Cartas de lectores
Miércoles 22 de Junio de 2016

Recuerdos de infancia

Los sueños siempre están allí. Siempre estuvieron allí, aún cuando no lo sabíamos. Desde muy chico pensaba en cómo mejorar lo que existía.

Los sueños siempre están allí. Siempre estuvieron allí, aún cuando no lo sabíamos. Desde muy chico pensaba en cómo mejorar lo que existía. Siempre pensé en el futuro a fuerza de imaginarlo. La sociedad de nuestra vida de niños o adolescentes estaba habitada por gente de bien, de palabra, que hacía del cumplimiento un compromiso. Los policías del barrio eran amigos de la gente y cruzaban la calle a los viejitos, les hacían apagar el cigarrillo a quienes se querían iniciar en el vicio del humo. El crédito no tenía tarjeta, porque sólo hacía falta la palabra. Teníamos poco, si lo comparamos con hoy, pero no lo sabíamos porque éramos felices. Toda la familia se sentaba a la mesa para confirmarlo. Vimos vivir y morir a los abuelos, a los tíos, y ocupamos su lugar con su ejemplo y nos hacía felices compararnos con ellos. Se cocinaba todos los días, había poca heladera y una bolsita de hielo para lo más elemental y todo quedaba cerca. El barrio era la patria de nuestra niñez. Los juegos de niños eran por las tardecitas de verano: el farolero tropezó, las escondidas, la rayuela. Los niños éramos felices, hasta que el tiempo nos convirtió en personas serías y responsables. No había indumentaria deportiva, sólo un rompevientos, un pantalón de fútbol y unas zapatillas Pampero. Y algún bombachudo para hacer gimnasia. Todo era azul, marrón o negro. Todo era igual o parecido y no nos faltaba la risa y el amor por compartir y divertirnos. La esquina y un silbido eran suficientes para reunirnos. Me extendí demasiado, pero ustedes entenderán: esto es sólo cosa de viejo.

Miguel Amado Tomé

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