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Sábado 01 de Marzo de 2014

Qué necesita saber un buen docente

Los estudiantes dicen que buen educador es el que "explica bien", "sabe mucho y sabe enseñar" y el que "llega a horario"

El inicio de clases suele ser un buen momento para que tanto los docentes como la sociedad toda renueven esta pregunta que ha sido motivo, históricamente, de preocupaciones pedagógicas, políticas y sociales. Si bien se trata de un interrogante sencillo, por cuanto estamos haciendo referencia al sentido mismo de la tarea de enseñar, reviste una profundidad que justifica su renovado abordaje. Al respecto, me referiré en primer lugar a opiniones de jóvenes y adolescente acerca de sus buenos docentes, pues desde su conocimiento experiencial suelen hacer observaciones muy acertadas.

Cuando les preguntamos acerca de sus buenos docentes es habitual que mencionen las siguientes características: "El que explica bien", "Me hizo gustar la disciplina, me la hizo comprender", "se nota que ama su disciplina y la enseñanza", "sabe mucho y sabe enseñar", "le podemos decir que no entendemos sin que se enoje o nos maltrate, porque no lo toma como una ofensa personal", "nos hace pensar", "nos exige pero él o ella también ponen todo de sí", "nos trata bien, pone límites sin ser autoritario", "llega a horario", "devuelve los trabajos y exámenes a tiempo y nos explica en qué nos equivocamos", "nos hace ver para qué nos sirve lo que enseña", "nos respeta porque cree en nosotros, en lo que podemos llegar a ser".

Pedagogía. Los estudiantes, sin conocimientos pedagógicos específicos, saben expresar lo que es un buen docente. La pedagogía los avala. En las últimas décadas, la preocupación teórica acerca de la buena enseñanza se ha incrementado notablemente, dando lugar a numerosas investigaciones y ensayos. Entre otros aportes, podemos rescatar la distinción entre lo que se consideran diversas dimensiones de la buena enseñanza, las que, de una u otra manera, están expresadas en lo que manifiestan los estudiantes.

Diversos autores mencionan una dimensión espistemológica de la buena enseñanza, la que se relacionaría con estar actualizado en cuanto al contenido a enseñar, saber seleccionar temas relevantes para los estudiantes y para la sociedad, poder organizarlos de tal manera que resulten interesantes. La dimensión técnica hace referencia a la capacidad para que los contenidos, además de interesantes resulten comprensibles sin que pierdan rigurosidad. La dimensión ética se relaciona con el compromiso que asume el docente para enseñar lo que considera éticamente correcto, también con el respeto hacia el estudiante como sujeto de derechos, entre los cuales le asiste el derecho a la ayuda pedagógica.

Didáctica. Por ello, resulta ya indiscutible que para formar a los docentes es necesario abarcar diversos conocimientos: el del contenido a enseñar, el pedagógico, el conocimiento del contexto, lo que implica formación política, filosófica, en relación a los nuevos escenarios en los que debe desarrollar su práctica, a los nuevos sujetos, a las instituciones, a la cultura general, entre otros. Con esos conocimientos básicos el docente va construyendo uno muy complejo, a la vez teórico y experiencial, que los autores denominan conocimiento didáctico del contenido, el que supone, como señalamos más arriba, bastante más cosas que sólo el contenido a enseñar.

Lo dicho anteriormente nos permite señalar que no hay nada más falso que aquella conocida frase que contribuyó al desprestigio de la docencia: "El que sabe, sabe y el que no, enseña". No pretendemos menospreciar la importancia comprensiva del contenido a enseñar. Recordemos que el mandato fundacional de las instituciones educativas, y por lo tanto de la profesión docente, es nada menos que enseñar lo que no se puede aprender en otro lugar. Y como todo mandato fundacional, es lo que le da sentido a la institución y a la profesión. Es su tarea sustantiva, la que aunque lleve a cabo otras secundarias, no puede dejar de cumplir, a riesgo de perder su razón de ser.

