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Domingo 04 de Septiembre de 2016

Por el placer de fumar con otros

A mediados de la década del 50 un pequeño libro revolucionaba el ambiente académico de EEUU. Cómo fumar marihuana y tener un buen viaje, del músico y sociólogo Howard Becker, planteaba que ser un consumidor recreativo de cannabis no tenía que ver con una desviación o un rasgo enfermizo, sino con una práctica social. Aquí un fragmento de la obra que se edita por primera vez en el país

Aun después de aprender la técnica apropiada para fumar, el novato puede no llegar a tener un viaje y, por lo tanto, es incapaz de formarse una concepción de la droga como algo que puede consumirse por placer.

Una observación hecha por alguien más avezado sugería el motivo de esa dificultad para tener un viaje y apuntaba al siguiente paso necesario en el camino que lleva a convertirse en consumidor. En una entrevista me dijeron: "De hecho, vi a un tipo que estaba dado vuelta y no lo sabía". Señalé mi incredulidad: "¿Cómo puede ser, viejo?". El entrevistado dijo: "Bueno, es bastante raro, te lo reconozco, pero lo he visto. Ese tipo me encaró y me dijo que nunca había tenido un viaje; (era) uno de esos tipos... y estaba completamente fumado. Y no dejaba de insistir en que no estaba fumado. Así que tuve que demostrarle que sí".

¿Qué significa esto? Sugiere que el viaje está compuesto por dos elementos: la presencia de síntomas causados por el uso de marihuana, y el reconocimiento de esos síntomas y su conexión, por parte del consumidor, con su consumo de la droga.

No basta, entonces, con que estén presentes los efectos: por sí solos no desencadenan automáticamente la experiencia de tener ese viaje. El consumidor debe ser capaz de identificarlos en sí mismo y conectarlos conscientemente con el hecho de haber fumado marihuana para poder tener entonces dicha experiencia. De lo contrario, con prescindencia de los efectos concretos producidos, considerará que la droga "no le hace nada": "Me imaginé que no me hacía efecto o que los demás exageraban sus efectos en ellos, ¿me entiendes? Pensé que quizá fuera algo psicológico, no sé si soy claro. Esas personas consideran que todo el asunto es una ilusión y que el deseo de estar fumado lleva al consumidor a engañarse y creer que le está pasando algo, cuando en realidad no es así. No siguen consumiendo marihuana porque en verdad sienten que «no les hace nada»".

Por lo común, sin embargo, el novato tiene fe (una fe nacida de su observación de consumidores que sí están fumados) en que la droga generará en verdad una nueva experiencia y sigue probando hasta que eso ocurre. La imposibilidad de tener un viaje lo preocupa, y es probable que pregunte a consumidores más avezados o les pida su opinión al respecto.

En esas conversaciones cobra conciencia de detalles específicos de su experiencia que tal vez no haya advertido o que, sin dejar de notarlos, no reconoció como síntomas de estar fumado: "La primera vez no quedé volado. Me parece que no lo retuve (al humo) lo suficiente. Probablemente lo largué, ¿no?, porque te da un poco de miedo. La segunda vez no estaba seguro, y él (el compañero de fumata) me dijo, cuando le pregunté por los síntomas o algo así, cómo iba a saber, claro... Entonces me hizo sentarme en un banco. Me senté —creo que era la barra de un bar— y me dijo: «Deja colgar los pies», y cuando me bajé sentí los pies fríos de verdad, ¿te das cuenta? Y empecé a sentirlo. Esa fue la primera vez. Y después, más o menos una semana después o algo así, me pasó en serio. Fue la primera vez que tuve un gran ataque de risa. Me di cuenta entonces de que estaba realmente fumado".

Uno de los síntomas de estar fumado es la intensa sensación de hambre. En el siguiente caso, el novato se da cuenta de esto y tiene un viaje por primera vez: "No hacían más que matarse de risa de mí porque estaba comiendo mucho. Me estaba embuchando tanta comida que todos se reían de mí, ya sabes cómo es eso. De a ratos los miraba y me preguntaba de qué se reían, ¿verdad?, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo.

—Bueno, ¿te dijeron finalmente por qué se reían?

