Ovación
Viernes 13 de Enero de 2017

"Por algo el deporte se cruzó en mi camino"

Anabel Moro tenía 14 años cuando empezó a disminuirle la visión. Lidia con ello desde entonces, cuando también empezó a escribir una formidable carrera en el alto rendimiento. Cada vez que alcanzó un objetivo soñado se le interpuso una tristeza. La natación es su fortaleza

Anabel Moro tenía 14 años cuando empezó a disminuirle la visión. Lidia con ello desde entonces, cuando también empezó a escribir una formidable carrera en el alto rendimiento. Cada vez que alcanzó un objetivo soñado se le interpuso una tristeza. La natación es su fortaleza

Miles de veces se preguntó por qué y no encontró respuestas. Tantas, que en medio de esa nube negra aplicó sin saberlo y con precisión aquella frase de Jean Paul Sartre que no pierde ocasión de dar vueltas por el mundo: "Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros". Decenas de notas hablaron sobre Anabel Moro hasta acá. Siempre dando cuenta de su excelente desempeño deportivo en una pileta de natación, en una rutina de entrenamiento, en un campeonato cualquiera o en los mismísimos Juegos Paralímpicos y Mundiales. Cuatro veces fue olímpica la nadadora nacida en Salto Grande hace 37 años y además tiene una colección de medallas que sería la envidia de cualquiera. Sin embargo, lo que pocos saben es que Anabel no transitó nunca el camino normal de las cosas. La carrera de otros deportistas de alto rendimiento al lado de la suya no se parecen en casi nada. Ella misma dice que si a esta película, que es su vida, se la contase un tercero sin ser ella la protagonista, probablemente no la creería. La vida de Anabel es producto de una vorágine que no siempre comprende, como cuando se pregunta "por qué". Se estrelló tantas veces contra el dolor y ese dolor se le mezcló con las alegrías que ni siquiera puede dimensionar las olas que atravesó. En siete años, mientras su carrera crecía considerablemente, perdió a su mamá, a una de sus hermanas con un sobrino en camino y a su papá. Cada uno de esos momentos le coincidieron con oportunidades soñadas en la natación. ¿Cómo digerirlo? ¿Cómo seguir? ¿Cómo levantarse una y otra vez? Si la pérdida de la visión que comenzó a afectarla a los 14 años ya parecía mucho, qué decir de lo que vino después. Una película, literalmente.

Cuando el 7 de septiembre de 2016 las cámaras de la señal DeporTV tomaron de cerca el ingreso de la delegación argentina que disputaría la 15ª edición de los Juegos Paralímpicos, la alegría de Anabel lo decía todo. Sonreía a más no poder, saludaba sin miedo a la ridiculez por la euforia. Estaba liviana, tranquila, como nunca antes. Eran sus cuartos Juegos Olímpicos, esos a los que anhelaba llegar con todo el corazón. Y lo hacía. Pero sin mochila de piedra.

Tenía 14 años cuando se anotó en el equipo de competencia del club Provincial, de Salto Grande, a 40 kilómetros de Rosario. De arranque supo que no la entusiasmaba la recreación sino la competencia. Y a pesar de que sólo había posibilidades de hacerlo durante el verano, se exigía al máximo. No había nadie en la familia con tradición de deportista salvo un abuelo que jugó en las ligas regionales de fútbol. Aunque en ese círculo más pequeño no. Así que lo de ella era todo propio.

"Corrió" en Salto hasta algo más de la adolescencia, cuando llegó a Rosario, ya casada y con una hija. Al mismo tiempo que transcurrían esos años de natación, empezó a lidiar con un problema en la vista, que era congénito y que se estaba despertando. Anabel padece desde entonces maculopatía bilateral. Tiene dañado el centro de la retina, por lo que su visión (disminuida) es periférica y por ahora la enfermedad no tiene solución. En busca de las primeras respuestas a eso que la aquejaba llegó al Centro de Rehabilitación Braille, donde conoció a una profesora que luego fue parte de Ardec (Asociación Rosarina de Deporte para Ciegos), creada un tiempo después. Y ahí se sorprendió por primera vez: esta "profe" sabía que nadaba y la invitó a ser parte de Ardec, allá por el 2001, por ende, Anabel fue una de las primeras integrantes de ese equipo. Nadó, nadó, y nadó tan bien que las aguas se le empezaron a abrir. Competía en los torneos nacionales y le llegaba, de golpe, la posibilidad de ir al Parapanamericano de la disciplina en Mar del Plata, en 2003. Se tiró al agua en la prueba que hasta hoy la distingue sobre todas: los 100 pecho. Se colgó la medalla de oro. "Ese fue el puntapié, el incentivo", comenta ahora debajo de una pérgola en Náutico Sportivo Avellaneda, hoy su segunda casa.

