Escenario
Martes 16 de Agosto de 2016

Perdedores que apuestan al humor para bajar la angustia

"Jugadores" debutó en El Círculo con una propuesta divertida, pese a una trama poco sólida. Con actuaciones de lujo, sobresalió Luis Machín.

El juego es entretenimiento, es terapéutico, con más o menos pasión y más o menos vicio, pero se dirime por una franja infranqueable: ganar o perder. "Jugadores", la obra de Pau Miró que se presentó ayer y el domingo en El Círculo, hace foco en el derrotero de cuatro amigos que, más allá de alguna que otra alegría aislada, son básicamente perdedores. Con magistrales actuaciones de Luis Machín, Daniel Fanego, Jorge Suárez y Osmar Núñez, en ese orden, la puesta tuvo su punto más alto en la impronta expresiva de los protagonistas, pero mostró su lado flaco en el nudo dramático, que no llegó a plasmarse adecuadamente. De todos modos, "Jugadores" es una propuesta valiosa: porque contrarresta la angustia de los personajes con un humor disparatado y reparador. Para inyectar el veneno de la risa a la tristeza de los corazones en llamas.

Un devenido sepulturero (Machín), un actor postergado (Núñez), un peluquero sin clientes (Suárez) y un profesor caído en desgracia (Fanego) se reúnen para celebrar la amistad, pero también para pasarse facturas pendientes y, claro, para jugar al póker sobre el paño verde.

Aunque el momento de la apuesta y la timba no gana minutos en escena, sobrevuela la historia esa necesidad de los cuatro personajes de ganar un mango para salvarse.

Esa salvación, a priori monetaria, parece el pasaje directo para volar hacia la felicidad. Un país de difícil destino, casi inaccesible. Es que el presente de cada uno ellos, que hasta perdieron el nombre en la búsqueda de su razón de ser, aparece como bombardeado. O, mejor dicho, dinamitado por carencias propias y limitaciones ajenas, en un combo explosivo en el que nadie puede levantar cabeza, sobre todo por los pocos logros personales, profesionales y afectivos en un sistema que los expulsa cada día más.

El sepulturero vive enamorado de Irina, una prostituta ucraniana, que bien podría ser producto de su imaginación, pero es la única que le da momentos de placer. El actor roba en los supermercados en búsqueda de sensaciones extremas, pero en verdad lo hace para escaparle a la angustia que le genera rebotar en todos los castings que se presenta. El barbero no sólo debe soportar quedar afuera de la sociedad en la peluquería, sino que lo maltrate el nuevo dueño y que su mujer lo engañe. Y el profesor, que vive atormentado por el recuerdo de su padre recientemente fallecido, no tuvo mejor idea que partirle la cabeza a un alumno de un sillazo por una discusión matemática.

Este incidente del hombre más culto del grupo disparará una situación traumática que desembocará en otra más compleja aún. Y es que para pagarle una suma importante de dinero a la abogada que salvará el buen nombre del docente habrá que conseguir plata fresca. Y como los planetas no están alineados para ganar en la timba habrá que inventar otra idea, tan loca como la locura de los personajes: robar un banco.

El único problema de la obra, quizá lo más criticable en la dirección de Nelson Valente, es que ese conflicto tarda mucho en aparecer. Y cuando surge se resuelve demasiado rápido, como que nudo y desenlace tienen poco espacio entre sí, lo que le resta peso dramático.

Sin embargo, el oficio de Machín, que ofrece una galería de recursos histriónicos altamente efectivos; y la cintura actoral de Fanego, Suárez y Núñez allanan el camino para soslayar algún desajuste de la trama y permite viajar sin escalas hacia la risa franca.

Una manera sanadora de hacerle pito catalán a la angustia de estas criaturas y, aunque se trate de cuatro perdedores, ganar el último juego con la carta de la alegría.

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