Profesional. Si bien compartimos el principio de que el docente es un trabajador, por cuanto su práctica conserva aspectos similares a otras —por ejemplo el derecho a buenas condiciones de trabajo, salario digno, normativa justa—, desarrolla un tipo de trabajo específico, el que algunos autores denominan intelectual porque su objeto es el conocimiento. Sin que esto signifique un juicio de valor acerca de los diferentes trabajos, el docente no es un operario, es un profesional porque además de conocer los aspectos técnicos de su práctica, debe contar con una formación teórica específica que le permita tomar decisiones contextuadas, no recetarias. Debe poder hacerse cargo de resolver los problemas de aprendizaje y de enseñanza que su práctica le plantea, sin desconocer los condicionantes contextuales que muchas veces dificultan la toma de decisiones. Dicho en otras palabras, debe estar atento a la importancia del contenido a enseñar, pero también permanentemente preocupado por cómo hacer para que estos chicos en estas condiciones, aprendan lo más y mejor posible.

Pero además de las dimensiones señaladas, las teorías no desconocen los aspectos socioafectivos de la práctica docente, lo cual no implica sólo querer a nuestros alumnos, sino respetarlos y generar las mejores condiciones posibles para que el aprendizaje se produzca en un buen clima de trabajo. Por ello, algunos autores señalan también, entre los aspectos formativos, el conocimiento de sí mismo, el profundo deseo de querer impactar en la formación de los otros y el convencimiento que eso es posible y necesario.

Podemos citar a Daniel Pennac, quien en el libro "Mal de escuela" hace referencia al sufrimiento que le provocó las dificultades de aprendizaje durante su propia escolaridad y la marca que dejaron en él los profesores que no sólo le permitieron salir del lugar de "no aprendizaje", de "zoquete", dicho en sus propios términos, sino que determinaron su gusto por la enseñanza, su futuro como docente y escritor. ¿Qué condiciones destaca Pennac de esos docentes?, coincidentes con las que manifiestan los estudiantes y las teorías. Eran docentes que se caracterizaban por creer en que todos pueden dar lo mejor de sí, por hacerles saber lo que sí saben, por trabajar con todos y estimular la ayuda mutua, por demostrar pasión comunicativa de las materias que enseñaban, amor por la disciplina y placer por la enseñanza. Aquellos docentes que entraban al aula y su sola presencia daba cuenta de que estaban dispuestos a "habitar el aula" y permitir que su disciplina los habite a ellos mismos.

Buenos maestros. En mi propia biografía escolar, tanto desde el lugar de estudiante como de docente o directivo, he tenido también la suerte de aprender de muchos buenos maestros, directivos o colegas. No voy a mencionarlos porque el espacio no lo permite y porque tendría olvidos imperdonables. Pero guardo un vívido recuerdo de las condiciones que reunían y que hicieron de ellos maestros que dejan huellas. Entre otras cosas, el compromiso individual que asumían con sus estudiantes, superando prejuicios y profecías autocumplidas tales como "a esos chicos no les da la cabeza" o "a los adolescentes no les interesa nada". También compromiso social porque luchaban para que la educación sea un instrumento de cambios. Manifestaban coraje para asumirse como militantes del cambio, paciencia, respeto por los otros y por sus propios principios, generosidad para compartir sus conocimientos, sabiduría acerca de cuestiones de la vida, compromiso con su propia formación teórica y preocupación por enseñar lo mejor posible. En definitiva, practicaban una pedagogía de la esperanza.

Estoy convencida que hablar de estas cosas es también una manera de defender a la escuela y al docente.

La opinión es una síntesis realizada por la autora sobre la charla "¿Qué tiene que saber un buen docente?", que ofreció en septiembre de 2013, en el marco de una actividad solidaria organizada por la Red Cossettini.

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