—Sí, sí, voy y les digo: «Eh, viejo, ¿qué está pasando?». No hice más que preguntarles qué estaba pasando y de repente me sentí raro, ya sabes. «Viejo, estás fumado. Te volaste con el porro».Y yo: «No, ¿de veras?», como si no supiera qué pasaba".

El aprendizaje puede producirse de maneras más indirectas: "Escuché comentarios al pasar que hacían otras personas. Alguien dijo: «Se me aflojan las piernas», y no puedo acordarme de todos los comentarios que hacían porque escuchaba con mucha atención para encontrar alguna pista sobre lo que supuestamente debía sentir".

Ávido entonces por percibir esa sensación, el novato toma de otros consumidores algunos referentes concretos de la expresión "estar fumado" y aplica esas ideas a su propia experiencia. Los nuevos conceptos le permiten situar los síntomas entre sus propias sensaciones y señalar para sí mismo "algo diferente" en su experiencia, que conecta con el uso de la droga. Sólo está fumado cuando puede hacer esto. En el siguiente caso, el contraste entre dos experiencias sucesivas muestra con claridad la importancia crucial de la conciencia de los síntomas para estar fumado y destaca una vez más el importante papel de la interacción con otros consumidores a la hora de adquirir los conceptos que hacen posible esa conciencia:

"—¿Tuviste un viaje la primera vez que fumaste?

—Sí, claro. Aunque, ahora que lo pienso, supongo que en realidad no. Quiero decir, esa primera vez fue algo así como una borrachera leve. Estaba alegre, supongo, sabes de qué hablo. Pero en realidad no sabía si estaba

"No basta, entonces, con que estén presentes los efectos: por sí solos no desencadenan automáticamente la experiencia de tener ese viaje"

fumado, ¿entiendes? Sólo la segunda vez que tuve un viaje me di realmente cuenta de que entonces sí estaba fumado. Entonces supe que estaba pasando algo diferente.

   —¿Cómo lo supiste?

   —¿Cómo lo supe? Si lo que me pasó esa noche te hubiera pasado a ti, lo habrías sabido, créeme. Tocamos la primera canción durante casi dos horas. ¡La misma canción! ¡Imagínate, viejo! Nos subimos al escenario a tocar esa canción; empezamos a las veintiuna en punto. Cuando terminamos miré el reloj y faltaban unos quince minutos para las veintitrés. Casi dos horas con una sola canción. Y parecía no haber pasado nada. Quiero decir, ya sabes, eso es lo que te hace. Es como si tuvieras mucho más tiempo, o algo así. Como sea, viejo: cuando vi eso, fue demasiado. Me di cuenta de que, si pasaba una cosa así, debía de estar pasado de rosca. Mira, después me explicaron que eso es lo que te hace: tienes una percepción diferente del tiempo, y todo eso. Ahí entendí cómo era el asunto. Entonces supe. Como la primera vez: probablemente sentí eso, ya sabes, pero sin saber qué estaba pasando".

   Sólo cuando se vuelva capaz de tener un viaje —en este sentido, un buen viaje— el novato seguirá usando marihuana por placer. En todos los casos en que el consumo continuó, el consumidor se había forjado los conceptos necesarios para explicarse a sí mismo el hecho de que estaba teniendo nuevas sensaciones causadas por la droga. Cabe decir que la condición necesaria para proseguir esa práctica es no sólo usar la sustancia de manera tal que produzca efectos, sino también aprender a percibir estos últimos cuando ocurren. Así, para su usuario la marihuana cobra sentido como un objeto que puede consumirse por placer.

   Al aumentar su experiencia, el consumidor desarrolla una mayor apreciación de los efectos de la droga: sigue aprendiendo a estar volado. Examina con detenimiento las experiencias sucesivas, busca nuevos efectos y se cerciora de que los anteriores todavía estén presentes. Como resultado de ese proceso se crea un conjunto estable de categorías para experimentar los efectos de la droga, cuya presencia permite al consumidor tener un viaje sin dificultad.

Virtudes del buen sociólogo

Cómo fumar marihuana y tener un buen viaje fue publicada por primera vez en Estados Unidos en 1953 y sacudió el ambiente académico. La investigación de su autor, Howard Becker, un “maestro de sociólogos”, demuestra que convertirse en un consumidor recreativo de marihuana “no es la expresión de un rasgo psicológico o de un carácter enfermizo, sino algo que implica el aprendizaje de formas de fumar para que haga efecto, del reconocimiento de esos efectos y de la posibilidad de disfrutarlos”, señala el sociólogo y antropólogo Pablo Semán, en el prólogo de la edición lanzada recientemente por SigloVeintiuno.

