menos. La Señorita Nelly nació poco días después del Grito de Alcorta, la rebelión de los pequeños arrendatarios rurales amenazados por los grandes terratenientes de siempre.

Normalista. Se recibió como maestra normal nacional en Rosario, y enseguida se trasladó al campo para enseñar. Ejerció en la Escuela Nacional Nº 166 de Colonia Lago di Como, perteneciente al distrito de Arteaga (a 145 Km de Rosario), distante a 24 Km de la estación de trenes de esa localidad.

Eran tiempos donde no había pavimentos ni luz eléctrica y chicos y maestros se trasladaban en sulky, recuerdan sus ex alumnos. Para la misma época que Nelly y tantos otros maestros normales se diseminaban por las zonas más extensas de las pequeñas poblaciones rurales del sur santafesino, Angela Peralta Pino desplegaba una maravillosa experiencia pedagógica en el norte santafesino, entre los hijos de hacheros y peones rurales (fue entre 1940 y 1962). Lo hacía trasladándose en una casa rodante de población en población, lo que le valió el nombre de "La maestra caracol". Es también por su trabajo que cada 9 de noviembre —aniversario de su nacimiento— se conmemora el Día de los Maestros Rurales.

Preocupación. Como todas las escuelas rurales, la maestra de grado atendía a chicos de distintas edades. Más allá de los contenidos propios de cada disciplina, la Señorita Nelly asegura que su mayor preocupación era que los chicos fueran "buenas personas".

"Ya no puedo trabajar en la escuela, ya soy vieja y me tengo que quedar en mi casa. Me gustaba enseñarles a los niños, más que nada a ser buenas personas y no malos. Siempre tenían que serlo. Ellos les decían luego a los padres: «Yo tengo que ser bueno porque mi maestra lo dice»".

Enseguida describe a los distintos grupos que se sucedieron en sus clases como "gente muy buena, tranquila e inteligente". "Aprendían enseguida —agrega entusiasmada— lo que yo les enseñaba".

Mientras el fotógrafo busca hacer el mejor retrato de esta maestra preocupada "por tanta visita" en su casa, sigue el relato de lo que privilegia de sus recuerdos en la docencia: "Mis alumnos se portaban muy bien, los quería mucho. Yo no era de hacer como otras maestras de pegarles. Ellos fueron siempre muy educados, me preguntaban si podían o no hacer tal cosa. No como ahora que dicen «Yo hago lo que quiero». No, eso no es posible".

Ex alumnos. Ana María Ghío, Mirtha Dedic y Miguel Dedic festejan este último comentario cargado de actualidad. Los tres son ex alumnos de la Señorita Nelly, de la cual recogen las mejores imágenes de sus tiempos de escolares.

"Yo era la más charlatana del grupo, inquieta, siempre de pie. Entonces ella desde su escritorio me saludaba con su mano para que me volviera sentar", rescata Mirtha. Y expresa: "Lo más importante que me enseñó fue a redactar. Lo aprendí con ella. Manteníamos un diálogo y sobre él armábamos luego una redacción. Nos marcaba los errores de ortografía constantemente y ponía a la familia como meta para avanzar en la vida".

Ana María Ghío confiesa que fue gracias a esta gran maestra que entendió el valor de la educación. "A mí no me gustaba ir la escuela, ella fue la que me hizo entender el valor que tenía la educación", dice quien ahora es antropóloga y asegura que en aquel entonces "se vivía con muchas limitaciones en el campo".

Miguel Dedic, hermano de Mirtha, está empeñado en trazar una semblanza de su maestra. Y lo hace en el contexto necesario para que se entienda el valor de su trabajo.

La describe como una educadora que siempre "proponía innovaciones, aún con el esfuerzo de adaptar el método a la relación de atender dos o tres grados; abrigar y aconsejar a quienes más necesitaban y que no le falten libros, cuadernos y lápices, participando con padres, madres y otros docentes en el mantenimiento de una muy buena biblioteca".

Sencillez. Dice Miguel que "esa sencillez hacía admirable su labor, de noche solía continuar escribiendo a la luz de lámparas de pared, a querosén". "Valoramos —continúa— su actitud de integrarse, ya que pasando los años pudo ascender y llegar a escuelas urbanas prefiriendo continuar su labor en la colonia".

Junto a él están los sobrinos de Nelly, Enrique Milanoli y Mariel Bejo, que siguen de cerca cada palabra y gesto, y se integran a la foto grupal a pedido de la misma maestra.

Con buen ojo, Miguel asegura que ese perfil de Nelly, de una docente comprometida con su vocación, "se repitió en muchos educadores y educadoras de pueblos y colonias cuyos nombres difícilmente trasciendan". Pero Nelly cumplió 100 años, y esa es una más que una buena excusa para hacer extensivo el reconocimiento.

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