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Domingo 10 de Mayo de 2015

Pedir todo, y no hacer nada

Desde Acá. Reflexión, en clave de humor, sobre un añejo vicio de muchos argentinos.

En la escuela nos enseñan que los españoles llegaron a México y se afanaron todo el oro que había, llegaron al Perú y se afanaron todo el oro que había, pero que llegaron al río de la Plata y se murieron de hambre.

En 1536, como es sabido, don Pedro de Mendoza aterrizó con un numeroso equipo en la Boca (si es que realmente fue ahí, el asunto se discute). El esquema era sencillo: los europeos transmitían los bienes de la civilización a los naturales del lugar, y éstos, en retribución, trabajarían para darles de comer.

No sé qué pasó, la fórmula no fue claramente comprendida. Parece que, al principio, a los querandíes, o como se llamaran, les resultó divertido llevarles algunas provisiones. Pero no aceptaron los beneficios de la civilización. A lo mejor no se los explicaron bien. En todo caso, eso de quedarse en un solo lugar no iba con ellos. Eran nómadas, aunque, a lo mejor, habría que dar vuelta las cosas, y decir que los otros eran sedentarios: tipos raros que vivían siempre en el mismo lugar, como si la comida no hubiera que buscarla donde aparecía.

La cuestión es que un día, seguramente, algún español se debe haber levantado del catre, y al acercarse a la muralla de barro que defendía el poblado, debe haber advertido que los indios ya no estaban, que se habían ido.

¿Y quién les iba a traer comida ahora? Parece mentira que un tema tan importante no hubiera sido anunciado debidamente, se trataba de una desconsideración increíble. Aunque se comenta que los visitantes intentaron recurrir al saqueo, decididamente eso no es muy redituable con gente que hay buscarla por todas partes antes de poderla saquear. Los españoles se quedaron sin comida.

Como mis antepasados fueron agricultores, a mí me resulta verdaderamente candorosa la idea de estar dependiendo de otro para obtener morfi, teniendo tanta tierra fértil por delante. Pero, se nos ha repetido hasta el cansancio, eso tipos eran unos caballeros, o sea: gente que no sabe trabajar. O, en todo caso, que no quiere.

Como todos lo hemos oído, así empezó el hambre en la primera Buenos Aires. Un hambre espantosa, lógicamente. Como toda hambre. Llegaron al canibalismo con los muertos, después de comerse, qué se yo, los perros, las ratas. Los caballos no se los comieron a todos, porque de esos caballos se llenó después la pampa, También es sabido. Pero no se les ocurrió sembrar. En realidad, no sé si habían traído con qué.

La solución, obvio, era buscar indios que supieran hacerlo. Parece que con una lentitud decididamente celta, tardaron bastante en darse cuenta. Pero al final se dieron cuenta. Tuvieron que mudarse bastante al norte, navegando el gran río aguas arriba, pero arribaron a un lugar así, y ahí se instalaron.

En ese lugar, donde fundaron Asunción, les fue rebién: comieron hasta hartarse y no laburaron lo que se dice nada. Hicieron trabajar a los indios, como ellos creían que correspondía hacer. Y, algo también muy importante, desarrollaron en plenitud su vida sexual.

El salvajismo, en este aspecto, era muy superior a la vida civilizada: cada caballero podía tener las indias que quería, e, incluso, con un poco de buena voluntad, las de sus amigos también. En España, cuando estas noticias arribaron, empezaron a llamar a ese lugar “el Paraíso de Mahoma”.

Y aquí viene lo que quería señalarles: ¿por qué en nuestra historia se han remarcado tanto los sufrimientos de estos tipos, en vez de hacer más hincapié en los placeres que también, por cierto, vivieron?

¿Usted, si le hubiera tocado pasar un poquito de hambre, se acordaría después, teniendo tanta felicidad a su disposición?

La respuesta, amigos, es muy simple: el hambre la pasaron en Buenos Aires; la felicidad, en Asunción.

La historia, tal como nosotros la conocemos, no la contaron esos sufridos conquistadores; la contaron los porteños, muchos siglos después. Que no podían aceptar, evidentemente, que a ellos les hubiera tocado la parte fea del asunto. Que el final feliz ocurriera en otra parte.

Esa visión se sigue imponiendo, hoy, en nuestros mitos de origen. Que todo empezó con un desengaño. Con hambre. Con sufrimiento. Es como decir que estamos de acreedores frente a la Historia, porque ésta nos engrupió y hoy nos debe una compensación.

Es la raíz, saben, de esa actitud de pedirle al país todo, y no hacer nada.

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