   Ser un consumidor recreativo de marihuana implica “en definitiva, —advierte Semán— generar una disposición a ese consumo y que la experiencia se vuelva divertida. Más aún: no es un acto individual, sino el resultado de determinadas relaciones sociales que habilitan esa actividad y también la constriñen”.

    Y esa es la clave de la argumentación de Becker, es una práctica social, no un rasgo “desviado”.

   Semán valora, además, la labor de Becker en el campo sociológico. “Demostrando la dimensión social del acto de fumar marihuana, Becker daba los primeros pasos de una concepción de lo social y de la investigación en ciencias sociales que porta al mismo tiempo sutileza, nitidez y actualidad, y se entiende incluso mejor en relación con sus pasos posteriores”, señala.

   Y agrega como logro de Becker que “al retirar al fumador de marihuana del casillero de lo extraordinario, deja de preguntarse por qué se da cierto comportamiento, como si hubiera una «naturaleza» rara de los sujetos que lo facilitara, y comienza a preguntarse por las condiciones bajo las cuales cualquier persona podría transformarse en un usuario de marihuana y por lo que hace que una práctica se convierta en «desviada»”.

   De este modo, en la forma que Becker utiliza para analizar el tema, “las preguntas se desplazan del por qué al cómo, la investigación está obligada a dar cuenta de un conjunto de condiciones de la interacción (¿quiénes?, ¿cuándo?, ¿con qué compañías?, ¿con qué herramientas?, ¿mediante qué aprendizajes?).

   En un campo de estudios, por entonces en la década del 50, protagonizado por la sociología funcionalista, la propuesta de Becker “obliga al inves-tigador a esforzarse por describir un proceso complejo en su singularidad. El detalle no es accidente, sino parte de los hechos”.

   La exigencia derivada del tipo de preguntas que propone privilegiar Becker implica un compromiso con el método etnográfico en tanto “descripción verbal detallada”. Dentro de ese marco, su obra ironiza sobre los modelos de la ciencia experimental y la sociología que busca relaciones de causa-efecto entre variables aisladas”.

   “La representación estándar de las ciencias sociales contemporáneas es la del valiente científico —uso el masculino porque el imaginario es muy macho— que somete sus teorías a una prueba empírica crucial y las desecha cuando no están a la altura”, ha señalado Becker en relación a esa tensión metodológica. Y por eso Semán lo destaca: “Considero que esa concepción humilde de la actividad del sociólogo subyace a su escritura, elogiada por su sencillez. Se dirige a un lector que con su razón y con los elementos que le da el escrito puede ponerse en el lugar del sociólogo más formado y experimentado.Todas las ideas necesarias para entender la investigación están ahí, en su integridad, y ningún argumento ha sido sustituido por una cita”.

El autor

Howard Becker nació en Chicago en 1928 y actualmente vive en San Francisco. Trabajó como pianista profesional y orientó sus primeras investigaciones a explorar el mundo de los músicos de jazz y el del consumo de drogas, con el propósito de intervenir críticamente en el campo de la denominada “sociología de la desviación”.

   En esta línea, sentó las bases de la teoría del etiquetado. Inicialmente su obra analiza las interacciones simbólicas a la luz de las diferencias de raza, status y poder, pero abarca también otras áreas de indagación, como la sociología del arte, la práctica de la investigación cualitativa y la escritura en las ciencias sociales.

   Es autor de Trucos del oficio. Cómo conducir su investigación en ciencias sociales (2009), Outsiders. Hacia una sociología de la desviación (2009), Manual de escritura para científicos sociales. Cómo empezar y terminar una tesis, un libro o un artículo (2011), El jazz en acción. La dinámica de los músicos sobre el escenario (2011, en colaboración con Robert Faulkner), Para hablar de la sociedad la sociología no basta (2015) y Mozart, el asesinato y los límites del sentido común (2016), publicados por Siglo Veintiuno Editores. También, junto con B. Geer, E. Hughes y A. Strauss, escribió The Boys in White. Student Culture in a Medical School.

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