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Domingo 05 de Julio de 2015

Pierre Lévy, el gurú high tech, pronostica una nueva revolución

En 1994, cuando la red era apenas un repollo, una novedad más, este filósofo tunecino le sacó brillo a su bola de cristal y predijo en su libro Inteligencia colectiva: por una antropología del ciberespacio la emergencia de las redes sociales. A veinte años de aquel pronóstico, vuelve a la carga y anticipa una nueva revolución científica, un escenario cibercultural marcado por la participación y la colaboración.

“No flashes, no flashes, please”, repite Pierre Lévy con aquella cordialidad excesiva que sirve para enmascarar una orden. En el auditorio aséptico de la Fundación Osde, a dos pisos bajo el caos en continuado del microcentro porteño, nadie quiere quedar en infracción ni desobedecer al tecnogurú tunecino, una de las estrellas de la escena cibercultural de los últimos veinte años que provoca en la sala que cuatro mujeres extasiadas, ya entradas en años, comploten en susurros para obtener el trofeo que vinieron a buscar: una selfie con su ídolo.
  Para cosechar tantos aplausos, tantas reverencias de aquellos que toman cada uno de sus eslóganes como palabra sagrada, a este escritor, filósofo y profesor del Departamento de Comunicación de la Universidad de Ottawa le bastó con mirar más allá de su nariz. Como un Nostradamus high-tech, Pierre Lévy lanzó una predicción. Y a diferencia de astrólogos y lectores de la borra del café, la pegó: en 1994, cuando internet —y sobre todo su cara pública, la web— recién comenzaba a extender sus tentáculos y a esparcirse como un virus por el mundo al ritmo del grito metálico de las conexiones dial-up, este viajero frecuente que se compara con Noam Chomsky y que defenestra a Umberto Eco como escritor predijo la emergencia de nuestro ecosistema informativo actual, aquel medio ambiente por el que transitamos dentro y fuera de las pantallas plagado de buscadores, entradas dudosas de Wikipedia, peticiones de financiamiento colectivo (crowdfunding), descargas y comunidades anónimas de subtituladores, perfiles de Facebook, el twitterverso y un sinnúmero de redes sociales que incitan también a la infoxicación, el empacho digital y los desgarros del ego. A este proceso, Lévy lo condensó bajo una etiqueta. Lo denominó inteligencia colectiva. “En verdad, no inventé yo este concepto”, confiesa ya a salvo del clamor de sus fans el propio  Lévy, invitado a Buenos Aires por la Organización de Estados Iberoamericanos y la Universidad Pedagógica (Unipe). “Lo inventaron las abejas y las hormigas. Yo sólo lo vi venir en nuestra cultura”.
—¿Se le ocurrió en un sueño?
—Ja, ja. No. Empecé mis investigaciones a fines de los 70. Me di cuenta de que había un extraño proceso sucediendo. Las computadoras comenzaban a conectarse a través de redes. Y entonces lo intuí: se venía una revolución cognitiva. En los ochenta, el conocimiento que producíamos estaba en la computadora. Por entonces, nos enorgullecíamos de la capacidad del disco rígido que teníamos. Luego, en una segunda etapa, comenzamos a hacer circular la información y tener una cuenta de e-mail se convirtió en algo valioso. Así, lo importante dejó de ser la computadora individual. El cambio vino con la interconexión de personas a través de computadoras. Hoy la información está distribuida en datacenters que ni siquiera sabemos dónde se encuentran. La información se volvió ubicua.

—Nos convertimos en seres planetarios: nuestra identidad digital (nuestras fotos, nuestros mails, nuestras conversaciones pasadas) recorre más kilómetros que los que recorreríamos en una vida. Siempre hubo inteligencia colectiva, ¿qué cambió con internet?
—Es verdad. Desde la invención de la escritura hace seis mil años, como especie transmitimos saberes de generación en generación. Somos una especie altamente social. Nuestra inteligencia es colectiva. Una de las principales propiedades de la mente humana es que, a diferencia de otros animales, manipulamos símbolos. Y las tecnologías nos potencian. Internet aumenta nuestra inteligencia colectiva. Y su poder es más importante que la imprenta: la red permite una comunicación transversal, en simultáneo, dentro de una sola generación.
—Estas tecnologías sirven también para viralizar videos de gatitos, decapitaciones terroristas, las frustraciones violentas de los comentaristas o trolls. No son acciones muy inteligentes.
—Inteligencia colectiva no es pensamiento grupal, no quiere decir que todos vayamos a pensar igual. La misma herramienta puede ser usada para algo estúpido o para algo interesante. Lo que digo es que nuestra cognición siempre ha ido aumentando gracias a herramientas tales como la escritura, el alfabeto, la imprenta, los medios electrónicos.

