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Sábado 11 de Junio de 2011

Perú: porqué el modelo no ganó

Las elecciones del Perú dejaron mucha tela para cortar. En un país que crece a ritmos asiáticos desde hace 10 años el domingo pasado ganó con alguna amplitud (51,5% a 48,5%, un 3% de distancia) Ollanta Humala, un candidato con amplios antecedentes nacionalistas de izquierda y antimercado. ¿Cómo es posible, si la economía anda tan bien? ¿No debería haber ganado un postulante de seguras credenciales centristas y promercado? Ante todo, esto no ocurrió porque el antifujimorismo es una fuerza muy potente en el Perú: explica el apoyo enfático de Mario Vargas Llosa a Humala, así como el del ex presidente Alejandro Toledo, que podría proveer de ministros al nuevo mandatario, además de un vital apoyo parlamentario. Y la propuesta de Keiko Fujimori sólo puede calificarse de esperpento cavernícola. Que “los mercados” y su consabida escolta de think tanks y publicaciones de negocios la hayan apoyado sin pruritos lo dice todo sobre cuáles son los verdaderos genes del autodenominado “liberalismo” latinoamericano (un mundo más ocupado en el “coaching ontológico” que en la sociología y la politología).

Con sus valores más claros, los intelectuales liberal-democráticos como Vargas Llosa lideraron el rechazo de las clases medias urbanas al populismo de derecha  fujimorista. Este representa a un mundo abigarrado de pequeños comerciantes, taxistas y autónomos de Lima metropoliltana y la costa peruana. A su vez, los varios documentos firmados por Humala sobre su compromiso democrático y el cambio de su programa ante la autoridad electoral antes del ballottage explican que haya logrado seducir a buena parte del electorado centrista que hasta hace poco lo llamaba “cáncer” o “sida”, según la famosa descalificación de Vargas Llosa, formulada antes de cambiar el diagnóstico.

El 23% de Keiko en la primera vuelta muestra lo identificado que está ese “emprendedorismo” popular con el autoritarismo fujimorista, que es su expresión política desde hace ya 20 años. Se trata de estratos bajos y medio-bajos que exigen con la delincuencia común la misma “firmeza” mostrada con Sendero Luminoso en los años 90. Un reclamo de seguridad no por cierto propio del Perú, dado que existe en toda América latina. Y a la mano dura policial la aplican de hecho el centroizquierda de Lula y Dilma en Brasil, o, en una versión mucho más prolija y legalista, los cuatro gobiernos de la Concertación chilena. Pero sólo en Perú esta combinación de estratos populares que gozan de cierta prosperidad y del reclamo de seguridad tiene una expresión política acabada y consolidada. Aunque con ese núcleo duro no alcanzó para ganar, dado que no se sumó el voto centrista de la primera vuelta, repartido en aquella ocasión entre tres candidatos (Toledo, Pedro Pablo Kuczynski o “PPK” y Luis Castañeda). Se alega que esta división causó la derrota del mayoritario voto promodelo y centrista. Sigue sin embargo sin explicación porqué no pasó al menos uno de los tres al ballottage, o incluso dos, si el modelo suma tanto consenso como se sostiene.

En cuanto al voto humalista del interior, y que resultó decisivo para el resultado final, proviene como es obvio de ese tercio de la población que no sólo no está “incluida” socialmente sino que tampoco lo está geográficamente: vive en las sierras, en la Amazonia, sin comunicaciones físicas dignas de tal nombre ni servicios básicos. A ellos Humala les prometió cosas tan revolucionarias, tan de izquierda, como un hospital en cada provincia o llevarles el agua potable. Es que en estos diez años de auge económico los presidentes peruanos no tuvieron tiempo ni ganas de dedicarse a esas tareas, tan ocupados estaban en llevarse bien con el establishment y los ejecutivos de las mineras. Ante esta total desvinculación de la prosperidad, que ven allá lejos, en la costa y en Lima, estos electores del interior tuvieron un gesto radicalizado en la primera vuelta del 10 de abril: votaron al “primer Humala”, el previo al giro centrista. Fue ese 31% que juntó el militar retirado aquel día. Y en el ballottage del pasado domingo, en Ayacucho, Arequipa, Tacna, pero también en la Amazonia, Humala alcanzó resultados arrasadores.

Ya presidente electo, Humala tendrá como desafío llevarles a sus votantes esos servicios públicos básicos que nunca tuvieron. Pero, en un segundo paso, debería lograr algún modo de conectarlos con la economía abierta y dinámica del “otro” Perú. Por ejemplo, en lugar de hacer clientelismo populista como su ex aliado Chávez, impulsar emprendimientos agrícolas con créditos blandos a cooperativas campesinas. Es que, como casi siempre pasa en América latina, el problema no es tanto el capitalismo sino la total ausencia de él; no las tensiones sociales propias de la economía de mercado sino las de una sociedad que ha quedado al margen de ella. Si se observan bien los procesos radicalizados de estos años en la región, surgieron en países que mantienen a fracciones mayoritarias de su población sin poder acceder a los sectores avanzados de la economía.

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