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Sábado 19 de Septiembre de 2015

Periodismo militante: Hungría y Argentina

En foco. Cuando quienes pierden el rumbo y no toman distancia de los acontecimientos sobre los que tienen que informar u opinar protagonizan situaciones como la camarógrafa húngara, que con zancadillas impedía a los refugiados sirios entrar a su país. Esa deformación profesional también se advierte en la Argentina.

Otra imagen vinculada al drama de los refugiados sirios que pugnan por llegar a los países más desarrollados de Europa sacudió al mundo tanto como, hace un par de semanas, la del niño muerto en una playa turca.

Esta vez, una camarógrafa de un canal de TV húngara fue paradójicamente filmada por uno de sus colegas cuando derribaba con una zancadilla a un hombre que con un niño en brazos desbordó el cordón policial que intentaba impedir a los refugiados avanzar hacia Hungría desde la frontera con Serbia. Igual actitud tuvo después con una niña, a la que no logró tumbar.

Después se supo que se trataba de una periodista llamada Petra Laszlo. Su actitud de hacer caer a los refugiados que huían fue conocida por el mundo entero porque Stephan Richter, un colega de un canal de televisión de Alemania que también estaba en el lugar, publicó esas terribles imágenes vía Twitter.

La emisora donde trabaja Laszlo (ya fue despedida) se ubica ideológicamente en la derecha húngara nacionalista y en general es vocera de un partido de extrema derecha llamado Jobbik, que apoya al primer ministro conservador Viktor Orbán. Laszlo, que también milita en la derecha de su país, xenófoba y filofascista, no supo distinguir entre su trabajo profesional y su pasión política e ideológica. A tono con la repulsa que seguramente le genera la ola de musulmanes que escapan del Medio Oriente, no sólo los filmaba sino que, como una policía de frontera más, trataba de impedir que “invadan” Hungría. En realidad, los migrantes querían llegar a Austria o Alemania donde reciben mejor trato.

Más tarde, la camarógrafa húngara pidió perdón por lo que había hecho, negó ser racista y se justificó porque dijo haber entrado en pánico. “Es difícil tomar decisiones correctas cuando uno está en pánico y yo no pude hacerlo”, dijo Laszlo a través de una carta que envió a un diario y también por las redes sociales.

Seguramente de nada le sirve esa explicación a Osama Abdul Mohsen, y a su hijo de 7 años que llevaba en brazos, cuando la zancadilla de Laszlo hizo que terminara en el piso y humillado. Osama venía escapando del caos en Siria, tiene 51 años y antes de la guerra civil era entrenador de fútbol. Se había refugiado en Turquía, donde apenas ganaba 10 euros al día para la subsistencia de toda su familia. Por eso resolvió seguir camino a Alemania en busca de mejores condiciones de vida. Después del incidente, fue acogido por España y volverá a ser técnico de un equipo de fútbol cerca de Madrid.

No uno sino muchos de los sirios que finalmente pudieron llegar a Alemania denunciaron que los húngaros los trataron con extrema dureza y sin ninguna consideración humanitaria.

Es que Hungría no tiene, precisamente, para exhibir un buen récord histórico en esa materia. Su política de alianzas a lo largo del siglo pasado la vieron integrar el imperio austrohúngaro, luego fue aliada de los nazis alemanes y fascistas italianos en la Segunda Guerra Mundial y más tarde parte del bloque soviético. Ahora, con un gobierno conservador sostenido por una putrefacta derecha nacionalista, está dentro de la Unión Europea.

Dos momentos dramáticos registra su historia en el siglo XX: la invasión rusa de 1956 que impidió el levantamiento de los sectores antisoviéticos y que derivó en miles de húngaros refugiados que debieron emigrar del país. El otro fue años antes, cuando deportó a miles de sus ciudadanos de origen judío y gitano en consonancia con las leyes raciales alemanas de Nuremberg. El trabajo lo completó Eichmann en 1944 cuando Hungría ya había sido invadida por los nazis y desde allí organizó los transportes hacia los campos de exterminio en Polonia.

La camarógrafa húngara, probablemente de no más de 40 años de edad, no vivió esos hechos históricos de su país, pero seguramente los ha interiorizado de una manera distorsionada al ser parte de una organización política que pretende repetir la historia, como si esa región de Europa no conociera lo que significa la intolerancia y la destrucción de la guerra.