En cada uno de estos pasos en el progreso, las tecnologías han tenido una consecuencia en nuestro conocimiento del mundo, cómo lo pensamos y cómo vivimos. Cuando escribí el libro Inteligencia colectiva: por una antropología del ciberespacio en 1994, menos del 1% de la población mundial estaba conectada a internet. Hoy el 40% de la población mundial vive, piensa y sueña en la red. En diez años superará el 50%. Hoy hay más chinos conectados que estadounidenses. Vivimos en un momento de revolución en la manipulación de los símbolos. Una en la que tenemos la opción de decidir qué civilización queremos ser. Podemos usar este potencial para mejorar cómo vivimos o para seguir esparciendo estupideces. Es nuestra decisión.

—Otros autores que también se dedican a pensar la red como Nicholas Carr en su libro The Shallows, Evgeny Morozov en The Net Delusion y Jaron Larnier en No somos computadoras no son tan optimistas. Afirman que nuestra tecnodependencia nos está cambiando para mal.
—No se van a solucionar todos los problemas de la humanidad cuando todos estemos conectados. No se van a diluir las diferencias, no va a desaparecer la explotación. Seguirá habiendo conflictos. Yo no soy utopista. Soy optimista. Pienso que seremos colectivamente más inteligentes. Tenemos más posibilidades de colaborar y de expresarnos que hace veinte años. La creación colaborativa es mucho más fácil que antes. Ahora las herramientas de producción y distribución están en los bolsillos y en las manos de todos. Y así como la imprenta impulsó una revolución científica, nuestras tecnologías colectivas están impulsando una nueva revolución en ciencias sociales. En lugar de entender el funcionamiento del universo material entenderemos el funcionamiento de la mente humana, que es más compleja. Estamos desarrollando las herramientas para modelar, para mejorar la mente humana.

—Y usted que está tan acostumbrado a predecir el futuro, ¿qué es lo que se viene? ¿Cuál es el próximo paso?
—Lo que llamo la inteligencia colectiva reflexiva. Es decir, ser capaces de observar el proceso cognitivo que creamos juntos para manipularlo o dirigirlo. Vemos imágenes de internet como un gran árbol. Pero, ¿qué significa? ¿De qué habla la gente? ¿A qué se refiere la información que circula? Mi investigación es una búsqueda del significado. Estamos inundados de información, conocemos las conexiones, los flujos, las cantidades, pero el significado nos es esquivo. Es opaco. No es semánticamente transparente. Así como Noam Chomsky formalizó la gramática, yo estoy formalizando la semántica. Por ahora no tengo una compañía ni ofrezco servicios. Sé que suena loco, pero estoy acostumbrado.
—La red se ha vuelto nuestro símbolo del futuro. Cumple la función simbólica que ostentaron en otras épocas y para generaciones anteriores el reloj, la máquina de vapor y las plantas nucleares. ¿Se la puede pensar sin tener en cuenta las fuerzas que intervienen en ella?
—Internet es un terreno de poder. Antes el villano era Microsoft. Y antes de Bill Gates el malo era IBM. Hoy es Google. Pero Google pasará. El poder no dura mucho. No estoy muy seguro que los creadores de tecnología estén conscientes de las consecuencias culturales de sus herramientas. En los 90 imaginé una “Cosmopedia” porque vi que internet se estaba constituyendo no sólo como una plataforma de comercio sino como espacio del saber. En 2001, surgió Wikipedia y demostró que muchos individuos podían unir fuerzas, cooperar y lograr la construcción colaborativa del conocimiento.

—En su libro What Technology Wants, otro tecnogurú, Kevin Kelly, concibe a la tecnología como una fuerza, una entidad que utiliza a los seres humanos para reproducirse. Y el futurólogo Ray Kurzweil difunde su idea de la singularidad tecnológica como aquel momento en que las máquinas superarán en inteligencia a la especie humana. ¿Comparte estas visiones?
—Discrepo con Kelly y Kurzweil en un detalle: no creo que la tecnología sea ni vaya a ser alguna vez autónoma. Las máquinas no van a pensar nunca por sí mismas. No compro la idea de la singularidad. Los robots no van a conquistar el planeta. Las computadoras aumentan la cognición humana, la memoria, nuestros sentidos. Pero no tienen autonomía ni conciencia. Sí, creo que las computadoras dejarán de ser tontas y podrán manipular conceptos, interpretar la intuición. Hoy son buenas herramienta para colaborar y para pensar juntos. No es el software sino el programador el que es inteligente.

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