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Martes 18 de Noviembre de 2008

Re Fa Si

Montevideo es una ciudad para andarla de la mano. Pero si llegara a faltar esa mujer que nos ilumina el corazón y se sienta con nosotros en cualquier bodegón a mirar la vida a través del oro cristalino del whisky, Montevideo será una ciudad para andar solo.

Montevideo es una ciudad para andarla de la mano.

Pero si llegara a faltar esa mujer que nos ilumina el corazón y se sienta con nosotros en cualquier bodegón a mirar la vida a través del oro cristalino del whisky, Montevideo será una ciudad para andar solo.

Habrá que encarar, entonces, la 18 y enfilar en busca de la plaza Zabala. Entrar despacio por Sarandí y perderse en alguna librería de viejo. Después, y tal vez con un tesoro entre las manos, salir a buscar el mar.

Una verdadera ciudad siempre produce historias.

El gran compositor de tangos Enrique Delfino, que se escapó de una vida cómoda en Buenos Aires para tocar en cafés de mala muerte en la capital uruguaya, siempre contaba una de su etapa montevideana.

Tenía un poco más de veinte años, eran los principios del siglo pasado y el músico venía silbando en la madrugada aires tangueros. De golpe, inesperado, improvisado, surgió uno que le gustó. Ladino, no confíó en la memoria y quiso anotarlo. Lápiz, había. Pero de papel, ni hablar.

Entonces surgió la idea luminosa. Nada menos que una pared se convirtió en el pentagrama donde quedaron anotados los primeros compases de lo que más tarde sería “Re Fa Si”. Delfino se fue a la cama confiado en que al día siguiente copiaría sin dificultades las notas grabadas sobre el muro.

Pero no tuvo en cuenta un detalle: Uruguay estaba en época de elecciones. Y las paredes, en apenas doce horas, quedaron cubiertas de afiches.

¿Dónde estaba el fruto de su inspiración noctámbula? ¿Detrás de cuál cartel? Sigiloso, tratando de que no lo viera ningún policía, empezó a romper uno tras otro. Pero fue detectado.

El agente que se le arrimó, por suerte para el tango, era comprensivo. Aunque escéptico, le dio al joven bohemio la posibilidad de seguir desgarrando afiches. Eso sí: “Si no llega a ser cierto, ni Dios te salva del calabozo”, le advirtió.
Pero era cierto. Detrás del nombre de algún olvidado político oriental, aparecieron los primeros compases de un tango inolvidable.

“¡Acá están!”, dijo Delfino y le silbó al atónito uniformado el arranque de “Re Fa Si”. Después, y según confesión propia, improvisó de inmediato el resto de la pieza, “por miedo a ir en cana”.

Una ciudad verdadera siempre produce historias.

También poetas, mujeres, músicos… y policías.

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