Iglesia
Domingo 16 de Octubre de 2016

"Prefiero pensar que Dios existe a pesar de todo", confiesa el pediatra Carlos Rodríguez

Carlos Rodríguez es pediatra. Estuvo a punto de ser sacerdote, pero se alejó. Hoy va por la vida ayudando a los chicos y criticando con dureza el alejamiento del servicio al prójimo, la búsqueda de poder político para beneficio propio y la falta de humildad de algunos representantes de la Iglesia.

La beba había nacido muerta. El color de su cuerpito era el que pinta la Parca cuando se acomoda para esperar el momento de la partida. Y La Fea estaba feliz: ni un latido.

El doctor Carlos Rodríguez empezó entonces la reanimación mecánica. Uno, dos, tres, y apretones en el pecho. Nada. Uno, dos, tres, más presión sobre el cuerpito. Menos que nada.

El padre de la chiquita estaba detrás de él, mirando todo. "Cómo se llama", preguntó el médico. "Albertina", dijo. "Uno, dos, tres, vamos Albertina, vamos, quedate acá, quedate conmigo, volvé, Albertina, ¡Dios no te la lleves por favor! Uno, dos tres, vamos, carajo; uno, dos tres, que tu hermana melliza quiere que estén juntas para siempre, uno dos, tres...".

La nena vivió.

Contra todos los pronósticos.

Y Carlos Ariel Rodríguez, médico pediatra, ex "casi" sacerdote jesuita y aún católico, jura que no fue su obra ni la ciencia la que le devolvió la vida a la beba: "Fue Dios. Ahí es cuando estoy seguro de que existe".

—¿Y cuando muere un niño? ¿Y cuando atiende a un nene golpeado, abusado, quemado? ¿También?

—No. Ahí no existe. Pero no quiero darle una connotación intelectual a la nada, ni endiosarla. No tengo la intención de torcer un pensamiento. Por fe, prefiero pensar que Dios existe a pesar de todo.

¿Será como él dice?

No se sabe. Ni tampoco importa. Lo que cuenta es que, con su formación científica y espiritual, este hombre de 48 años va por la vida arreglando almas, huesos, pulmones, y criticando severamente el alejamiento del servicio al prójimo, la búsqueda de poder político para beneficio propio y la falta de humildad de algunos representantes de la Iglesia, que lo hicieron dejar los hábitos de la orden de los jesuitas.

Uno de esos responsables —"el culpable, en realidad", dice— fue Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco.

•••

El día que le comunicó a su padre que iba a ser sacerdote, el hombre dejó de hablarle, agarró una botella de whisky y se encerró a beber su pena durante varios días.

Había puesto vaya a saber uno qué esperanzas en su hijo, el mayor de siete varones, que ya estaba terminando el tercer año de medicina en la Universidad Nacional de Rosario y que, soñaba, iba a quedarse con su consulta pediátrica.

Pero no, no había forma, porque el hijo pródigo, Carlos Ariel —"significa león de Dios", dice— había descubierto el pensamiento de Ignacio de Loyola, leía con fervor a algunos filósofos griegos y sentía que su misión estaba al lado de los más necesitados, tal como el santo había pregonado.

Y dejó todo. Novia, familia, carrera, amigos y marchó al convento jesuítico, donde el actual Papa comandaba el pensamiento religioso de la comunidad, esa que tiene como misión estar cerca de los más necesitados, servirlos, ayudarlos, contenerlos.

Hoy, muchos años después de haber dejado el sacerdocio, Carlos Rodríguez hace guardias en el Hospital Provincial de Rosario y amansa la amargura de la enfermedad de los chicos con palabras espirituales, esas que no conocen de religión.

Siente que su misión es acompañar al paciente, tocarlo, abrazarlo, hablarle, tratarlo como a un humano.

Explica que lo espiritual no se da de narices con la ciencia y que, si bien la naturaleza es cruel y las enfermedades mezquinas, es posible ayudar. "A través de lo que se tiene uno hace lo que puede y también lo que quiere, decía san Ignacio de Loyola. Y ese mensaje me impactó. Para mí, la espiritualidad de los jesuitas es estar donde haga falta, con el pueblo, con la gente. Y fijate que los intelectuales pioneros de la espiritualidad salen de esa congregación. Salvo algunos...", dice, enigmático.

—¿Se refiere a Bergoglio?

—Sí. Mirá, cuando yo llegué al convento él regía todo el pensamiento de la congregación, pero sólo le interesaba hacer política eclesiástica en su propio beneficio y eso, para los jesuitas, es un problema moral serio, porque está prohibido.

