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Martes 17 de Junio de 2008

Polaco

Abrí la puerta, musité un parco buenas noches y el taxista me pidió permiso para subir el volumen de la radio. Aliviado porque me ahorraba una de esas habituales charlas sobre la inseguridad que muchas veces terminan en la fatídica frase “hay que matarlos a todos”, le dije que sí esperando un directo de Arjona en la mandíbula o un gancho de la Bersuit al hígado.

Abrí la puerta, musité un parco buenas noches y el taxista me pidió permiso para subir el volumen de la radio. Aliviado porque me ahorraba una de esas habituales charlas sobre la inseguridad que muchas veces terminan en la fatídica frase “hay que matarlos a todos”, le dije que sí esperando un directo de Arjona en la mandíbula o un gancho de la Bersuit al hígado.
Pero la voz que surgió de los parlantes, lejos de ponerme los pelos de punta, me hizo sonreír reconfortado. Y los recuerdos llegaron en bandada.

“Turbio fondeadero donde van a recalar
barcos que en el muelle para siempre han de quedar.
Sombras que se alargan en la noche del dolor,
náufragos del mundo que han perdido el corazón”.

El Polaco arrancó con “Niebla del Riachuelo” y el frío de la noche se llenó de lucecitas que entibiaban el alma. Cuando era pibe, fue gracias a su enorme talento que me enamoré del tango de manera prematura y definitiva. Como mi viejo tenía casi todos los discos (ahora se les dice “vinilos”), fui recorriendo uno tras otro los escalones que llevaban a la verdad: y es que Goyeneche, capaz de combinar dureza y ternura en las dosis exactas, cantó el tango con una intensidad y un equilibrio que sólo Gardel podía conseguir.
(El debate es eterno y acaso no tenga sentido darlo. Nombre va, nombre viene, cómo negar el valor de Rivero, Floreal Ruiz, Marino, Fiorentino, Sosa, Chanel y tantos otros. Pero sólo el Polaco era capaz de ponerse la letra encima como si fuera un traje hecho a medida).

“Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar,
barcos carboneros que jamás han de zarpar.
Torvo cementerio de las naves que al morir
sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir”.

Uno tras otro fui captando los matices de su búsqueda honda. Desde las épocas iniciales con Salgán hasta los primeros milagros con Troilo. Cómo olvidarse de esa obra mayor que es “A Homero”: “Fueron años de cercos y glicinas,/ de la vida en orsay,/ del tiempo loco”. Y junto a un amigo con quien armábamos gran dupla truquera, cantábamos y silbábamos y medíamos la sabiduría nocturna a partir de los conocimientos adquiridos en la enciclopedia del dos por cuatro. Los bares se abrían como manos generosas y ninguno quedaba sin explorar. Ginebra tras ginebra, nos íbamos haciendo hombres.

“¡Niebla del Riachuelo!
Amarrado al recuerdo
yo sigo esperando.
¡Niebla del Riachuelo!
De ese amor para siempre
me vas alejando”.

Aunque era en plena soledad donde tenía más valor la amistad profunda entablada con el Polaco. Cuando a veces el amor dolía tan a fondo que no había manera de contener el llanto, su sabia compañía nos ayudaba a capear la tempestad. Y aún ahora… Aún ahora.

“Nunca más volvió,
nunca más la vi,
nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí...
esa misma voz que dijo: «¡Adiós! »”.

Pagué, abrí la puerta y me sumergí en la noche.

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