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Domingo 03 de Agosto de 2014

¿Primero la patria?

La negociación que se abrió tras el fallo del juez Griesa puso de manifiesto la mezquindad y precariedad de muchos de los dirigentes que ocupan los lugares de poder y también de aquellos que aspiran a sucederlos.

Los sucesos acontecidos alrededor del fallo del juez Thomas Griesa y la carrera contrarreloj para evitar llegar al 30 de julio sin pagarle a los bonistas tienen una lectura desde el prisma de la política argentina que muestra la mezquindad y precariedad de los dirigentes que detentan el poder o aspiran a ejercerlo. Ministros del mismo gabinete que boicoteaban los proyectos de sus pares, banqueros que negociaban impunidad a cambio de hacer aparecer millones de dólares, dirigentes con intención de pasar a una supuesta historia futura aunque se hipotecara el presente de casi todos, opositores que auguraban una mala noticia para la Argentina para colectar más votos. En fin, un rosario del “chiquitaje” institucional que nos explica el porqué de lo que nos pasa.

Ya se ha dicho desde estas crónicas que el sistema de bonistas buitres es lo más inescrupuloso y perverso de este sistema financiero. Todos los adjetivos se han usado para calificar la terquedad de un anciano juez que, por ignorancia, incapacidad o simple afecto a estas perversidades, llevó al país a una imposibilidad de cumplir un disparate. También es cierto que cualquier alumno de primer año de derecho (ni hablar de una “abogada exitosa”) sabe que nadie puede alegar su propia torpeza y que dejar el mero paso del tiempo sembrado solamente de pirotecnias verbales con convicciones épicas no surten efecto en un juicio voluntariamente aceptado. Todo esto es cierto. Pero que tales verdades se coronen con egoísmos pequeños de los que tienen responsabilidades institucionales sobre 40 millones de argentinos, no deja de impactar.

El ministro de Economía de la nación se enteró por los diarios que su jefe de Gabinete y el presidente del Banco Central armaban el mismo día que vencía el plazo de pago de la deuda una ingeniería con bancos privados argentinos para ofrecer una especie de garantía que propiciase la medida cautelar tan ansiada por el gobierno. Pudo más la interna que sostener la solución menos mala. Entonces Axel Kicillof disparó desde Nueva York una andanada de críticas hacia el juez Griesa, el mediador Dan Pollack y los bancos nucleados en Adeba considerándolos la carroña del sistema. Los ministros argentinos quedaron estupefactos y el titular del BCRA amenazó con irse. Típico fuego amigo. El experto técnico de la cabeza de esta entidad, antes considerado el “banquero del poder” y hoy el “traidor del modelo”, se subió al avión de regreso a Buenos Aires ni bien supo de los dichos de Kicillof. De paso: ¿mintió el titular de Hacienda cuando denunció una “avivada” de los bancos al ofrecer dinero de los ahorristas para arriesgarlo como garantía en el conflicto con los hold outs? Claro que no. Eso suena más a ilegalidad timbera, para ser precisos. Pero en vista de la inexistencia de otra propuesta, ¿era necesario dinamitarla públicamente para que todos confirmaran que en nuestro país no vale ni la ley ni los contratos ni siquiera la buena fe entre las personas?

La dirigencia opositora vernácula no pudo evitar los lugares comunes. Repitió, en su enorme mayoría, una letanía de charla de café convirtiéndose en periodista de titular y bajada sencilla en cambio de escribir algún artículo de fondo que tratase de superar la coyuntura. Una de las excepciones fue Roberto Lavagna que intentó acercar alguna idea y su experiencia por lo que inmediatamente fue cruzado desde el atril presidencial acusándolo de lobista de los fondos buitre. ¿El mismo exministro del “canje exitoso” hace diez minutos era hoy un cipayo vende patria? El mismo. Un economista argentino que reside en el exterior, firmante de un interesante documento con un centenar de colegas rechazando el fallo Griesa por insustentable, se sorprendía conversando con este cronista por la mezquindad de dirigentes de una corriente política con chances de entrar al balotaje del año próximo porque en público casi deseaba el default para garantizarse más votos. Este especialista pidió reserva de su nombre y del agorero, cosa que será respetado. Pero un poquito de imaginación y frecuencia en la consulta de diarios ayudará al lector a develar sus nombres.

Por fin, ni la pericia técnica de un ministro ni la razón que en varios aspectos asiste al gobierno en este tema son más fuertes que la soberbia y de la diatriba permanente del discurso de sus representantes. Aburren los monólogos que no permiten disensos o los adjetivos como “pavada atómica” que no pretenden calificar lo que se considera un error sino despreciar a cualquiera que ose pensar distinto. Es farsesco que se impute al otro el deseo de querer ser San Martín cuando a cada paso, por cada tema, se usa el tono de prócer invocado siempre en primera persona del singular. El más claro ejemplo fue el modo de anunciar el aumento a los jubilados. Ni es gracia real de un presidente la forma ni suponen 3.200 pesos la concreción de la justicia social peronista en el fondo. No se puede creer que un presidente crea que hay mucho para festejar si más de la mitad de los que trabajaron toda su vida tienen que vivir, comer, vestirse, pagar casa y medicamentos con cien pesos al mes.

Es cierto que el mundo y la Argentina seguirán andando. Como la inflación e inseguridad ni nombradas ni responsabilidad de Griesa y como el destino de tantos que miramos consternados que en ese movimiento hay un inmodificable deseo de aprovechar el pasado y el zigzagueante futuro con el sólo beneficio personal. Hace 25 años que volvió el peronismo, en todas sus formas, al poder.
Se ve que aquello de “primero la patria, luego el movimiento y finalmente los hombres” está siendo poco releído.

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