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Domingo 02 de Octubre de 2016

Pensar mucho no es tan bueno

¿Por qué nos enredamos en los pensamientos? Reflexionar puede ser muy positivo pero divagar también tiene sus beneficios. ¿Es posible que el cerebro descanse? Pautas para tener una cabeza saludable.

El cerebro creó al hombre: así podríamos empezar esta reflexión. Fue la evolución la que nos dotó en algún momento del cerebro que hoy tenemos, una máquina increíble que puede procesar datos de una manera superior a cualquier computadora que exista al día de la fecha. Nos fuimos alejando de nuestros primos, me refiero a los monos, cuando el desarrollo de la corteza prefrontal, fundamentalmente, ganó un lugar de privilegio en la evolución. Esto lo cambió todo para nosotros, dado que fuimos aprendiendo a ensanchar la experiencia del tiempo en un pasado remoto, un presente y un futuro muy lejano, a anticipar las cosas que pudieran llegar a suceder en función de lo ya vivido, a reflexionar, a construir valores y la moral, a demorar los impulsos, a modular las emociones, a construir naves espaciales y a inferir con total precisión cuándo una estrella colapsará para convertirse en un nuevo agujero negro en el cosmos.

   Pensar, reflexionar, razonar o como elijamos decirlo se convirtió en una conducta muy bien valorada en algún momento de la historia de la humanidad, especialmente en aquella era en la que las urgencias comenzaron a desaparecer, cuando la comida empezó a estar garantizada, el techo, el abrigo y la protección frente a los depredadores. Allí la mente comenzó a tener mucho tiempo libre. Y lo usó para pensar. Reflexionar mirando el cielo. Escribir poesías revisando la belleza de una flor. Inferir el origen del universo observando las estrellas. Construir dioses frente a las tormentas que azotaban la tierra amenazando la estabilidad alcanzada. Pensar.

   Es imposible no considerar las enormes ganancias que esta actividad mental nos permitió, pero también vale evaluar las pérdidas. Las voy a repasar de manera superficial, pidiéndote que te animes a tenerlo presente y explorarlo en tu propia experiencia. El pensamiento puede ser engañoso, inventando cosas, trayendo al presente recuerdos muy distorsionados o imaginando cosas que no tienen por qué suceder en lo más mínimo. Con apenas un puñado de datos que sabemos construimos teorías, describimos a las personas, juzgamos o decimos saber qué va a pasar la semana próxima. Además, el pensamiento está cerrado a las propias experiencias, a lo que creemos saber, a lo que puede entrar en el molde de nuestra razón. Todas las cosas que queden por fuera de estos parámetros, entonces serán desestimadas, devaluadas y echadas a la basura, sin formar parte de la creación de nuevas opiniones o posturas. Y esto es también un gran riesgo. El pensamiento viaja en el tiempo con un pasaporte siempre abierto, saltando del pasado al futuro sin mayor esfuerzo o dificultad. Es una gran capacidad del cerebro alternar estos tiempos, pero justo aquí se levantó una gran traba: no sabe estar en el presente, volcado enteramente en la experiencia actual. Y por último, sólo para no extenderme más, la mente siempre gira en torno a las necesidades, cíclicamente, deteniéndose ahí cuando están presentes o construyéndolas cuando no lo están. El pensamiento sigue la cola de los problemas y conflictos como un sabueso a su presa, sin perder el rastro.


El cerebro nunca para


El cerebro no se detiene nunca, siempre marcha. Y su actividad fundamental es pensar. Recibir los estímulos percibidos por los receptores de los distintos sentidos, relacionarlos, aportar valoraciones propias del mundo interno, construir categorías, medir, evaluar, juzgar, anticipar. Su actuación fue y es importantísima en la evolución, dado que nos regaló mayores y mejores capacidades de adaptación y supervivencia, dado que, apoyados en el vasto depósito de recuerdos que almacena, supo y sabe anticiparse a futuras necesidades y dificultades. Pero no para. Y eso no está tan bueno: hoy nos quedamos entrampados en este accionar. No lo podemos frenar. Si están satisfechas las urgencias, entonces la mente seguirá buscando nuevos problemas para intentar resolver. Y si no están en el tiempo presente, entonces los irá a construir en un futuro posible. Nunca dejar de pensar. Esta cláusula del cerebro es un callejón sin salida.

