Policiales
Jueves 25 de Mayo de 2017

La vulnerabilidad de las "mulas" que traen al país la cocaína en sus cuerpos

Por 800 dólares, Clara B. dejó a sus pequeños hijos en Bolivia para llevar a Buenos Aires una carga de cocaína. La apresaron en un ingreso a Rosario

Sentada sobre el pasillo del micro que la traía de Bolivia, Clara B. vio al perro de Gendarmería Nacional apuntarla con el hocico. Entonces supo que estaba perdida. El pastor alemán rompió a ladrar y la mujer aceptó frente a los agentes vestidos de verde que iba cargada, que tenía 14 cápsulas de cocaína en la cartera. Pero había mucho más que en ese momento no podía entregar. Eran las cápsulas que tenía en su estómago. Y suplicó que la llevaran a un baño porque sino se moriría.

Este incidente, que comenzó el 24 de marzo de 2016 en un control de rutas en uno de los ingresos a la ciudad de Rosario, es un caso no superado en relación al peso de la droga trasladada por una persona en el interior de su organismo. Clara había tragado 130 cápsulas recubiertas de látex para evitar que la degradación de los jugos gástricos produjeran un estallido mortal en su vientre. Cada cápsula pesaba diez gramos. Llevaba en definitiva 1,300 kilo de cocaína dentro de su cuerpo.

Vulnerables

De las historias de los extranjeros que son utilizados como "mulas" por el narcotráfico, como la que se conoció el lunes con un detenido en Rosario (ver aparte), solo se difunde el principio. Poco y nada alcanza a conocerse de las duras circunstancias que atraviesan una vez que son indagados en los Tribunales y de la vulnerabilidad extrema de la que suelen provenir. Una desvalidez que después de la detención se acrecienta de modo dramático. La de esta mujer de 38 años que lleva 14 meses presa en la cárcel federal de Ezeiza es un ejemplo crudo de eso.

Clara vivía en una comunidad aborigen guaraní a 35 kilómetros de Yacuiba, la ciudad boliviana fronteriza situada frente a Salvador Maza, en la provincia de Salta. Al momento de emprender el viaje en ese enclave rural llamado Pananti, a donde pensaba regresar en la misma semana, había dejado a sus cinco hijos menores. La mayor una nena de entonces 14 años que estaba embarazada de seis meses. Tenía además otros niños de 12, 9, 3 y un año. Como resultado de la privación de su libertad en Argentina los chicos quedaron sin ningún adulto responsable que pudiera garantizar su crianza. Y actualmente su hija de 15 años, que ya dio a luz, está a cargo de todos.

Clara era oriunda de Chuquisaca, donde trabajó en el campo desde que pudo tenerse en pie. A los diez años se empleó como niñera en una casa en Yacuiba en la que estuvo siete años. De los 17 a los 20 trabajó como ayudante de cocina y llegó a cursar hasta sexto grado.

En una vida marcada por privaciones en aumento siguió trabajando como único sostén de su grupo familiar. Sus hijos nacieron de tres relaciones distintas. Con el primero de sus esposos se separaron cuando él se mudó a Santa Cruz de la Sierra. Con su segundo marido, según el informe ambiental del juzgado, el vínculo se cortó debido a que éste "no quería hijas mujeres, sólo quería varones, algo muy común en esas comunidades rurales de Bolivia". De su tercera pareja se alejó para eludir situaciones de violencia física.

Por unos pocos pesos

Clara no recibía aportes económicos de los padres de sus hijos, todos los que estaban a su cuidado. Su última ocupación fue la venta ambulante en la frontera, pero apenas le alcanzaba para sobrevivir. En esa circunstancia fue contactada por una organización de narcotraficantes. Le ofrecieron 800 dólares para trasladar cocaína como mula hacia Buenos Aires. Y la oferta fue tan jugosa que no dudó en aceptarla. Cruzó el borde internacional en micro el 23 de marzo del año pasado. Al día siguiente, cuando el colectivo transitaba hacia el sur por la ruta nacional 34, se sintió mal en una parada que hicieron en Rafaela y fue al baño. Había recibido instrucciones de que bajo ningún motivo tenía que descartar nada. Por eso recuperó del inodoro 14 cápsulas que limpió y colocó en una bolsa de nailon. Fueron las que al llegar a Rosario lanzaron a los perros de Gendarmería Nacional contra ella.

