Ovación
Martes 25 de Octubre de 2016

Perfiles y contrastes

Todo por un gol en tiempo de descuento. Los clásicos sacan a la luz lo mejor y lo peor.

El resultado de un clásico no es lo más importante, es lo único. Altera los estados de ánimo al punto de modificar los comportamientos tradicionales. El gol de Maxi in extremis el domingo en el Gigante actuó como disparador para que el bajo perfil de Osella trepara hasta las nubes y el de Coudet descendiera hasta los infiernos. Una exageración bien de estilo futbolero, pero muy representativa de lo que significa ganar y perder un partido de semejantes características.

"Yo me recibí de técnico creo que en 2003. Lo demás es humo", descerrajó desconocido el DT leproso al final del partido en clara alusión a la sentencia del Chacho tras su victoria en el Coloso cuando dijo que se había recibido de técnico. Y del otro lado, casi un pollito mojado irreconocible, imposible de relacionar con la verdadera personalidad del entrenador de Central. Un clásico saca a la luz lo mejor y lo peor.

De repente, los cambios de Coudet lo ponen en el banquillo de los acusados como nunca antes le había sucedido. En un santiamén, justamente después de ganar casi de casualidad en una jugada aislada que no tuvo ninguna vinculación con el partido, los cuestionadores de Osella se transformaron en adoradores y a ningún leproso se le ocurre hoy siquiera amagar con alguna crítica por el flojísimo primer tiempo rojinegro que pudo terminar con la suerte del partido.

Así son los clásicos, se ganan y punto. Muchas veces sucedió al revés. No es propiedad de Newell's, Central también festejó unos cuantos casi de chiripa y a nadie se le ocurrió escudriñar sobre los planteos, bondades y merecimientos. El que así lo hace desconoce la génesis de semejante contienda.

De repente, el ganador tiene prácticamente saneada su relación con el público por el resto del torneo y el perdedor es sometido a asamblea cada vez que sale a la cancha. No es un defecto rosarino, así son todos los clásicos.

Hoy, la millonada que gastó Central para armar el plantel de mayor presupuesto de su historia es observada de reojo a punto de ser considerada un defecto.

Las críticas a la comisión directiva rojinegra por la humildad de los refuerzos contratados ahora se transformaron en reconocimiento a una dirigencia que en realidad hizo lo que pudo con una partida más que precaria. Los argumentos que no consiguieron con su prédica, florecieron de manera repentina con el gol de Maxi Rodríguez.

La emoción canalla por la llegada de Teófilo Gutiérrez empieza a transformarse en una pesada carga y muchos de los simpatizantes que atoraron las redes sociales de orgullo cuando se consumó el pase ya empezaron a soltarle lentamente la mano porque el pobre Teo no da pie con bola. Si no le salen las cosas, en el próximo partido recibirá silbidos. No es una adivinanza, son las inclemencias posteriores a un clásico perdido.

¿Y Maxi? ¿El atribulado y maltratado Maxi? Hoy es casi un Dios. El propio Rodríguez ubicó al gol del domingo a la par del que le hizo a México en el Mundial 2006 y del penal que depositó a Argentina en la final del Mundial de Brasil.

Pocrnjic subirá por unos meses al altar del Gringo Scoponi después de que la mayoría de los hinchas leprosos mirara con desconfianza su regreso a la institución.

Así son los clásicos, plagados de contrastes. Un equipo sin delanteros puede ganarle a uno que pone a cuatro juntos para ganarlo. Un córner pasado puede ser cabeceado por el más petiso de los postulantes y la pelota recorrer toda el área hasta llegar al pie del ejecutor del tiro de esquina que colocará la pelota con jerarquía en el segundo palo. Un defensor pedido por los hinchas puede transformarse en el peor de los desclasados por haber generado un córner innecesario.No debería ser así, pero es.

En la euforia desproporcionada de los hinchas de Newell's también se comprende todo lo que hay en juego en un clásico.

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