Policiales
Domingo 10 de Septiembre de 2017

El director del Isep aseguró que "en la formación policial no hay un discurso violento"

Gabriel Leegstra, el flamante director del Instituto de Seguridad Pública (Isep) tiene 57 años, su padre fue policía y es oriundo de Santa Fe.

El nuevo director del Instituto de Seguridad Pública (Isep), Gabriel Leegstra, es un hombre acostumbrado tanto a las calles como a las aulas. Por los próximos cinco años, y luego de ganar el concurso respectivo, tendrá a su cargo las cuatro escuelas de las que egresan los efectivos santafesinos: la Escuela de Policía, la de Especialidades, la Escuela Superior de Seguridad y la de Investigaciones. Tiene 57 años y a primera vista parece más un director académico que un policía acostumbrado a la tropa y la pelea en el asfalto. Desde que entró a la fuerza en 1978, hasta hoy, recorrió todos los escalafones. Fue cadete, comisario, subjefe, jefe de cuerpo, titular de la ex Dirección de Drogas Peligrosas y titular de la Dirección de Asuntos Internos. Se retiró como jefe de la Unidad Regional I, con asiento en la capital provincial. Fue uno de los encargados de formar la Tropa de Operaciones Especiales (TOE) y en todo ese recorrido fue "formador" de suboficiales y oficiales además de realizar cursos fuera del país.

—¿Cómo es hoy el lugar en el que se instruye a los futuros policías?

— Son cuatro escuelas. La primera o inicial tiene una duración de dos años y después se puede ahondar en alguna de las otras tres para profundizar la capacitación y avanzar en el escalafón. En las escuelas hay actualmente unos 3.400 alumnos que son formados en el manejo de armamentos, táctica, derechos humanos y en actividades preventivas de seguridad. Durante el cursado se le da importancia tanto a lo teórico como lo práctico. Por ejemplo, en la pileta climatizada, los hacemos entrenar salvataje tanto con la ropa adecuada como con el uniforme

— ¿Por qué muchos de los agentes vienen a estudiar a Rosario y tal vez ni saben donde están las calles de la ciudad?

— La policía es también una salida laboral y nuestra provincia es más rica en el sur que en el norte. Por eso en las localidades del sur santafesino son muy pocos los jóvenes locales que tienen esta vocación o se inscriben. Pero en realidad, tanto en Rosario como en algunas otras ciudades, por ejemplo Rafaela, el 70 % es personal foráneo, gente que llega desde el norte en busca de salidas laborales que en sus pueblos no tienen. Igualmente, los instruimos en cada lugar y además los que estamos en la policía sabemos que estamos sujetos a ser trasladados. En mi carrera me desempeñé en Rafaela, Coronda, Santa Fe y Rosario. Y esta ciudad indudablemente necesita una cantidad mayor de policías, algo que es imposible cubrir con la oferta local. En Rosario hay alrededor de 5.400 efectivos y unos 22.500 en toda la provincia.

—¿Cambió el perfil del cadete que ingresaba hace unos años atrás al que entre ahora?

—Sí, claro. Cambió de la misma manera que se modificó la sociedad. El cadete ahora debe tener completo su ciclo secundario y a esto se suma que los jóvenes tienen acceso a Internet y por medio de eso a información actualizada de lo que puede suceder en cualquier lugar del mundo. Eso les abre la cabeza. Por otro lado, el año que pasó y el que viene no vamos a matricular mujeres porque la fuerza tiene ya el 35 % de personal femenino y es lo dispuesto en la matrícula, un número que tomamos de los stándares internacionales.

—¿Cómo se manejan los actuales niveles de violencia, que son evidentemente distintos en los últimos años?

—Se estudia mucho el tema de la mediación, se trabaja sobre situaciones de crisis y sobre resolución no violenta de conflictos. Además se hacen en algunos cursos con prácticas profesionales y se prioriza en los derechos humanos y la relación con la gente.

— En este momento se está juzgando el accionar de una fuerza como la Policía de Acción Táctica (PAT) a raíz de la muerte de dos jóvenes en Arijón y Callao (Emanuel Medina y David Campos fueron ejecutados tras una persecución en un típico caso de gatillo fácil). Y esa misma fuerza también arrastra un crimen como el de Jhonatan Herrera (baleado mientras lavaba su auto y los agentes perseguían a un ladrón). ¿La formación de la PAT fue distinta a la de otra fuerza?

— No, no fue distinta. En el Instituto (Isep) controlamos toda la capacitación y cada fuerza tiene la misma preparación. Luego a cada una se la instruye para la función que deberá tener en la calle: Cuerpo, PAT, Comunitaria. Y eso también lo controlamos, tanto desde el Ministerio de Seguridad como desde el de Educación. Y también participamos de las clases, sabemos qué expresa cada docente a sus alumnos, y le aseguro que no hay ninguno que tenga un discurso violento hacia los cadetes o hacia la sociedad.

— ¿El narcotráfico supuso otros niveles de corrupción en las fuerzas policiales?

— En lo institucional hay gente que es mal aprendida o que tiene valores errados para no ser un buen policía. El poder del dinero corrompe a las personas que ya tienen inclinación para ese lado. En todas las profesiones hay gente apta e inapta y el hombre siempre tiene elección. Si un hombre se inclina a la corrupción es porque no tiene valores de base y no los va a tener nunca. No creo que cada hombre tenga un precio. Cuando ejercí funciones en lo que es ahora la Dirección de Asuntos Internos detuve a policías y les decíamos que su actitud avergonzaba a la fuerza, que no eran dignos de llevar el uniforme. Igualmente son más los buenos policías que los malos.

El Instituto de Seguridad Pública funciona en el antiguo edificio de Alem al 2000 que recuerda a las viejas instalaciones militares. Grandes pabellones, una pileta ahora climatizada y hombres uniformados por donde se mire. Abarca una manzana completa y una tarde cualquiera, mientras los aspirantes practican gimnasia, pueden escucharse los cánticos que entonaban los viejos combatientes en la guerra de Vietnam y que las películas sobre marines norteamericanos pusieron de moda. Una salmodia que quedará en las cabezas de los futuros policías y les recordará la mística con la que entraron a la fuerza.

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