La acusaron de transporte de estupefacientes, un delito que tiene una escala de penas que va de los 4 a los 15 años de prisión. Es un tipo de delito que durante el proceso admite una excarcelación. Pero sus defensores oficiales en Rosario no pudieron pedir eso. Cuando se trata de extranjeros no pueden hacerlo debido a que no conocen a nadie en Argentina de modo de ofrecer algún domicilio de arraigo. Eso hizo que el destino de Clara fuera la cárcel de Ezeiza.

El desamparo en el que se encuentran estas personas las colocan en desventaja incluso frente a otras bajo acusaciones más graves. Una mujer que estuviera acusada de organizadora de narcotráfico, por ejemplo, obtendría una excarcelación con toda probabilidad si fuera único sostén de sus hijos menores en Argentina y con un domicilio fijo. "Pero una mula boliviana, que no es un narcotraficante, sino alguien usado por el narcotráfico, es tan vulnerable por su desarraigo que no puede acceder a los institutos procesales que otra persona sí", dijo el defensor público federal Enrique Comellas.

Un perfil reiterado

El trámite de Clara es demostrativo de la mayor desvalidez. "No importan los detalles particulares del caso sino porque es un prototipo que concentra rasgos dramáticos que siempre se repiten: mujer sola, con muchos hijos, extranjera, que bajo situaciones de pobreza aguda se arriesga a ser atrapada por poco dinero, aunque para ellos sea mucho, y con la imposibilidad de ser excarcelada", dice Comellas.

Otra desventaja de las mulas con respecto a otros acusados en redes de narcotráfico está en que desconocen todo respecto a quiénes le suministran y reciben la droga que transportan. En general, cuenta Comellas, no tienen que entregar lo que trasladan en un domicilio, sino que les proporcionan el apodo de una persona que las espera en el destino y que se esfumará ante el menor indicio de problemas. Por lo tanto no pueden buscar beneficios legales previstos como arrepentidos brindando información: suelen no saber nada de quiénes están implicados en el negocio.

Clara aceptó un acuerdo en juicio abreviado por el cual le impusieron cuatro años de prisión por transporte de estupefacientes. De manera excepcional se puede prever una expulsión anticipada a su país cumplidos los dos años de prisión en base al interés superior del niño, es decir, sus hijos menores. Existe jurisprudencia en ese sentido en Argentina pero dependerá del criterio de los jueces locales. Entretanto, en la cárcel de Ezeiza Clara aprendió un oficio en el taller textil y lo que gana allí lo manda a sus hijos en Bolivia. No tenía antecedentes penales antes de que fuera detenida arriba del micro, en un país al que viajaba por primera vez, según sus defensores, "por desesperación y unos pocos pesos".

Internado en el Hospital Eva Perón

Un ciudadano boliviano que trasladaba cocaína en su estómago y que fue detenido el lunes en Rosario seguía internado ayer en el Hospital Eva Perón de Granadero Baigorria y el caso todavía no ha sido judicializado debido a que no pudo expulsar la totalidad de cápsulas que llevaba en su estómago, circunstancia que hizo que los médicos previeran una intervención quirúrgica para extraerlas.

El pasajero, que fue detenido el lunes a la mañana en un control de Gendarmería Nacional en la autopista Rosario-Santa Fe, no pudo recibir asistencia de un defensor ni ser llevado ante el juez federal en turno. El hombre fue apresado en un micro de la empresa Bolpar que iba hacia Buenos Aires. Allí señaló que había ingerido 82 cápsulas cargadas con cocaína, de las cuales en el viaje ya había evacuado 14.

Generalmente son mujeres solas, con muchos hijos y bajo

una situación de pobreza aguda

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