El primer Parapanamericano de natación llegó "rápido". Y al año siguiente ya estaba en sus primeros Juegos Paralímpicos. Sí, eso que otros atletas planean toda una vida hasta que lo alcanzan, a Anabel le llegaba sin darle tiempo de reacción. Se acuerda que no lo podía creer, que fue una sorpresa muy grande más allá de lo que venía entrenando. Lo describe como "terrible", en el buen sentido y remarca que "a ese día no me lo olvido más, fue en la pileta del Belgrano Centro donde me dieron la noticia".

El inicio de "todo".

Así, como quien no quiere la cosa llegó Atenas 2004, la primera experiencia en un mundo nuevo, inmenso, soñado por todos: los Juegos. Las primeras estelas que continuarían por muchos años más. Pasó Atenas, pasaron mundiales y Juegos Parapanamericanos como si fuesen citas de llegada natural, y en 2008 llegó a Beijing, a los Juegos Paralímpicos de China. Parecía que con ellos empezaba un ascenso incontenible, de disfrute permanente. Hasta que cayó la primera desgracia: "Ahí empezó todo", dice Anabel en uno de los pocos momentos que se permite quebrar la voz. "Todo" es la enfermedad terminal de su mamá.

Conocida la noticia decidió que no participaría de Atenas. Declinó inmediatamente. Su mamá le pidió por favor que viajase: "Ella me empujó, me dijo que le iba a hacer bien. Estando en China me mantenía en pie pensando que ella iba a salir, la llamaba todos los días. Yo estaba allá pero mi cabeza acá, estaba rodeada de gente pero me sentía sola, sólo uno en esa situación puede saber lo que está pasando. A los cinco días de haber vuelto, murió. Siempre digo que me esperó, lo siento así", cuenta.

El golpe era de KO. Al mismo tiempo había que seguir con la propia vida: una hija, una rutina, una exigencia de alto rendimiento y tanto más... Lo que no sabía Anabel era que el 2009 venía a arremeter con todo de nuevo. Otra enfermedad furiosa, esta vez contra su hermana. Era tiempo de viajar a un torneo en EEUU, era conciente que "no había más nada por hacer con ella" pero albergaba la esperanza de que se le gane a la fatalidad. Sin embargo, estaba rumbo al aeropuerto cuando le confirmaron la noticia que no quería escuchar. Se quebró y le pidió a su entrenadora de la selección que hablase con quien fuese necesario para averiguar si, por no viajar ante esta situación extrema, le quitaban su beca, su medio de vida en realidad. "Todo eran grises, pero yo necesitaba una respuesta en blanco o negro, sin dudas. Nadie me podía confirmar nada. Yo me tenía que tirar a la pileta mientras a mi hermana la estaban velando, ¿cómo puede ser?" Ser el sustento de su hija y de ella misma (por entonces ya divorciada) la obligó a volar igual. "La natación es mi deporte pero también mi medio de vida", cuenta. Y mientras lo hace deja que se agriete de nuevo esa coraza con la que se protege. Tiembla con el relato, porque recordar es volver a pasar por esos momentos.

Empujada por esa responsabilidad tan grande con su hija e incluso por su propio papá, Anabel se subió al avión del terror y vivió el torneo como pudo. Nadando en la inmensidad de las emociones contrapuestas.

Los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 le dieron un poco de respiro, aunque de a ratos. Los sucesos drásticos pasaban, pero estaban los otros, los del día a día a los que había que seguir poniéndole el hombro. A la vuelta de Londres, un tanto agotada, dijo que "ni loca" afrontaría otro ciclo olímpico, pero después cambió de opinión. En 2015 fue al Mundial de Glasgow, en Escocia y se anotó las marcas pertinentes para llegar a los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro. Antes tenía los Parapanamericanos de Toronto, una buena medida para lo que vendría después. Y descolló: cuatro medallas. ¿Cómo lo hizo? Puro corazón. Había transcurrido el año corriendo de acá para allá, entrando y saliendo del hospital, pasado horas y horas cuidando a su papá averiado de otro grave problema de salud. Nunca bajó los decibeles en lo suyo, siguió entrenando aunque no le diera más la humanidad y consiguió los podios citados. A la vuelta de Toronto, otra pérdida inmensa.

