Opinión
Viernes 03 de Febrero de 2017

El debate sobre el claro borde entre profesión y delito, más allá del caso

La sorpresa y el impacto de la orden de detención de un abogado penalista dejaron un surco de plomo fundido en la tarde. Se sabía del estremecimiento que causaría la noticia. Por eso el Ministerio Público de la Acusación (MPA) trabajó 45 días en definir la acusación y la captura. La carga de la acusación para los fiscales es consistente y categórica. Habrá que esperar a verla.

Ningún caso preliminar merece conclusiones porque la evidencia no se conoce ni ha sido rebatida. Por eso parece conveniente no debatir sobre el caso en sí, sino sobre lo que produce semejante sacudón en los ámbitos tribunalicios, en el Colegio de Abogados, en el mundo político. Y lo que sacude es el hecho de que a menudo, sin hacer nombres propios, algunos penalistas dejan de lado su misión profesional para internarse en el campo del delito. Una cosa es el imprescindible rol de defender al acusado de un ilícito. Otra es cometer un ilícito al ejercer la defensa.

El MPA se propuso meterse con este asunto tan escabroso como conocido. Por eso el ramalazo. No solo allí saben que en el campo de los penalistas hay muchos que celebran que no haya impunidad con quien se pasa de la raya al ejercer su actividad. Y saben que algunos hablarán de ataque al ejercicio profesional de abogados, o de intento de crear una atmósfera de caza de brujas. Por eso están preparados para dar ese debate. "El que se atreva a la defensa corporativa va a quedar pegado a apañar un delito", dijo ayer un fiscal.

Es importante remarcar eso dejando de lado este caso que, como todos al inicio, tiene como acusado a un inocente mientras no se demuestre lo contrario. Ayer los fiscales decían que si un fiscal al trabajar comete un delito hay que perseguirlo. Lo mismo si es un defensor o un juez. Durante demasiado tiempo se hizo la vista gorda en un terreno en el que, como el judicial, todos los actores se codean diariamente. En el medio quedan flotando preguntas sobre los orígenes de los honorarios, las fronteras de la defensa, la delimitable confusión entre ser el abogado de un delincuente presunto o su socio. El debate es necesario. También dejar en claro lo que es inaceptable más allá de las palabras.

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