Opinión
Domingo 15 de Mayo de 2016

Peronismo, un pez fuera del agua

Claves. Los 12 años de kirchnerismo convirtieron al PJ en la nada misma. Brilló ahí con intensidad un sello que va perdiendo ahora espesor: el FpV. Sin liderazgo visible, la oposición peronista no podrá volver al poder.

Para el peronismo, hacer política afuera del poder es como para un pez estar fuera del agua.

Los 12 años de gobiernos kirchneristas convirtieron al Partido Justicialista en la nada misma, apenas en un sello vergonzante que flotaba bajo la estructura concebida por la pareja matrimonial y política que llegó desde el sur: el Frente para la Victoria (FpV).

Pero como todo cambia, hoy ese instrumento hasta ayer todo poderoso perdió influencia y va camino a seguir perdiéndola. Para que nadie crea que es esta una elucubración propia de los adversarios, de "la derecha" o de una conspiración, bien valen los dichos del jefe político del Movimiento Evita, Fernando Chino Navarro, quien consideró que el Frente para la Victoria es una "herramienta agotada" y pidió "reemplazar" la figura de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner como conductora del espacio.

Ese microestallido en el interior del FpV es, apenas, un detalle si se amplía el zoom analítico al peronismo todo. Hoy no hay en el PJ un liderazgo claro ni visible, y tampoco lo habrá, al menos hasta después de las elecciones legislativas de 2017. Pese a todo, individualmente, nadie tiene mucha más adhesión que CFK.

El PJ, sin líder. El peronismo siempre se amolda a los ismos internos que llegan al gobierno. Así pasó con el menemismo durante una década y así transcurrió con el kirchnerismo desde el 2003. En ambos casos, el proceso de cooptación interno sobrevino por liderazgos concentrados, tales los casos de Carlos Menem, Néstor y Cristina Kirchner. Hoy, no asoma en la superficie ningún apellido capaz de construir un nuevo ismo superador.

El que mejor se anota en las encuestas es Sergio Massa, pero el tigrense ni siquiera juega con la sigla del PJ. En el interior del massismo se juega por estas horas, aunque no haya trascendido, un partido de resultado nada previsible.

Hay un sector del Frente Renovador bonaerense que se siente cómodo con los lugares que le ha tocado en el reparto del gobierno de María Eugenia Vidal y que lee en las encuestas que buena parte de la imagen positiva que cosecha Massa se debe al apoyo brindado al Ejecutivo de Cambiemos.

Como ya se ha publicado en esta columna un par de veces, en ese reservorio massista plantean que no tiene demasiado sentido romper lanzas con Vidal para ir a jugar una final del mundo en las elecciones legislativas de 2017. "No puede perder Vidal, pero tampoco (Sergio). ¿Para qué nos vamos a destrozar si podemos evitarlo?", razonó un histórico dirigente bonaerense, ahora del Frente Renovador.

Tan cerca, tan lejos. El que primero tomó la decisión de ir en busca de un camino propio es Joaquín de la Torre, quizás el mejor dirigente que abrevó en el espacio que conduce el ex intendente de Tigre, quien se deshizo en elogios hacia Vidal. El razonamiento que sobrevuela allí es el siguiente: "(Daniel) Scioli fue un desastre como gobernador y tuvo la mejor imagen. Por poco que haga esta chica (por Vidal) los bonaerenses se lo van a reconocer".

Pero adentro de las filas massistas también existe un sector poco proclive a los acuerdos con los macristas. En esa dirección también suele jugar Felipe Solá, pero con el ex gobernador bonaerense nunca nada es definitivo, como lo demuestra su currículum reciente.

Massa se columpia entre las dos posiciones, a veces vota con el gobierno, otras se pronuncia en contra. ¿Creerá que hay otra "ancha avenida del medio"?

El caso de Juan Manuel Urtubey es diferente. El gobernador salteño no tiene los índices de popularidad de los que goza Massa y produce barquinazos aun más ostensibles que los del líder del Frente Renovador. Urtubey fue asiduo concurrente y aplaudidor de los actos que organizaba Cristina, apoyó hasta el fin la candidatura de Scioli y ahora defiende a rajatabla las decisiones que toma Macri.

Y aquí aparece, el factor de poder más visible que tiene hoy el peronismo: el de los gobernadores. La relación del gobierno nacional con ellos fluctúa entre alzas y bajas.

En menos de 30 días la Casa Rosada pasó de imponerse en el Senado —ámbito legislativo delegativo de los gobernadores— por 54 a 16 en el tema de los holdouts a besar el polvo de la derrota con la ley antidespidos por 48 a 16. Pero nada es para siempre luego de finalizada la luna de miel.

Todo el tránsito de la gestión empezará a tener un objetivo de estricto pragmatismo: ganar las elecciones de medio mandato, las que podrían dar un indicio del futuro político de Macri y de Cambiemos. En ese tablero jugarán Macri, Vidal, Massa, los gobernadores, el kirchnerismo. Y todos los demás también.

Pero al margen de los caciques políticos del peronismo, hoy en la difícil tarea de arroparse fuera del poder, lo que Macri deberá tener bajo control es el sindicalismo, la CGT. No podría decirse jamás que el macrismo —al fin, el gobierno— perdió el control de la calle, porque jamás lo tuvo.

La plata y la calle. Desde el gobierno nacional conversan con los popes sindicalistas mucho más que lo que se publica. En un informe de la consultora Nueva Mayoría, se reveló en las últimas horas que se volcarán a la salud los 30.000 millones de pesos retenidos por el kirchnerismo a las obras sociales. Esa sería la llave de un acuerdo que modere la ley antidespidos, pese a que el kirchnerismo insiste se apruebe el mismo acuerdo votado en Senadores.

Es un momento político en que todos comenzarán a conversar con todos, porque nadie tiene en la oposición un trébol de cuatro hojas capaz de disciplinar al resto. En ese oleaje, el gobierno nacional saca su mejor ventaja, confronta con los aparatos simbólicos del kirchnerismo y se regocija con los escandalosos efectos de los negociados de la obra pública en tiempos de Néstor y Lázaro Báez o los trastornos judiciales que pesan —y pesarán— sobre Cristina Kirchner.

Pero así como no hay luna de miel que dure medio año, no existirá política de ajuste económico que pueda soportar la inexistencia de un horizonte diferente en el corto plazo.

El gobierno apuesta todos los plenos al "segundo semestre" como una muletilla que se ha convertido en la excusa perfecta para evitar seguir justificando brutales tarifazos y aumentos de precios, cuando el efecto de las paritarias ni siquiera han llegado a la mayoría de los bolsillos de los trabajadores.

Ese pronóstico de mejoría en salarios, inversiones extranjeras y caída de la inflación deberá cumplirse sí o sí para que Macri tome un envión necesario, aunque las encuestas hoy le sigan sonriendo en términos generales.

Cuidado con el mal uso de las expectativas: se convierten en un boomerang.

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