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Sábado 12 de Diciembre de 2015

Postales de fin de curso

Ver que los chicos aprenden, que crecen, que se expresan dentro de este espacio público que es la escuela no es poca cosa.

Verano, otoño, invierno, primavera. En ese orden pasan las cuatro estaciones por la escuela. El paisaje va cambiando al ritmo del clima: temperaturas altas, lluvias intensas alteran las relaciones de este ecosistema que conformamos docentes, asistentes escolares, padres, madres, tíos, tías, tutores y encargados de niños, niñas, jóvenes y adolescentes. Pero la inminencia del verano tiene un especial olor a fiesta. Claro que antes habrá que pasar por un camino sinuoso. Pero si se mantiene el equilibrio y se sortean los obstáculos, la gratificación siempre llega.
  No será sencillo hacerse un lugar para ensayar para el acto en medio de libretas, calificaciones, registros, promedios, libros de actas y promociones que esperan ser completados sin tachaduras ni enmiendas (como si uno anduviera por la vida así, sin equivocarse). Pero en medio de la vorágine se debe saber priorizar la importancia del bailecito, del recitado, de la obrita de teatro. Y a la vez preparar las palabras alusivas, disponer los adornos, elegir la frase, confeccionar las letras de molde para el telón, en lo posible de papel metalizado dorado.
  En el ensayo todo sale bárbaro. El micrófono, perfecto. Los niños y las niñas recuerdan las letras de sus parlamentos, sonríen y bailan desinhibidos al ritmo de la música. Llegado el día, el protagonista enfermará de escarlatina; los pequeños bajo los efectos del pánico escénico no recordarán la letra; y el micrófono boicoteará con su chillido las palabras alusivas.
  Tensiones, conflictos, lágrimas, peleas... pero el show debe continuar. De repente y sin saber demasiado cómo, las piezas encajan y se encienden las luces. De alguna manera, el ciclo termina: los germinadores crecen, las “semilias” dan sus frutos y así, entre discurso y discurso van pasando las generaciones.
  Los actos de egresados conllevan la mayor carga emocional. Todos lloramos y nos emocionamos ante la promoción que “se nos va”. Porque estos chicos que se “nos” portan bien, se “nos” portan mal, no “nos” estudian, se “nos” lastiman, “nos” hacen renegar, “nos” llenan de orgullo y “nos” hacen emocionar. Los chicos “nos” hacen, así como nosotros “les” hacemos, en un juego de ida y vuelta donde parimos subjetividad.
  Entre besos y abrazos, tarjetitas, canciones, micrófonos que no andan, saludos y apretujones transcurren todos los actos. Claro que los paisajes varían del centro a la periferia. De los autos cero kilómetro estacionados en doble fila a las bicicletas atadas con candado. Del salón de actos con aire acondicionado al patio de chapa donde todos democráticamente transpiramos.
  Finalmente los actores involucrados nos acomodamos: niñas, niños, personal docente y no docente, equipo directivo, comunidad. La misma pose, sonrisas y guardapolvos: foto escolar. Pasan los años, y a pesar de que cambian los peinados y el papel se amarillenta, la foto no se pone vieja. (Qué extraña es la relación entre la escuela, el tiempo y su afuera).
  ¿Por qué se renueva esta rutina? ¿Qué hace que sostengamos el ritual en cada comienzo y en cada fin de año? ¿Será que nos pasaron tantas cosas en estos meses intensos que bien merecemos darnos la oportunidad de celebrarlo? Ver que los chicos aprenden, que exploran los nuevos mundos que les abre el conocimiento, que crecen, que se expresan dentro de este espacio público que es la escuela no es poca cosa. Por eso cuando termina un año, es para nosotros un momento de orgullo, y sentimos que algo de esta tarea inacabada que es educar, queda por un momento cumplida.
  En medio de este mar de rutinas, algunos docentes intentamos verdaderas cruzadas para dar sentido a los rituales, que si bien a veces nos anquilosan, también ayudan en los momentos de pasaje, fortaleciendo vínculos. Es que en las escuelas se tejen junto a los padres y a los chicos sueños y esperanzas. Porque aún en medio de un sistema injusto y desigual, y en las condiciones más adversas, seguimos ligando a la escuela y al futuro. Son estas convicciones las que nos permiten sostenernos aún cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor.
  El guardapolvo dormirá una siesta reparadora hasta el año que viene, porque a pesar del cansancio la apuesta siempre se renueva. Es cierto que la foto parece la misma, pero si miramos bien, algo cambió: están los nuevos, los que ingresan. Por ellos se volverá a subir el telón, a adornar el escenario, a confeccionar las letras y a elegir la frase con la que acompañaremos el pasaje al año nuevo que se avecina.
  Porque pasan los actos, pasan chicos, maestros y directores, pasan gobiernos, ministros y ministras. Las políticas cambian un poco para no cambiar lo que necesitamos cambiar. ¿Y las escuelas? Las escuelas quedan, todavía quedan.

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