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Domingo 17 de Octubre de 2010

Querido Curly

Eran la cita infaltable del mediodía. Antes o después de la escuela, nos sentábamos a almorzar con el televisor en blanco y negro sintonizado en El Show de los Tres Chiflados. Una vez que pasaban los dibujitos, mientras deglutíamos los fideos con manteca o el escalope con puré, se producía el milagro.

Eran la cita infaltable del mediodía. Antes o después de la escuela, nos sentábamos a almorzar con el televisor en blanco y negro sintonizado en El Show de los Tres Chiflados. Una vez que pasaban los dibujitos, mientras deglutíamos los fideos con manteca o el escalope con puré, se producía el milagro. En la pantalla, con el fondo de una melodía inconfundible, surgían los risueños rostros de Curly, Larry y Moe. Lo que venía después podía ser el mejor momento del día.

Cómo nos hemos reído. Y cómo nos seguimos riendo. Yo aún sigo imitando el célebre gruñido agudo del querido gordo. Curly era nuestro ídolo. Sólo más tarde entendimos que Larry era genial en su neutralidad inocente y que Moe no era malvado, después de todo. En aquellos años, los de la infancia celeste, el hombre que se llevaba el aplauso era el que inflaba con gas las tortas de crema, untaba con pegamento las tostadas o terminaba enredado en una selva de caños sin poder hallar la salida. Todo para recibir al final, como premio, una certera bofetada.

Curly Howard tuvo una vida triste. Loco por los perros y bueno como el dulce de leche, el radical corte de cabello que lo convirtió en un personaje exitoso en la pantalla cinematográfica lo deprimía profundamente en la vida real: creía que le había quitado atractivo ante las mujeres. Y para superar la inseguridad, bebía. Murió joven. Para que el trío no desapareciera, el ideólogo Moe decidió reemplazarlo primero por su hermano Shemp (gran sustituto) y después por el deplorable Joe Besser, tortura de quienes seguíamos los episodios con fidelidad inquebrantable. Porque aunque nos reíamos con Shemp (pipipipipipí), todos esperábamos a Curly. Al querido Curly.

Los años han pasado con la velocidad implacable que los caracteriza. Ya no almorzamos en la larga mesa de la casa familiar y hace décadas que no comemos escalopes. Nos hemos olvidado por completo de cómo cabecear una pelota de goma y ya no tenemos tiempo para pasar tardes enteras de verano leyendo los libros de la colección Robin Hood. Pero una cosa no la hemos cambiado: cuando en la noche silenciosa hacemos zapping para escapar de la soledad, solemos detenernos ante la misma imagen: la de tres perdedores absolutos, tres desclasados sin remedio, tres payasos que siempre terminan perseguidos por la policía. Son ellos, claro: Curly, Larry, Moe. Entonces nos podemos reír de nuevo como nos reímos hace tanto. Esa risa no ha cambiado: sigue siendo igual a la felicidad.
 

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