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Sábado 12 de Julio de 2014

Pasión mundialista

Como cada cuatro años, cuando se disputa el campeonato mundial de fútbol, el país se sumerge en un estado de anestesia que lo hace insensible a cualquier situación preocupante en materia política o económica.

Como cada cuatro años, cuando se disputa el campeonato mundial de fútbol, el país se sumerge en un estado de anestesia que lo hace insensible a cualquier situación preocupante en materia política o económica.

Pero la Argentina no es el único caso. Los jugadores colombianos, con un director técnico argentino, fueron recibidos como héroes tras su eliminación de la Copa en cuartos de final, un lugar que jamás habían alcanzado antes.

Costa Rica, a quien nadie tenía en los cálculos previos como animadora del campeonato, resultó una revelación y dejó Brasil invicta y tras perder por penales. La Nación centroamericana fue una fiesta durante la participación de su seleccionado en el Mundial.

También Estados Unidos, de poca tradición futbolera, sintió el efecto del paso de su equipo por Brasil, que hizo un buen papel. Una foto del presidente Barack Obama sentado en una sala de la Casa Blanca junto a otros funcionarios mirando un partido de su seleccionado recorrió el mundo. Es probable que Obama ni conozca las reglas de este deporte, pero eso es secundario porque la identificación con los valores nacionales va mucho más allá.

En Grecia, el país europeo más castigado por la crisis del Viejo Continente, endeudado por varias generaciones y con tasas de desempleo pocas veces vistas, puso un paraguas protector para ver a su selección nacional. La crisis cedió por unas semanas.

En Nigeria, por dar un ejemplo más de tantos, la lucha entre cristianos y musulmanes pareció detenerse durante los días que su selección jugaba en el Mundial. El drama de medio país tomado por un grupo fundamentalista islámico que tiene secuestradas a decenas de adolescentes pasó a un segundo plano.

En Brasil, anfitrión del torneo, las protestas sociales previas originadas en múltiples causas se disiparon al paso de los éxitos deportivos de su selección. La pregunta que todos se hacen ahora es qué pasará tras la humillante derrota frente a Alemania, con la que se terminó el sueño de lograr el campeonato.

Y en la Argentina, el fervor que se vive desde hace un mes derivará seguramente en la prolongación de ese clima exitista si mañana se logra el título frente a Alemania o en un más rápido regreso a la realidad si se pierde el partido. Mientras tanto, en Nueva York, se desarrollan negociaciones decisivas para el futuro del país, no sólo de este gobierno, con fondos buitre que están bajo el amparo de un sistema judicial funcional a la especulación financiera internacional.

¿Por qué el fútbol moviliza estos sentimientos de gloria o éxito tan profundos en sociedades donde los conflictos son permanentes y el desahogo dura pocas semanas? ¿Ese efecto de identificación positiva con los valores nacionales se traslada al resto de las problemáticas comunes de quienes viven en un mismo territorio?

La Argentina. Desde la obtención en 1978, hace 36 años, del primer título de campeón mundial, nuestro país soportó una dictadura asesina, políticos corruptos, hiperinflaciones, corralitos, saqueos generalizados, inseguridad urbana, default de la deuda, embargos, en una lista casi inacabable de situaciones dramáticas. Ese primer título mundial, y el que le siguió ya en democracia en 1986, ¿sirvieron para algo? ¿O sólo se trataron de catarsis colectivas con efímeros resultados de unidad nacional, patriotismo y orgullo sólo por un triunfo futbolístico, que seguramente significa más que eso?

Cuando en 1978 se festejó la obtención del campeonato mundial, a pocas cuadras del estadio de River Plate donde se jugó la final contra Holanda, había decenas de argentinos secuestrados en la Escuela de Mecánica de la Armada, principal centro de tortura y exterminio en pleno centro de Buenos Aires. Lo mismo ocurría en todo el país, cuando la represión estaba en su máximo esplendor. La gente, sin embargo, azuzada por un relator deportivo que sostenía que los "argentinos somos derechos y humanos" colmó las calles y plazas del país para celebrar la obtención del campeonato mundial. Años después se conoció en toda su magnitud el aprovechamiento político de la dictadura a ese logro en las canchas de fútbol y la dimensión del genocidio.