En la Argentina. La deformación profesional que protagonizó Petra Laszlo en Hungría al involucrarse en la acción concreta contra lo que considera contrario a su posición política y militante no es nada extraño en la Argentina, donde el periodismo atraviesa una de las peores crisis éticas de las últimas décadas.

Con la reinstauración de la democracia en el país en 1983, tras años de censura militar y prohibiciones, se produjo un resurgir del periodismo de investigación y de opinión con la aparición de nuevas publicaciones que se sumaron a las que ya circulaban y que se habían podido sacar la mordaza represiva. Fue durante esos años que el periodismo se había convertido en uno de los sectores de la sociedad más creíbles y que cumplía cabalmente su función: desenterrar informativamente lo que se había querido ocultar, ser generadora de cultura y formadora de opinión, pero en un marco de pluralidad ideológica que puso en manos de la sociedad una variopinta oferta sin mensajes únicos ni verdades reveladas.

Ese bagaje profesional y ético que contribuyó a la democracia a transitar sus primeros años se fue perdiendo lenta pero inexorablemente cuando el periodismo comenzó a ser partícipe más directo en su relación con el poder y con la toma de posición, casi irreflexiva, sobre políticas públicas que en realidad disfrazaban intereses sectoriales.

El periodismo argentino llegó a tener en la década del 90 uno de los índices de mayor confianza entre los argentinos, tal vez porque quienes tradicionalmente fueron generadores de certidumbre y valor moral, como la Justicia y la Iglesia, habían tenido institucionalmente un papel poco decoroso durante la dictadura. Lo mismo que el periodismo de esos años, que en algunos casos fue cómplice del genocidio, como cuando se publicó en una revista de circulación nacional una entrevista apócrifa a una mujer detenida-desaparecida que una patota de la Armada había sacado de la Esma y la trasladó para la “nota” a un bar del barrio porteño de Belgrano, donde se simuló que estaba en libertad y arrepentida por lo que habían hecho sus hijos.

Sin llegar a ese extremo, el periodismo de la última década, especialmente el de nivel nacional, volvió a su peor condición porque se apartó de su rol, de la valoración objetiva de las circunstancias y ha producido todo lo contrario a su esencia al ocultar o deformar la realidad de acuerdo a su interés militante, sea por ideología, por favores económicos o por simples prebendas y migajas de la corrupción.

Ni en este país está todo mal y putrefacto como asegura la prensa opositora, ni tampoco es un jardín de rosas donde no hay pobreza, marginalidad o corrupción, como se quiere mostrar desde los medios oficialistas. Ambos analizan, por conveniencia estratégica, la realidad sin matices y por eso no se puede admitir –desde el oficialismo mediático– que el vicepresidente Amado Boudou, además de sus actuales causas judiciales, ya tenía manejos dudosos antes de asumir el cargo. Las sospechas sobre su divorcio, cuando aparentemente adulteró documentación para dejar afuera de la división de bienes con su ex esposa un vehículo que formaba parte del patrimonio matrimonial, es una situación de poca monta pero que años después sería el norte de una modalidad “trucha” de su conducta.

Desde la prensa opositora, acostumbrada siempre a influir y convertirse en poder real, se ha tratado esta dos últimas semanas de explicar lo inexplicable en el affaire de Fernando Niembro, un periodista-empresario vinculado al fangoso mundo del fútbol, funcionario del gobierno menemista y ahora renunciante primer candidato a diputado nacional en la provincia de Buenos Aires por el PRO. No hubo forma de minimizar el escándalo por la transferencia de 23 millones de pesos en tres años que el gobierno de Macri hizo a una empresa de Niembro en decenas de contrataciones directas por invisibles prestaciones. ¿Ese pago fue el monto acordado para la “compra” de su candidatura? ¿Hubo otras en el resto del país?

Boudou y Niembro son sólo la punta del iceberg y el paradigma de una Argentina farsante.

Ni allá ni aquí. Ningún país puede funcionar con una prensa militante que se aparte del pensamiento crítico y la honestidad intelectual. Es tan vergonzosa la zancadilla de la camarógrafa húngara como la realidad que exhibe parte del escenario mediático argentino, que lejos de generar un periodismo crítico y reflexivo de calidad se alinea a los intereses de los dos grandes sectores en pugna.

Nada bueno se puede esperar de este enfrentamiento, sólo basura comunicacional.

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