Por eso, la llegada a Río de Janeiro, fue sin esa mochila de piedra que padeció por años. Porque caía, le pegaban y en el más inmediato plazo estaba de nuevo dando una brazada. Igualmente, le advirtió a su entrenador Alberto "Negro" Tarsitano que no sabía qué iba a poder hacer en la competencia, que lo dejaba en manos de Dios. Habían sido meses de demasiado desgaste, más allá de que se insiste, nunca abandonó la rutina de preparación (y de que compitió permanentemente, más allá de las fechas aquí citadas). Hoy, cuando se acuerda de esos instantes previos a viajar a Brasil, dice: "Anhelaba mucho tener un cuarto Juego Paralímpico, pero fue durísimo, por lo que venía viviendo y porque hasta en un momento se complicaron las plazas. Pero al cuarto lo quería. Siento que esta vez sí lo pude disfrutar, que me sensibilizó muchísimo. Hay gente con la que por ahí uno no tiene un vínculo de sangre pero es como una familia. Mi entrenador es incondicional, me apoyaron los chicos del club (el equipo), mis amigos, mi hija y mi compañero. Con ellos compartí los Juegos. Traté de no preguntarme ahora qué va a pasar. El miedo no puede paralizarme".

Si, como aquella vez a la vuelta de Londres a Anabel se le habla de otro ciclo olímpico, con la meta en Tokio 2020, se rie. Realmente no sabe qué hará y los próximos objetivos son a corto plazo. Algo, sin embargo, tiene claro: "Me encantaría llegar a Japón, pero es el día a día. Uno no tiene que tener solamente ganas sino dar las marcas correspondientes. Y los años ya se sienten. Pienso que el final de esta carrera lo puede poner el cuerpo o lo puedo poner yo. Pero yo no lo voy a hacer. Llegaré hasta donde tenga que llegar. Me va a costar despegarme de la natación, es la superación constante de uno mismo que sirve para todos los aspectos de la vida. El deporte a mi me dejó eso: el no darme por vencida, el ser perseverante en cualquier cosa. Tengo una paciencia increíble y una capacidad de buscar alternativas que me inculcó la natación. Ni hablar de la responsabilidad y los tiempos. Es el sostén de mi vida".

Detenida y analítica, Anabel llega a una conclusión: "Dadas estas cosas la vida me expuso a tener que tomar decisiones importantísimas, muy grandes, que seguramente de no haber estado ante situaciones límites nunca hubiese tomado, para no exponerme. Pero la manera en que se dieron, la velocidad... había que tomarlas. Por eso cuando tomo conciencia de lo duro, del qué y cómo hacer, pienso. Porque no estamos hablando de decidir si te vas de vacaciones o no, estamos hablando de la vida de un ser humano, de decisiones de viajar e ir a competir a un Juego Paralímpico a pesar de todo porque además el deporte es tu medio de vida". Y entonces señala que a pesar de esa crudeza, "el deporte me salvó, me ayudó. Si bien me mató en el sentido de obligarme a hacer ciertas cosas, el alto rendimiento fue importantísimo. Es una controversia: porque cuando la cabeza está menos fuerte y el cuerpo ni hablar, es cuando más tenés que fortalecerte. Quizás si yo no hubiese tenido la exigencia del alto rendimiento para poder salir no lo hubiese hecho. Cuando te pasan ciertas cosas, ¿qué te importan un cronómetro o un Juego Paralímpico? Podía tirar la toalla, pero el alto rendimiento me empujó. No quiere decir que esté recontra fortalecida, pero saqué fuerzas".

No hay más vueltas que dar cuando una historia habla por sí sola: "Siento que por algo el deporte se cruzó en mi camino, siempre pienso que sucedió por una razón. Después está en cada uno tomar o no eso que se le presenta como oportunidad". Filosofía de vida pura la de Anabel. Como aquella que propuso Sartre, salvando las distancias: "Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros".

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