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Viernes 26 de Agosto de 2011

Recuerdos del jardín: las manos de la infancia

Una mirada reflexiva sobre la relación de los niños con el tránsito por el nivel inicial de enseñanza

La infancia es la memoria de la infancia, sí. La memoria es, como decía Antonio Gamoneda: recuerdo y olvido, al mismo tiempo. Por eso es que al escribir lo que ahora escribo, noto el estrago que han hecho en mí las rocosas intenciones de conceptualizar el tiempo. Y, por eso, ese tiempo infancia, ese tiempo niño que busco aquí como quien busca lo nunca perdido y también lo para siempre olvidado, sólo puede ser pronunciado, en este momento, a esta hora, a través de otro cuerpo, de otros ojos, de otra edad y, sobre todo, de otras palabras.

La infancia es la memoria de la infancia,sí. Su recuerdo (siempre en cámara lenta y en blanco y negro) y su olvido (siempre apurado y de color sepia). Y a la memoria le cabe resolver este dilema: escribir sobre un tiempo indecible, acechado por fotografías encontradas y perdidas, acariciado por rumores de patio y aromas jamás comprobados nuevamente.

Queda, eso sí, el gesto de una mano maternal que supo acompañarme hasta la entrada de la escuela, a ese Francisco de Victoria que sería mi inmenso e ínfimo lugar en el mundo hasta el fin de la escuela primaria. Ese gesto era un gesto sudoroso pero generoso a la vez. Como si ese trayecto, nuevo, diferente, desde la casa a la escuela, fuera algo más que un peregrinar obligado y penoso: ropa nueva, zapatos de primera vez, un peinado extranjero. Lo que era un indicio inequívoco de fiesta, pasó a ser una clara señal de que cierta seriedad debía ser, ante todo, la mueca a adoptar desde ese mismo momento.

Tiempo. Yo soltaba la mano que me llevaba, pero la mano todavía no me soltaba. Ese momento tuvo la potestad del infinito. Y quizá aquí esté la primera sensación del mundo a seguir: ese tiempo niño, ese tiempo infancia, no tenía para mí sentido ni de niño ni de infancia, sino de tiempo. Tiempo disponible, alargado, hondo, corpóreo, que desde ese instante, comenzaría a estar regido por otros adjetivos, quizá más lineales, más somnolientos, mucho más incomprensibles.

De pronto la mano me había soltado, porque había allí otra mano que podía guiarme: la de mi hermano mayor, que ya estudiaba en esa misma escuela, pero con otras ropas, otro talante, otro modo de andar y otra manera de hacerse tiempo. Mi hermano, ataviado de blanco, miraba desde arriba y con algo de sorna hacia mi cuerpo titubeante y aprehensivo. Ese primer recorrido tuvo dos instantes supremos de notable confusión e intraductibilidad: uno, el de percibir que esa escuela estaba llena de encrucijadas y que los espacios posibles eran intangibles y, sobre todo, incomprensibles para mí. Dos: que yo jamás había escuchado sobre la posibilidad (y la necesidad) de una segunda madre.

Nombre. Ya suelto de la primera y segunda mano, todo se me hace arena entre los dedos. Yo sé que estuve allí cantando, bailando, dibujando, corriendo; sé que el juego ya no era tan caótico ni tan abismal; y sé, también, que dejé de ser la medida de todas las cosas para pasar a ser, bajo la brisa húmeda de la conciencia, un nombre que ahora debía responder a su nombre. Ese nombre que hasta entonces estaba oculto entre caricias y retos, ahora conformaba una unidad endeble: tener que darme cuenta de mí, del cómo soy y del cómo no debería ser, de qué es un cuerpo, un barrio, una familia, unos comportamientos, unos redondeles que aún no eran ni letras ni rostros de animales. Era un nombre anterior a mí, pero que sólo en ese instante se reveló para mí: dar cuenta de mi nombre frente a otros nombres.

Con ese nombre, que es cualquier nombre, supe de desmesuras: todo lo más grande me daba miedo, pero era hacia lo único que podía mirar. El movimiento ampuloso, las estaturas de otros niños, la altura sideral de mi primera maestra de jardín: toda pelota era excesiva, todo papel lo era.

Mentiras. Y con ese nombre, que es cualquier nombre, supe también de mentiras: ¿cómo afirmarse ante lo superior, lo indescifrable, lo enigmático, lo alto, sino con las mentiras? Por eso los cuentos eran para mí la continuidad de las mentiras. Creía firmemente que quienes escribían e ilustraban esos primeros libros debían ser por fuerza grandes mentirosos. E imaginé el destino de cada mentira mía en desviaciones de las fábulas. Hasta que otra mano, una mano menos perfumada, menos maternal y por eso más callosa, castigó mi imaginación.

Pues la vida parece ser, parece estar, parece decorrer, en esa tensión entre tres manos: una, la mano que conduce, que dirige, que está alrededor de tu primera mano; dos, la mano de la compañía, esa compañía que habilita, que da paso, que abre el universo, que lo dona y te suelta al mundo; tres, la mano que dice “no”, la mano de la norma, la mano del límite, esa mano que aún hoy se regodea con nuevas imposibilidades. Pero que pierde a cada día su inútil batalla contra la amorosidad y la amistad.

(*) Texto del libro “Lo que queda de la infancia. Recuerdos del jardín”, de E. Antelo, P.Redondo y M. Zanelli (compiladores), editado por Flacso y Homo Sapiens.

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