Política
Sábado 25 de Marzo de 2017

Gigantesco grito contra el gobierno por los desaparecidos bajo la consigna de "Son 30 mil"

El acto fue atravesado por duras consignas: se pidió la libertad de Milagro Sala y se denunció el plan "de miseria planificada" de la Casa Rosada

Volver; siempre volver. El 24 de marzo vuelve con más fuerza, crece cada año y suma algunos miles de marchantes nuevos. Hasta convertirse en aluvional. Como ayer, en la Plaza de Mayo, con la consigna "son 30 mil".

   La marcha anual consecutiva número 35 de ayer en la ciudad de Buenos Aires consiguió convocar a cerca de 200 mil personas que cubrieron media plaza, 20 cuadras de avenidas y 25 cuadras de calles aledañas. La mayor convocatoria desde 1983, convertida en un grito anti Macri. Que atronó en el centro de Buenos Aires.

   Desde el palco, como es tradición, se leyó un largo documento que calibró con palabras durísimas al gobierno de Macri: condenando a la violencia institucional, los despidos y el plan económico de hambre.

   Como un prisma óptico, el 24 de marzo mantiene un núcleo que no cambió en los 35 años, desde que se lo evoca; pero a la vez, durante esa línea de tiempo, el contexto político de cada año lo hizo cambiar de formas y colores. Ayer fue atravesado por duras consignas opositoras: se pidió por la libertad inmediata de Milagro Sala y se denunció al plan económico del gobierno macrista, "de miseria planificada".

   La gigantesca movilización se explica, tal vez, por el fallido de la Casa Rosada al intentar devaluar la jerarquía del feriado, y hacerlo móvil. Y luego, ante el clamor, retroceder. Y además, por la persistencia de la Casa Rosada, ayer mismo en la voz de su secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, de rechazar el número emblemático de 30 mil desaparecidos. Provocación, convicción o torpeza política, lo cierto es que el gobierno de Macri consiguió que le hagan un acto opositor enorme, y con la consigna "son 30 mil".

   Desde el norte, el oeste y el sur, miles y miles pujaron por llegar a la plaza; la mayoría no logró entrar. No hubo lugar para todos.

   Mientras espacios culturales como el "Colectivo de fin del mundo", los "Titiriteros en marcha", murgas de la ciudad, "Teatro por la identidad", entre muchísimos otras organizaciones, desplegaron su arte sobre la avenida de Mayo, una columna de La Cámpora caminaba desde la ex Esma —arrancó a las 10 de la mañana—, 14 kilómetros, hasta la plaza.

   Organizaciones políticas, sociales, de todos los colores, quisieron estar. Unidos y motivados por una novedad política: como no ocurría desde los tiempos de las leyes de impunidad —obediencia debida, punto final e indultos— el gobierno de Mauricio Macri intenta abiertamente construir un contrarrelato, bajándole el "precio" al genocidio (desacredita el número de 30 mil desaparecidos).

Desaceleración

Por lo demás, desde la Casa Rosada operan para desacelerar los juicios a los represores, que de todos modos continúan, y promueven la prisión domiciliaria (y no en cárceles) de muchos gerontes de hoy, que ayer fueron los hacedores del terrorismo de Estado.

   El contrarrelato macrista no para de sumar rechazos y enojos entre los movimientos de derechos humanos, y supone un muy dudoso éxito en las convicciones de una mayoría de argentinos que avaló lo hecho en materia derechos humanos en los últimos 15 años. Con audacia y temeridad, Macri sustrajo la palabra "desaparecidos" —nunca la mencionó en público— y restableció la expresión, autoindulgente, "guerra sucia", que un sector de ideológico minoritario —pero intenso— busca reintroducir en el lenguaje promedio de los argentinos.

   La derrota argumental, política y cultural que padecieron esos sectores ideológicos, ahora, con sorpresa, busca ser revertida por el propio presidente. Las definiciones de la Corte Suprema de Justicia y el Congreso al dar por cerrado el debate sobre la interpretación del pasado dictatorial (hubo terrorismo de Estado, las causas no prescriben, los juicios siguen su curso) y las intensas 200 mil personas que ayer coparon el centro porteño convierten en una quimera la pretensión de los derrotados, aún con el apoyo de la Casa Rosada.

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