—¿La política?

—La política eclesiástica. Yo abracé el sacerdocio —aunque me fui antes de ordenarme— porque el ideal jesuita era ser humilde, afectivo, pero sin sobresalir; y él hacía lo contrario. Mientras era director del Colegio Máximo San José estaba en contra de todos los jesuitas de Latinoamérica. Por eso se gestó todo un movimiento interno en su contra, que terminó trasladándose a todo el país. Incluso vinieron de Roma para ver qué pasaba, para ver por qué con una formación tan humanista no se estaba viviendo la espiritualidad de san Ignacio de Loyola.

—¿Tuvo alguna consecuencia?

—Sí, me trasladaron a Chile.

•••

En Antofagasta, lugar de penitencia que se ganó por la rebelión en la granja de Bergoglio, no había nada ni nadie: "Ni jesuitas", dice, entre risas. Los conjurados, sus compañeros levantiscos, estaban divididos y dispersos por todo el país y el ahora Papa, dice Rodríguez, había ganado la pulseada, el poder.

Y entró en crisis: las respuestas que había encontrado en la religión se las empezó a llevar el desierto.

Y renunció.

Volvió a Rosario, retomó la carrera y las dudas: la vida, la muerte, creación, el universo... "Ahora estoy seguro de que hay «algo» que no creó el hombre, porque no es creador en ese sentido estricto. En cuanto a los misterios, hay cosas que no podemos explicar, hay un enorme universo de cosas que nadie puede desentrañar. Y lo demás es fe. La verdad es que yo estoy muy tranquilo con esas preguntas, no me quitan el sueño. El sueño me lo quita que los chicos se mueran de hambre", explica.

De modo que se quedó con sus dudas... ¿resueltas? Pero a la vez les sacó provecho: ahora está buceando en el hinduismo y en otras filosofías orientales y occidentales para agregarle humanidad a la ciencia.

En su consulta —incluso en el hospital— suele aplicar acupuntura a algunos pacientes, introduce el yoga, la meditación, defiende las terapias contra el dolor y por eso asevera que la medicina tradicional no ofrece nada que esté más allá de lo científico, que cura —tal vez—, pero no sana, y que el espíritu es el punto de partida.

"Es simple —dice—, desde el punto de vista médico los orientales dicen que uno mismo tiene el potencial, la capacidad de sanación, y tan mal no les ha ido".

•••

No le fue fácil la vida a este médico de 48 años porque, como él mismo dice, las personas no buscan siempre lo mismo y el daño está a la vuelta de la esquina.

El mal.

Como el hambre.

El hambre de los chicos.

Los desnutridos de la política.

"Cuando llegan a la guardia y los veo mal, con deficiencia de peso, por ejemplo, les preparo un mate cocido y les doy pan. Después los reviso. Y los abrazo, porque mucha gente necesita eso. Mirá, la medicina tiene un poco de encarnizamiento y yo estoy totalmente en contra, por eso creo que un gesto de afecto puede revertir todo".

Él lo llama "terapia de la palabra" y la practica acá y allá, donde esté, hasta con su pequeña hija Abril, o con los nenes que vienen a la guardia, a veces al borde de la salud, que es una metáfora para no convocar a la desgracia, a la muerte.

"Para todo esto hay que ser humilde —dice— y yo trato de serlo, hago enormes esfuerzos para eso. Y no me creo nada porque no tengo interés en torcer el pensamiento de nadie. La palabra, los gestos, el afecto se encargan de eso".

Rodríguez también se interesa por la medicina ayurvédica y por la homeopatía. Y por la felicidad. La propia y la ajena.

¿Él lo es?

"Tengo rasgos de felicidad. Trato de ser mejor. El secreto es amar, dejarse amar, hacer el bien. Me ocurrió hace unos años algo que me marcó mucho. Reemplacé a mi hermano, médico, que tenía que viajar. Él atendía a ancianos del Pami y con esos pacientes, el 80% de la sanación es hablarles, contarles, escuchar... el afecto, bah. Y tuve un caso, el de una mujer con un cáncer terminal de útero, muy grande, que hasta se palpaba y se veía. Cada vez que iba le acariciaba la mano y se las imponía sobre el tumor. Estaba muy mal. Una tarde me dijo, directamente, «¿vas a rezar por mí?». Y yo le respondí: «¿Y vos por mí?». Asintió y a las horas murió. Yo sabía que no pasaba la noche.

—¿Por qué?

—Por el olor. La muerte tiene olor.

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