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Domingo 05 de Julio de 2015

¿Quiénes leen poesía hoy?

Para algunos, es una especie rara dentro del ya reducido grupo de lectores de literatura. Para otros, es protagonista de un fenómeno cultural que prolifera. Un paseo por Rosario para conocer más sobre los actuales lectores del género.

Según algunas visiones apocalípticas, la poesía ha alcanzado tal grado de especialización que sólo la leen los expertos y quienes la escriben. O supone un compromiso vital tan intenso que se ha vuelto un culto minoritario del que apenas participan quienes lo practican. Para algunas visiones más integradoras, hombres y mujeres son animales poéticos desde su más temprana edad y no dejan de hacer y encontrar poesía a cada paso: letras de canciones, avisos publicitarios, conversaciones cotidianas. Más se propuso indagar en la suerte de un género literario que gozó de mucha popularidad en otras épocas y ha sufrido, como casi todo, múltiples transformaciones con el paso del tiempo.
Se dice que el “gran público” no reconoce nombres de poetas como sí de actores o deportistas. Que los libros de poesía no se venden, como sí sucede con los de narrativa, autoayuda o política actual. Al mismo tiempo, se sabe que la visibilidad en el mercado no es garantía de la existencia de algo. En Rosario, la poesía se lee y se escribe, se escucha y se ve, se edita cada vez más y se la estudia.
Para los pesimistas o alarmistas de hoy, vale recordar el comienzo de la única entrevista que publicó la revista literaria La Cachimba (al poeta porteño Guillermo Boido): “Hay un lugar común que prácticamente se impone de entrada al charlar con un poeta: en la Argentina de 1973 no se lee poesía”. Para esa misma época, una antología de poetas rosarinos podía alcanzar una tirada cercana a los 1.000 ejemplares y la revista citada una de 500, que se agotaba antes de la aparición del siguiente número. Considerando las tiradas actuales que tienen los libros de poesía (entre 200 y 300 ejemplares), pareciera que aun en épocas de bonanza se presagian futuros apocalípticos. ¿Es que siempre estamos viendo lo que declina o muere cuando algo se transforma?

