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Viernes 08 de Junio de 2012

Política de seguridad con fragilidad de base

Las políticas de seguridad pública llevan una fragilidad de base...

Las políticas de seguridad pública llevan una fragilidad de base. Mientras que sus resultados se miden siempre por tendencias y no pueden sino verse a mediano plazo, sus posibilidades de aplicación viven acechadas por hechos fortuitos que las condicionan diariamente y exigen resultados inmediatos. Sostener una política requiere un esfuerzo de imaginación y tensión permanente. Terminar con ella nada más que un golpe.

En algo más de medio año el saliente ministro Leandro Corti había logrado expresar un mensaje en ese campo siempre minado. Le había señalado a la policía una pretensión de autoridad. Una acción disciplinaria decidida que con 90 pases a disponibilidad por delitos marcaba el camino inaceptable de manera pública. Un control directo sobre la administración económica, es decir en el mando, con la designación de una funcionaria de confianza para el manejo siempre opaco de las partidas para gastos. Un rediseño en la instrucción para ajustarse al reclamo de mejorar la formación policial tanto en el desempeño operativo como en la investigación criminal.

Esto era incipiente, imperfecto y con errores. Pero mostraba con hechos la pretensión de llegar a lugares nuevos. A veces un hecho impactante pero olvidable puede descalabrar un intento de cambio. En este caso fue la decisión de que un partido de fútbol que debía jugarse en Entre Ríos se jugara en Santa Fe. Muchos piensan que fue otra cosa y que la decisión de que Corti no siguiera ya estaba desde antes. No quien esto opina.

En política, lo que las cosas parecen ser cuentan tanto como lo que las cosas son. Y lo que parece es que la salvajada extorsiva del presidente de Rosario Central condicionó una decisión de gobierno a tal punto que lo hizo dar marcha atrás. Norberto Speciale actuó como un barrabrava desde la cúspide de su club sin importarle de su temeraria irresponsabilidad ningún otro efecto que lograr una conveniencia deportiva. Pero lo que pasó no es su culpa. El gobierno provincial resolvió una cosa e hizo otra. Y quedó como mostrando que le importa más el veredicto de los hinchas que una línea de política pública. Las cosas se leerán así aunque se ensayen mil explicaciones.

El oficialismo dice que la línea política en seguridad es la que asegura el gobernador Antonio Bonfatti. En el pasado reciente socialista no fue así. La gestión anterior a la de Corti se caracterizó por la absoluta delegación del control político en la policía. El hombre fuerte del área no fue el ministro Alvaro Gaviola sino el jefe de policía provincial Osvaldo Toledo que, ante la más pasiva contemplación civil, logró proezas tales como ascender a comisario mayor al jefe de una alcaidía donde se había fugado un narcotraficante sin romper un cerrojo. Antes de que Gaviola fuera designado el control de la Seguridad le fue ofrecido a un comisario general retirado, José Luis Giacometti, que representa a una fuerza que el propio gobernador criticó en mil discursos. Sujeta a esa constatable ambigüedad, la línea política en seguridad no está asegurada, sino que debe rendir examen todo el tiempo.

En siete meses de gestión Leandro Corti había adoptado algunas medidas que perfilaban una política de seguridad pública que había generado, rara avis, hasta algún reconocimiento en la oposición.

Sostener la decisión de no jugar en esta provincia un partido que debía jugarse en otra lo puso en incapacidad de maniobra. Los que hoy dicen que es un papelón no garantizar la seguridad de un espectáculo deportivo en Santa Fe son los que mañana preguntarán por qué se cambió de escenario si existieran incidentes. De antemano nunca se sabe y en política siempre se puede perder algo. Sólo con el tiempo Bonfatti conocerá el costo de este recambio.

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