Ocho años más tarde, en 1986, el equipo argentino triunfante en el Mundial de México fue recibido con exitismo y fervor patrio en la mismísima Casa Rosada por un país que ya respiraba aires de libertad, revisaba su pasado inmediato, pero que estaba muy lejos de resolver problemáticas sociales y también políticas, con alzamientos militares incluidos. Fue así que poco más de tres años después, Ricardo Alfonsín debió resignar su mandato antes de tiempo víctima de una nueva forma de golpe de Estado, el golpe de mercado, que lo desalojó del gobierno dando inicio al menemismo, decididamente lo peor que le pasó al país desde el restablecimiento de la democracia.

¿Esas dos conquistas deportivas internacionales, sirvieron para amalgamar a la sociedad y generar transformaciones, o sólo abonaron la fantasía colectiva siempre presente de la necesidad de triunfo sobre el rival?

La pasión. "Me encanta ser argentino", "No es un equipo, es un país", "somos pasionales, solidarios", fueron algunas de las consignas escuchadas a un relator deportivo durante la transmisión de un partido de la selección nacional en Brasil. Seguramente que esas frases son decodificadas por el público, millones de personas a lo largo del país, de diferentes formas pero tienen el objetivo de exacerbar el sentimiento, la pasión, en este caso por el deporte, pero con connotaciones que lo exceden largamente.

No se trata de cuestionar la genuina algarabía por un triunfo deportivo, que a todos alegra, sino reflexionar sobre cómo puede canalizarse ese fuerte sentimiento unívoco de unidad en otras áreas donde el país hace agua desde hace décadas.

Volviendo a la oprobiosa dictadura de Videla y sus secuaces, pocas horas antes del desembarco en Malvinas el 2 de abril de 1982, una protesta sindical y política en Plaza de Mayo había sido brutalmente reprimida. La acción militar eclipsó totalmente el motivo de esa movilización popular y el país entero se alineó con el objetivo de recuperar esa parte del territorio austral sin medir consecuencias ni conocer la gravedad de iniciar un conflicto armado. Era una "causa" nacional y eso sólo bastaba.

La guerra de Malvinas y los mundiales de fútbol han tenido, y aún persiste, la potestad de unificar por un tiempo el pensamiento nacional en busca de un objetivo casi sagrado. ¿Por qué? ¿Qué valores se juegan en el inconsciente colectivo de masas para que un país se oriente en una sola dirección dejando de lado disputas anteriores?

Buceando en la historia de las grandes gestas y más allá de la connotación política que se le quiera otorgar en la actualidad, la resistencia del pueblo ruso durante la Segunda Guerra Mundial a los sitios alemanes de Leningrado (hoy San Petersburgo) y Stalingrado (hoy Volgogrado) son indicadores de hasta dónde una sociedad puede llegar cuando se encolumna tras valores nacionales, que en esos casos, estuvieron ligados a la supervivencia del país en lo que los rusos llamaron "La Gran Guerra Patria" contra el nazismo.

Salvando las distancias, los sentimientos que afloran en la Argentina en los casos mencionados de intento de recuperar territorio usurpado o ganar un mundial de fútbol, ¿por qué no son modificadores de conductas sociales que puedan ser empleados con la misma vehemencia en resolver situaciones crónicas, como la miseria estructural de vastos sectores del país? ¿Por qué una Nación puede paralizarse y empujar para el mismo lado en un partido de fútbol y no lo hace para transformar cuestiones vitales de su desarrollo social, económico o político?

Respuestas que los lectores, seguramente, podrán responder.

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