Librerías y editoriales

Si sólo se atiende a algunos datos del mercado del libro, se vislumbra un panorama sombrío. En las grandes librerías de la ciudad se venden pocos libros de poesía, a diferencia de lo que ha sucedido en épocas en que Pablo Neruda o Mario Benedetti eran best sellers.
Un local sito en la peatonal Córdoba, casi esquina Maipú, que se caracteriza por sus buenos descuentos, exhibe alrededor de 150 títulos en su vidriera, entre libros de historia, política, ciencias sociales, humor, narrativa de ficción y arte. En esa caudalosa muestra no hay un solo ejemplar de poesía, aunque cuente con material en sus mesas y anaqueles. En El Ateneo (Córdoba 1473), la poesía se ha hecho merecedora de una sección propia con cartel incluido, compartiendo la parte delantera del local con los “subgéneros narrativos” Clásicos, Bolsillo, Novelas, Novela Argentina, Novela Histórica, Latinoamericanos y Cuentos. Pero cuando el cronista interroga al encargado sobre un porcentaje estimado de ventas, este lo acompaña para mostrar su evidencia irrefutable: “porcentaje de ventas de poesía no tenemos, es ínfimo, te diría el 0,0001 por ciento, fijate que son sólo tres estantes, ni siquiera llega hasta el suelo”. En el cuarto estante se enciman los libros de “Teatro”.
En Homo Sapiens (Sarmiento 829), una librería claramente orientada a las ciencias sociales y humanas, “de treinta títulos que se venden, uno es de poesía”, advierte Walter Parnisari, alguien que lleva 25 años en el rubro. Y define al lector de poesía como “aquel que también puede leer ensayo. Es alguien formado, que busca solo, no es el que anda detrás de un libro para distraerse”.
Por otra parte, las numerosas y más pequeñas librerías de usados y saldos y las especializadas en arte y literatura dan cuenta de una mayor circulación de los libros de poesía. Las ediciones de poesía nacional aumentaron considerablemente el año pasado según la Cámara Argentina del Libro y seguramente estos lugares son algunos de los canales alternativos con que los libros encuentran a sus lectores: “Algo se debe mover porque cada vez se publica más poesía. El catálogo de Ivan Rosado, por ejemplo, es en este momento 80% poesía, con lo cual es lo que más vendemos. En nuestra librería hay mucha poesía argentina contemporánea, publicada por diversidad de sellos nacionales, entonces eso es algo que acá se busca mucho”, señala Ana Wandzik. Junto con Maxi Masuelli, atiende el Club Editorial Río Paraná, una colorida librería situada en el local 9 de la Galería Dominicis (Catamarca 1427). Desde ese mismo lugar comandan Ivan Rosado, una de las editoriales de arte y literatura más interesantes de Rosario.
Marcelo Rossia, al frente de Librería El Lugar (9 de Julio 1389), tiene una visión parecida: “En nuestra librería se venden bastante bien, teniendo en cuenta lo que nos dicen que venden otros colegas, aunque al ponerlos en relación con otros géneros podríamos decir que se venden la tercera parte de lo que se vende, para darte un ejemplo, narrativa. Siempre nos causa gracia que los lectores de poesía se quejen del lugar en que está ubicada la sección. Debido a la cantidad de libros depoesía que fueron entrando, tuvimos que cambiar de lugar la sección y en cada una de esas mudanzas (tres) recibimos la queja de que está muy alta, o muy baja o demasiado escondida. Siempre les respondemos que lo bueno merece un esfuerzo extra”.
Rosario, como otros lugares del país, asiste desde hace unos años a la eclosión de las editoriales independientes. Justamente, una buena parte de lo que ellas editan es poesía. Liliana Ruiz es responsable de una editorial que no deja de ensanchar su catálogo: ha logrado sortear el gran escollo de la distribución y sus libros se venden en numerosos puntos del país. Desde el año pasado, inició su colección de poesía: “En Baltasara Editora asumimos el desafío de publicar poesía por considerar que el género tenía futuro. El primer título, con una tirada de 300 ejemplares, salió a principios del año pasado y en abril de este año editamos la primera reedición de 300 ejemplares más. Y lo mismo esperamos de los tres títulos restantes”. Si bien su sello no ha incursionado aún en los e-books, sabe que las nuevas tecnologías tienen un fuerte influjo en la recepción del género: “Los lectores son de todo tipo y hay un incremento notorio de lectores «puros» debido a las redes sociales. Ya sea por blog, Facebook, Twitter o You Tube, la producción de poetas y de aquellos que aspiran a serlo circula libremente. No es necesario comprar un libro o concurrir a una biblioteca para leer poesía. Se puede leer a Baudelaire, Pizarnik, Neruda y tantos otros autores reconocidos como a aquellos que dan sus primeros pasos en el momento que se desee navegando por internet. Crece un fenómeno alrededor de las publicaciones virtuales. Los poetas se consagran primero en las redes y luego sus «fans» les piden la publicación del libro en papel. Pero también los festivales y reuniones de lectura de poesía son eventos que atraen no sólo a poetas sino al común de la gente. La poesía le saca ventaja a la narrativa por esa tendencia a la lectura fragmentaria del mundo actual”.
Federico Rodríguez, integrante del colectivo editorial La Pulga Renga, advierte que la lectura de poesía en Rosario no se limita a las personas exclusivamente dedicadas a la literatura: “Hay lectores puros de poesía como los hay impuros, los hay que siguen a algún o alguna poeta y hay otros que siguen una u otra corriente o forma. Cada editorial tiene un grupo que lee sus publicaciones, pero lo más importante es que esos grupos no son homogéneos, sino múltiples y variados, tanto en la edad como en la búsqueda sensible”. Y recalca la convocatoria altísima y diversa de las ferias de editoriales que se realizan a menudo en la ciudad. Las ferias y las presentaciones se han vuelto dos de los modos más efectivos con que las editoriales comercializan sus libros.