   El perro se echa en el pasto a disfrutar del atardecer cuando tiene la panza llena y un par de huesos enterrados. Como lo hacen todos los animales. Y aquellos que tienen la posibilidad de sentir emociones, como sucede con todos los mamíferos, pueden sentirse bien en ese instante, sin pensar en nada, sin sufrir miedo por cosas que podrían pasar pasado mañana o enojo por algo que pasó quince años atrás. ¿Lo podés ver?

   En neurociencias hablamos de una "red por defecto". Cuando no estamos haciendo particularmente nada, es decir que no estamos concentrados en una actividad, la mente divaga: en términos técnicos sabemos que se activa una red denominada red default, deambulando el pensamiento a su propia voluntad. Esta red busca sus contenidos con independencia de nuestra intención, por esto viaja a donde quiere... lugares que muchas veces nosotros mismos no queremos.

   Cuando no nos centramos con esfuerzo en una actividad, entonces el control voluntario deja lugar a este viaje del que sólo somos testigos: la mente salta de una cosa a la otra. Hasta que se engancha con algo que nos asusta, preocupa, enoja o nos angustia. Y ahí, finalmente, mordemos el anzuelo.

¿Es posible escapar?

No creo que detener el funcionamiento del cerebro sea un buen objetivo: eso llega sólo el día que ya no estamos acá. Pero sí es posible cambiar su funcionamiento, y esto ha sido demostrado en vastos estudios e investigaciones a lo ancho de nuestro mundo. Intentaré trasladarte algunos tips o sugerencias para comenzar a hacerlo, empezando por contarte que no es una empresa sencilla y que lleva mucho tiempo, que demanda mucha atención, esfuerzo y disciplina. Si estas palabras no te acobardan, entonces empezá ahora mismo. Pensar en la medida justa: es necesario dedicar un tiempo para reflexionar sobre las cosas que nos suceden, lo bueno y lo malo. Pero procurá que sea sólo el tiempo justo, no más, no menos. No vuelvas a abrir mil veces aquello que ya pensaste con detenimiento. Animate también a sentir más, a dejarte llevar por tus intuiciones, tus corazonadas. Al menos dales un lugar a la hora de tomar decisiones. Los problemas son árboles, no el bosque: cuando detectes que tu mente, una y otra vez, te pone de carnada un conflicto y vos lo mordés, entonces sacate el anzuelo y movete a otra cosa. Revisar nuestros problemas es una actividad responsable y necesaria, pero siempre que el problema no se transforme en todo. Da unos pasos para atrás para ver que hay otras cosas también en el bosque, sacá el foco de ahí. No busques controlar todo: es una intención de nuestra mente poder controlarlo todo, conocer al detalle las cosas que pasan y podrían pasar para evitar impredecibles, para escapar de la incertidumbre. Mala estrategia: mejor soltá un poco las amarras, dado que es imposible lograrlo. Por más vueltas que le des, nunca vas a poder controlar más que algunas pocas variables. Centrate en el presente: el único tiempo real es el presente, aquel que estamos viviendo aquí y ahora. Sólo aquí puede estar la experiencia de manera completa, y pocas veces la disfrutamos, enredados en los tiempos virtuales (el pasado y el futuro) que el cerebro revisa de manera interminable.

¿Vale una última sugerencia?

Cada día buscá un momento para conectarte de lleno con una experiencia. Sin pensar, sin evaluar, sin juzgar. Puede ser cualquier cosa: el sonido de la lluvia golpeando sobre la ventana, el aroma de un sahumerio, el sabor del café a la mañana, un juego con tus hijos, una charla con un amigo íntimo, un beso de tu pareja. La consigna es sólo ésta: sean quince segundos o diez minutos, sólo viví la experiencia, sin dejar que los pensamientos te distraigan. ¿Querés intentarlo?

Lucas Raspall

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