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Domingo 24 de Julio de 2016

Quemar un puente

Andá hasta la casa de ella. Entrá con la llave que te dio. La vas a encontrar en el living, comiendo sola, en medio del vacío y el silencio como si fuera la representación universal de la melancolía o el desconsuelo.

Andá hasta la casa de ella. Entrá con la llave que te dio. La vas a encontrar en el living, comiendo sola, en medio del vacío y el silencio como si fuera la representación universal de la melancolía o el desconsuelo. Volvé a la cocina, servite una copa de vino de la botella abierta, sentate vos también. Esperá. No va a hacer falta que digas nada. Todo lo que tenían para decirse ya se lo dijeron infinidad de veces. Mucho más también. Y sin embargo otra vez. Dejala que empiece a hablar. Escuchá  — una vez más —  sobre todo aquello que no funciona en la relación y sobre la imposibilidad de proyectarse juntos: comprendé que te falta la estabilidad indispensable y la perspectiva de progreso que se requiere a cierta edad y que eso es un fantasma que los acecha a los dos. Sentí una rabia fría. Argumentá aunque sepas que es inútil. Debatí sin convicción: con más cansancio que bronca, con más tristeza que dolor. Escuchá algunas cosas que te jodan. Decile otras que jodan vos también. Decile que nunca, nadie, será suficiente: hoy le falta lo que alguna vez supo tener, ayer le faltó lo que hoy no le basta, mañana quién sabe qué. Ella te va a decir, llorando, que tiene miedo de que sea así. Que a veces piensa que es así.

Decile que estás cansado de los vaivenes. De la fragilidad permanente en la relación. Que ella te diga que el enamoramiento se agotó: que las sensaciones de otras épocas ya no están cuando te ve aparecer, o se encuentran a comer, o salen a algún lado. Sentite un imbécil. Pensá en los últimos tiempos, de evidente malestar, cuando tu presencia parecía incomodarla como una urticaria feroz y preguntate por las cosas que no te está diciendo: el hartazgo que provocan algunas de tus actitudes, el desprecio frío que a veces no puede disimular, las ganas de huir muy lejos que la asaltan de a ratos. Vas a querer sangrar hasta ser río y desaparecer por la rejilla del patio. Vas a sentir que este dolor que se inaugura nunca se va a terminar. Dejala decir: "Quiero estar sola". Decile: "Me parece bien".

Juntá tus pocas cosas que hay por acá: el televisor chico que a veces usaban para mirar una película, la notebook, la ropa que ocupaba un estante en el placard, la decena de libros que se fueron apilando en la mesa de luz. Salí al patio a fumar. Sentí cuando el pecho se te contrae como si una cosa densa, húmeda y oscura te succionara desde adentro, sentí el peso de la noche cuando se te viene encima como si el cielo fuera algo sólido que de golpe tuvieras que sostener. Aguantá. Aguantá. Respirá hondo antes de entrar.

Encontrala llorando sin consuelo. Aceptá que no se trata de víctimas ni victimarios. Abrazala. Decile que va a estar bien. Ofrecele un té o un café. Cuando ella no quiera nada sentate con ella en un sillón y dejala llorar en tu hombro. Guardá silencio un rato. Preguntale si quiere que te quedes esa noche.

Desvestite en silencio. Doblá la ropa que acabas de sacarte y acomodala en el lugar de siempre como un ritual. Ponete a pensar, de golpe, que en toda relación se cifra un desencuentro primordial e irreparable: el hecho mismo de ser dos. Y entre dos hay siempre un abismo. Ese desencuentro básico no desaparece jamás. El encuentro, o los pequeños encuentros que componen cualquier amor, tienen lugar en el precario equilibrio que se aprende a sostener en la cuerda que se tiende entre dos. A veces, con suerte, se va tejiendo un puente. Y a veces no se puede hacer otra cosa que tambalearse, estar siempre a punto de caer. Por eso cuesta — y vale — tanto el amor: porque las cuerdas que unen a unos con otros se pueden encontrar. Pero los puentes siempre, siempre, se construyen o desmoronan a lo largo de una relación.

Entonces no pienses más. Atraéla hacia vos. Hagan el amor por última vez. Dejá que llegue la mañana.

Levantate temprano, cuando ella todavía duerma o simule dormir. Así es más fácil para los dos. Salí con tus cosas a la puerta, subilas al auto. Preguntate si la volverás a ver. Entrá por última vez, dejá las llaves sobre la mesa. Tenés que quemar el puente. Tenés que quemar el puente. Subí al auto, ponelo en marcha, mirate en el espejo retrovisor sin reconocerte. Sentí deseos de abandonarte y morir y date cuenta de que esa sensación te va a perseguir por un buen tiempo. Pero no te rindas. Entendé que el dolor es ese desierto oscuro que se abre ahí adelante y que vas a tener que atravesarlo para encontrar la luz. No avances: saltá en él. Hundite en él. Abrazalo.

Bienvenido. Es por acá.


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