Ciclos de lectura, bibliotecas e internet

Alejandra Méndez es poeta y una incansable gestora cultural. Considera que “el público de la poesía, en relación con otros géneros, suele ser minoritario pero siempre apasionado y militante. Leen poesía hoy en Rosario aquellos que la escriben y también aquellos lectores puros que año a año van en aumento, así como van creciendo las ediciones de poesía, los ciclos, festivales y slams.” Sin embargo, no cree que los concurrentes a dichas actividades y los lectores de poesía sean la misma cosa: “A veces confluyen, a veces no. En los ciclos literarios pueden coexistir tanto los oyentes ocasionales que nunca tocarán un libro, como los oyentes lectores más sofisticados, así como también los recién iniciados en la poesía que desean aprender o quieren conocer a los autores.”
Las lecturas públicas ponen de manifiesto otro modo de leer, esto es, de darles sentido a los textos. Suponen una escucha atenta de las interpretaciones que se les dan en vivo. Para Bernardo Conde de Narváez Elía, responsable de Arte por la Paz, un clásico de los ciclos de lectura rosarinos, “así como leen poesía los que la escriben, hay mucha gente que no escribe pero sí lee mucha poesía, porque les gusta y les hace bien. También hay gente que escribe y no le gusta publicar o leer en público”. Y destaca “la gran cantidad de gente de Rosario, de los pueblos cercanos, de Córdoba o de Buenos Aires, que quiere y necesita leer, mostrar lo que escribe, compartir su palabra y sentimientos con la gente, y me pide que la invite a leer. Eso sí es buenísimo”.
Jaquelina Milan es una bibliotecaria consciente de su rol de mediadora. Señala que los adultos que concurren a la Biblioteca Cachilo (Virasoro 5606) prefieren los cuentos o novelas, aunque algunos buscan poesías de amor o coplas tradicionales: “Los autores más leídos son Neruda y Benedetti. Prefieren poesías abiertas, no demasiado crípticas, ya que a veces el lenguaje en vez de puente parece acantilado.

Es un desafío leer poesía, al que algunos se animan cuando está cerca”. Sin embargo la cosa cambia con los niños, más abiertos, para quienes “las poesías musicales, rimadas, son las preferidas. Es necesario que se encuentre ese ritmo, a veces quienes somos mediadores podemos ayudar, y la poesía se hace sonido cercano, nido que arrulla, puente de risas como puede ser una adivinanza, una copla o un piropo”. Desde su lugar de trabajo, Jaquelina percibe múltiples motivos para acercarse a la poesía: “Cada uno se acerca a la poesía por algo propio, muchas veces son las poesías de amor las que se buscan como expresión de un sentimiento que comienza a nacer, sobre todo en los adolescentes, aunque las jovencitas románticas que copiaban poemas de amor aún no están del todo extinguidas. Una niña que siempre se lleva libros de poesía, cuenta que los lee con su mamá, que «roba frases», las anota en un cuaderno y hace poesías”.
Para Virginia Macario, Marianela Goicoechea e Iván Cótica, de la Biblioteca Popular C. C. Vigil, lo que más solicitan los usuarios dentro de la literatura es la narrativa, especialmente la novela. Sin embargo, aclaran, esto no implica que no haya préstamos de obras poéticas: “Los escritores más solicitados son Juan Gelman y Alejandra Pizarnik. Algunos lectores vienen en busca de los poetas que publicó la Editorial Biblioteca (sello editorial de la Biblioteca Vigil que existió desde 1965 hasta la intervención militar de 1977), como Juan L. Ortiz, Paco Urondo, José Pedroni, Gary Vila Ortiz y Rafael Ielpi, entre otros. En la biblioteca contamos con talleres literarios para todas las edades, por lo que muchos de nuestros socios practican la escritura literaria, pero no son ellos los únicos que leen poesía.”
Pero si algo faltaba para hacer estallar los paradigmas de la lectura, la poesía copó la web desde sus mismos inicios en el país, con algunos sitios y revistas ya emblemáticos. Cristian Molina, poeta, investigador y profesor universitario, señala “que hay que partir de la base de que la poesía en Rosario y en el mundo contemporáneo no circula sólo en formato libro, sino que lo hace en una multiplicidad de soportes, desde el espacio virtual, en los diarios, así como en ciclos y festivales, o en espectáculos performáticos. Allí no son solo poetas los lectores/escuchas”.
Rosario no se ha quedado atrás en la generación de lugares digitales que divulgan el género. Para Bernardo “Perry” Mason, responsable de La Canción del País, un proyecto de comunicación que reúne un programa de radio (en Radio Universidad), un sitio web (www.lacanciondelpais.com.ar) y una serie de podcast on demand, en donde el usuario elige qué escuchar y cuándo, los poetas tienen una escucha que va de 20 a 120 reproducciones semanales según el caso, superando en general a las de los narradores. Y advierte que no sabe a qué responde eso, porque a todos los autores se les da la misma difusión. Conjetura que tal vez dependa del reconocimiento público del que ya gozan o de la misma difusión que ellos hacen a través las redes sociales.
Según Adolfo Corts, Salón de Lectura, una sección del banco sonoro Sonidos de Rosario (www.sonidosderosario.com) que reúne las voces de más de 70 poetas de Rosario y el país, alcanza un promedio mensual de quinientas reproducciones de audios de poesía. Y en el mejor mes del año puede alcanzar la cifra de 800 escuchas.

