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Domingo 01 de Junio de 2008

Periodista

Creo que porque se acerca el 7 de junio y el Día del Periodista, una amiga que trabaja como maestra integradora estuvo hablando con sus alumnos de 5º grado sobre el tema. Ella les contó que tenía una amiga "periodista" (que vendría a ser yo) y los chicos le pidieron mi mail para escribirme...

Creo que porque se acerca el 7 de junio y el Día del Periodista, una amiga que trabaja como maestra integradora estuvo hablando con sus alumnos de 5º grado sobre el tema. Ella les contó que tenía una amiga "periodista" (que vendría a ser yo) y los chicos le pidieron mi mail para escribirme. Le expliqué a mi amiga, en esencia, algo de lo que escribo más abajo. Pero ella me dijo que se le haga "corta"; me exigió que le escriba mi mail en un papel, así sus alumnos me contactan. Lo hice, pero les aseguro que sentí un poco de vergüenza.

Es que una trabaja y mucho en esta profesión, pero ser periodista, con todas las letras... es una palabra mayor que no todos alcanzamos. Es como decir que ahora con las máquinas digitales todo el mundo saca fotos... pero, ¿todos son fotógrafos? O que cientos de miles escriben... pero no todos son escritores. ¿Se entiende?

Son muchas las personas que piensan, cuestionan y preguntan sobre lo que pasa, molesta, sensibiliza y hasta parece una reverenda estupidez. Pero lograr todo eso con rigurosidad periodística, transmitirlo clara y entretenidamente a otros antes de que se duerman y, en el mejor de los casos, con un bello sentido estético, es otro cantar.

Es más. Algo que para mí sólo logran los verdaderos periodistas es ser autocríticos más allá de los años de profesión. Es poder mirarse el pupo en este reino de las vanidades; aceptar debilidades y contradicciones. Y, además, poder ctiticar y denunciar actitudes para nada éticas de los pares, siempre con nombre y apellido, sin miedo a ser infiel a la corporación.

Encuentro dos notas que vienen a cuento. Una, escrita por Rodolfo Montes y Andrea Grassi para el suplemento Con Tacto de La Capital, en abril de 2007. Allí Jorge Lanata admitía que tenía siempre un serio debate entre ser periodista y ser persona. “Hay momentos en que quiero mandar a alguien a la mierda, pero me digo que no puedo porque soy periodista y tengo que respetarlo. A veces me gana la persona y lo mando a la mierda. Después se arman polémicas sobre qué está bien y qué está mal.  No hago una apología del equilibrio”.

Pero, además, en ese artículo Lanata echaba por tierra con las imágenes del periodista justiciero, del que debe hablar de todo, y del impoluto. “Nuestro laburo es contarle a la gente lo que sabemos y podemos probar. El periodista no es la Justicia , y no puede detener a ninguna persona. Mi laburo termina en haber publicado la nota. (...) Nosotros haciendo periodismo perdemos mucho tiempo hablando pelotudeces. Y si tengo tiempo para leer y escribir, voy a poder pensar en cosas un poco más importantes. Los medios dan una realidad muy fantasiosa. La gente no habla de las internas políticas, sino del amor, la muerte, la vida. (...) El periodismo es igual de corrupto que la política: hay periodistas que hacen lobby, gente que vende notas, gente que hace prensa".

La otra nota es al periodista y escritor español Alex Grijelmo. “El vicio más común de los periodistas es la pereza mental, se está cada vez más en las redacciones y se abusa de la nota telefónica”, decía a La Capital en 2004 y en el marco del Congreso de la Lengua, el por entonces presidente de la agencia EFE.

Grijelmo habló en esa oportunidad de los errores sintácticos y léxicos en el periodismo, del uso innecesario de palabras en inglés que tranquilamente se podrían escribir en español y criticó a quienes entregaban las notas sin corregir: los acusó de cometer una "renuncia" sobre el texto. Pero también se explayó sobre la “soberbia” periodística.

Para él, los editores jefes deben despojar al periodista de su vanidad: sostiene que se debe contar una crónica sin protagonismo, sin escribir un sólo yo, todo en tercera persona. "Ni hace falta que se diga que se estuvo allí”, desafiaba Grijelmo. Y como un adagio agregaba que a una buena nota nunca debe faltarle información: "Siempre hay que ponerse en los zapatos del lector".

Nada menos. Se los dije, esa palabra de diez letras es muy grande.

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