Selección argentina
Jueves 17 de Noviembre de 2016

Qué sería del fútbol sin vos

El negocio fue diseñado para que los jugadores sean los protagonistas y el público el que garantice las ganancias. ¿Cuál sería el futuro si se dejara de consumir?

El negocio fue diseñado para que los jugadores sean los protagonistas y el público el que garantice las ganancias. ¿Cuál sería el futuro si se dejara de consumir?

Mucho se ha discutido sobre quién es el protagonista del fútbol. Una fuerte corriente de opinión masificó la convicción de que son los jugadores y así se edificó esta matriz que hoy es realidad. En función de esto los diferentes intereses fueron ensamblándose para configurar un negocio donde conviven y del cual viven. Sectores que a veces aparecen en convergencia y otras tantas en confrontación. Claro, los dividendos hacen a las buenas relaciones, pero también a las malas.

Bajo el techo de esta realidad que ubicó a los jugadores como protagonistas, los clubes fueron relegados, tanto que hoy aparecen como una mera herramienta sólo indispensable en el comienzo de la formación futbolística, pero después la identidad muta a otros según el mejor postor y la pertenencia social queda como sedimento de un aspecto cultural, del cual se prescinde en el nombre del futuro individual.

Claro, como en toda actividad mercantilista, los jugadores alternan hoy el poder con aquellos empresarios que encontraron en este deporte una unidad de negocio con grandes dividendos y relevancia económica. En sus comienzos con muchos nichos impúdicos de informalidad financiera para licuar ganancias de otros ámbitos y que aún mantienen una vigencia más maquillada pese a los controles fiscales. Controles implacables para requerir el impuesto a las ganancias de los salarios de los trabajadores como flexibles cuando se trata de los dividendos del fútbol.

Pero cuando la realidad muestra la obscenidad de un negocio en el que los espectadores son sólo considerados para recaudar, como si se tratara de un número abstracto, y que sumados formatean una cifra llamada renta, es oportuno utilizar un recurso parido desde la utopía e imaginar qué pasaría con el negocio del fútbol si el socio del club, el hincha, el simpatizante o el televidente dejara de ser consumidor.

La imaginación puede generar situaciones más emparentadas a la ficción que a una hipótesis factible, pero es saludable hacer el ejercicio de interrogarse qué pasaría para así dimensionar el poder que aglutina una mayoría demandante por sobre las minorías oferentes.

¿Qué ocurriría con el fútbol sin público en los estadios? ¿Qué sucedería con el fútbol sin televidentes que paguen para verlo? ¿Que pasaría con el fútbol y los sponsors sin consumidores? ¿Qué haría el fútbol con clubes sin socios ni hinchas? ¿Cuál sería el destino del fútbol sin sentimientos ni pasiones?

Indefectiblemente, las respuestas a todas estas preguntas derivarían en una coincidencia plena: el fútbol no sería negocio. Por ende los empresarios buscarían nuevos horizontes. Los derechos televisivos no tendrían oferentes. Muchos de los directivos de los clubes dejarían sus cargos. Los representantes no tendrían representados. Las industrias de indumentaria perderían exigencia al cobrar las camisetas. Y así los distintos sectores que se nutren del fútbol. Y hasta ese periodista desorbitado recuperaría la calma porque no tendría la preocupación en viáticos ni ganancias por ir o no a un Mundial. Al tiempo que muchos colegas dejarían esa falaz carrera por una notoriedad a través de la polémica y del rumor y tal vez recuperarían la esencia de trabajar por la información.

Sería un gran problema el fútbol sin la gente. No sólo económico, también político. Sabido es que los gobiernos necesitan de este deporte para entretener y distraer. Cuando hay problemas con el pan, no puede faltar el circo.

¿Y qué pasaría con los futbolistas? Porque según la realidad imperante y sus constructores son ellos los protagonistas. Si así fuese, para ellos nada debería cambiar. Podrían jugar en estadios vacíos, sin que nadie los observe por televisión, sin empresarios que inviertan y hasta con clubes sin socios. Porque ellos son la esencia, según sostienen. Es más, ni siquiera deberían padecer el acoso por autógrafos o fotos. No necesitarían correr las cortinas de los micros para evitar contacto visual con los hinchas. Y se liberarían de hablar con la prensa porque sus dichos no importarían. Serían ya menos relevantes de lo que son hoy.

Pero no. Ellos también colapsarían como el resto de los sectores que viven del fútbol. El protagonismo dejaría de ser tal y sus ganancias serían exiguas, como su fama, y por ende deberían buscar otro trabajo, menos rentable y mucho menos privilegiado.

Todo porque el fútbol, aunque sea en este ejercicio parido desde la quimera y que lejos está de ser una teoría populista, encontró al verdadero protagonista. Al que consume. Porque sin consumo no hay producto. Ni negocio. Ni rentabilidad. Entonces, aunque es difícil que los que se sienten dueños del fútbol hagan esta prueba de imaginar a este deporte sin gente, sería saludable que lo intenten, quizás se darían cuenta de que su entidad es gracias a la gente. La que aún soporta la indiferencia y el maltrato de un negocio que sólo la incluye a la hora de cobrar. Y también la gente comprobará que el protagonismo le pertenece. Por más que le quieran hacer creer lo contrario.

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