Talleres

En un intento común por romper los binarismos del pensamiento, Sonia Scarabelli, poeta y coordinadora de un taller de escritura para adultos en la AMR (Asociación Médica de Rosario), dice al respecto: “No creo que a la poesía la lean sólo los poetas o los escritores, como no creo que a las muestras de pintura vayan sólo los pintores o los artistas plásticos, o al teatro sólo vayan actores y dramaturgos. En realidad, me parece imposible que cualquier expresión artística quede limitada únicamente a la recepción de los «entendidos» —se trate de la poesía, la música, el ballet o cualquier otro arte—, aunque generalmente sea esta recepción la que, por razones obvias, resulte más visibilizada. Tengo la creencia, por así decir, de que si la poesía sólo fuera un asunto de los poetas —y los poetas fueran únicamente escritores de poemas— ya habría desaparecido. Y en la medida en que, en mi experiencia, sigue siendo un género muy vital y atrayente, no dudo de que tiene toda clase de público”.
La escritora Beatriz Actis reside en Rosario pero suele pasar mucho tiempo fuera de la ciudad para trabajar como especialista en mediación de lectura. Cree que la poesía “fluye también en la prosa de la calle: escrita en las paredes, canturreada por alguien que pasa, escuchada por algún otro en conversaciones fragmentarias”. Y narra algunas anécdotas para probarlo: “Recientemente, un taxista que me llevaba a la terminal de ómnibus, ante cierto panorama urbano que debe haberle resultado desolador, se puso a recitar unos versos de Setenta balcones y ninguna flor, los decía para él mismo, o tal vez los compartía con la pasajera ocasional. Tiempo atrás, en una esquina de mi barrio (mi barrio es el centro), luchaba contra el viento del río que doblegaba mi paraguas; un señor mayor que pasaba a mi lado recitó: «Piú avanti. No te des por vencido ni aún vencido». Esta vez era yo claramente la destinataria: me dio claro aliento con palabras, y siguió sus pasos”.
El poeta Leandro Llull coordina el taller literario que funciona en la Vigil. Tampoco cree que la poesía se encuentre sólo “en los libros o en las publicaciones. Es una presencia de la cual ni el lenguaje ni la lengua pueden abstenerse. A veces no se encuentra en aquellos lugares donde la esperamos: un texto al que establecemos como poema, una película o un cuadro al que definimos como «poético». Pienso en la cantidad de banderas que se cuelgan en las canchas de fútbol con transcripciones de letras. Una vez vi por la tele a un hincha entrar a la popular y gritarle a una cámara «Violencia es mentir, loco». Ese verso de Patricio Rey está incorporado a nuestro cotidiano y muchos quizá vayan a la tumba sin haber reparado en que «Nuestro amo juega al esclavo» es un poema. Pero eso no importa, lo vital radica en el encuentro del hombre con ese fenómeno que llamamos poesía, lo que con él se habilita y se abre. De ahí que cualquiera pueda ser lector sin siquiera enterarse. Los lectores de poesía siempre son puros, en su inocencia reside su pureza. La poesía es una llama, y basta con mirar arder el fuego para darse cuenta de que no hay llamas impuras”.
Desde hace tres años, funciona el Taller de Poesía Visual, Sonora y Experimental, perteneciente al Programa Universidad Abierta para Adultos Mayores, de la Universidad Nacional de Rosario. Mientras retoca la maqueta del libro que divulgará las producciones del taller, su coordinador Hugo Masoero hace un impasse y sintetiza los logros obtenidos: “Los participantes se han introducido al campo específico de este tipo de poesía, que es experimental desde lo sonoro y lo visual. Y a raíz de estas experiencias puedo decir que no solamente aquellas personas relacionadas con el mundo de la escritura, o de las letras, lee o se anima a escribir poesía. También en las redes sociales, más precisamente Facebook, encuentro permanentemente compañeros y amigos, de diferentes lugares, que leen y además comparten poesías”.

Anécdotas de un festival

“Durante La Juntada, el festival que organizamos hace no muchos meses, hubo dos ocasiones que demostraron lo que todavía puede la poesía en el presente. En una intervención en las librerías de Rosario, luego de que los invitados al festival leyeran poemas en la noche de las librerías, entre aplausos y risas, la gente comenzó a buscar y a comprar libros de poesía como regalo en lo que era La noche de las librerías. No lo podíamos creer, porque era automático. Yo miraba cómo comenzaban a agarrar clásicos de la poesía mundial —no sólo argentina o latinoamericana— y empezaban a leer y a comprar esos libros y nos parecía increíble —y nos daba un poco de horror— esa especie de publicidad sin querer en la que habíamos incurrido. En otro momento Hilda, una mujer muy grande que había sido docente, se presentó a oír poesía y nos acompañó los tres días, con la particularidad de que el primer día se quedó desde la previa hasta el final y, luego, al segundo día, pidió que la ayudáramos a subir, con dificultad, las escaleras de un edificio para poder asistir a las nuevas mesas. Nos recalcaba que para ella era una oportunidad de escuchar, leer y acceder a la poesía y que no nos acompañaba en las trasnoches porque estaba cansada. Por ende, los lectores de poesía están todo el tiempo esperando la oportunidad de encontrarse con la poesía”.

Cristian Molina
Investigador y docente universitario

Las lecturas públicas y sus efectos

“Un amigo librero me comenta que cada tanto aparece alguna persona preguntando por el sector de poesía de Rosario, que escuchó a tal o cual poeta en determinado ciclo, le gustó y desea llevar algún libro. He visto algunas señoras que van a escuchar poesía, creyendo que se van a encontrar con los versitos de los chocolates «dos corazones» y cuando escuchan algo diferente, potente, subido de tono, ¡se espantan! En un espacio de poesía oral, un conocido poeta que por ahí pasaba, al escuchar lo recitado y los aplausos, preguntó inquisitivo a un oyente si sabía de qué estilo de poesía se trataba y por qué la efusiva ovación. A lo que éste le respondió que no tenía idea, que en su caso aplaudía al efecto más que al texto en sí”.
Alejandra Méndez
Poeta y gestora cultural

Un lector atípico

“Diría que todo lector de poesía es un lector atípico, sin importar si escribe los poemas además de leerlos. Tengo la impresión —o la creencia— de que son lectores más dispuestos a lidiar con lo no comunicable, más —quizás inconscientemente— dispuestos a dejarse llevar por lo que Flannery O’Connor llama el «sentido experimentado». Tengo la suerte de conocer a muchos lectores atípicos, que todo el tiempo me sorprenden y me emocionan con su forma de leer poesía; algunos, además, escriben. Nombrarlos a todos sería imposible, es un número que no cesa de crecer”.

Sonia Scarabelli
Poeta. Coordinadora de talleres

Cantame el último tanguito

“La poesía de tango que tejió un vínculo mientras mi madre me acunaba cuando yo era chica, también nos conectó en sus últimos días, cuando su Alzheimer la llevaba a un territorio extraño, de mutuo desconocimiento. Mi hermana le había regalado una colección de breviarios de letras de tango, y muchas veces leíamos o cantábamos juntas algunas piezas (o más bien, creo, las recordábamos). Una noche en que estaba particularmente inquieta y nerviosa, después de que ella recitara «Tango que me hiciste mal/ y que, sin embargo, te quiero/ porque sos el  mensajero/ del alma del arrabal», completo, tal como lo hacía Azucena Maizani, mi madre me pidió: «Ahora cantame vos El último tanguito. Yo busqué y rebusqué entre aquellos breviarios un poema que se llamara así, El último tanguito, pero no lo encontré. Entonces le dije: «No encuentro ese tango» y ella: «Dale, cantame el último tanguito, y no te pido más». Y le canté Naranjo en flor, y ella se serenó. Esa fue su última noche, y tengo para mí que mi madre había encontrado cómo despedirse de mí, en medio de la poesía que en distintos momentos, nos acunó a  ambas…”.
Analía Calafato
Docente de nivel terciario

Chumba la cachumba

“En un club donde la Biblioteca Popular Cachilo llevaba libros y hacía funcionar un taller, no había estufas. Para desafiar el frío de agosto, los niños y talleristas comenzaron a mover todo su cuerpo al ritmo de «Chumba la cachumba», una poesía-canción tradicional que ilustró Carlos Cotte, de editorial Ekaré. Ese día encontramos que la poesía puede ser una gran fuente de calor”.
Jaquelina Milan
Bibliotecaria. Mediadora de lectura

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