Edición Impresa
Domingo 22 de Noviembre de 2015

Pasillos

Cristián S. encontró el pendrive tirado en la vereda, a menos de diez metros de la puerta del Defensores Charrúas.

Cristián S. encontró el pendrive tirado en la vereda, a menos de diez metros de la puerta del Defensores Charrúas.

Lo recogió, miró alrededor intentando descubrir a quién se le había caído, pero no había nadie a menos de una cuadra. El club ya había cerrado y la calle vacía convocaba al inveterado temor que la soledad de las veredas promovía en esos tiempos en que la inseguridad había ocupado el lugar que el clima o los resultados deportivos poseían en su infancia como eje de la tertulia cotidiana.

Ya en su casa vio el contenido del pen. Ese simple voyeurismo sobre el acopio de un desconocido no lo amedrentó ni le creó ningún conflicto: no temía encontrar nada que lo escandalizara o asustara, tampoco consideraba lo suyo como una intromisión.

Una lista de carpetas era su contenido. El nombre de cada una de ellas era una dirección imprecisa de la ciudad. Rioja al 1600, Cochabamba al 1200, Rosas al 2100, Pasco al 500, San Martín al 1600, Salta al 2000, Rosas al 4000, La Paz al 1600, Mendoza al 1600, Mendoza al 1100, Moreno al 0 bis, Güemes al 1800, Entre Ríos al 100, San Lorenzo al 2000, Paraguay al 2000, Carriego al 900, Viamonte al 3200, Alem al 2300, San Martín al 3800. Había más de cien direcciones. Algunas tenían un asterisco, otras no. Las abrió una por una, las marcadas tenían fotos de casas. Pensó en una estudiante de arquitectura fascinada por algún estilo de construcción, pero lo heterogéneo de la colección lo disuadió.

Durante las siguientes semanas el pendrive lo fue atrapando. Visitó varias de las direcciones, y descubrió que las fotos correspondían a pasillos. Sólo pasillos. Unos anchos, otros angostos, algunos de los que no podía ver el final porque inesperadamente doblaban y se hundían en el corazón de la manzana.

Esas visitas le robaron las horas que tenía dispuestas para preparar los parciales. No le importó. Sintió la pesquisa del desconocido como propia.

En la segunda semana comenzó a visitar las direcciones aún no marcadas. Registró en fotos los que supuso eran los pasillos buscados. Tomó así la posta del desconocido.

En tres meses completó la colección. Dedicó casi todo su tiempo libre al menester, y sólo una carpeta, nombrada "¿árbol?" fue elusiva a su labor de investigación. Dentro de la carpeta, sólo existía un pequeño texto que decía: "Pasillo cerca de la plaza López. Ahí funcionaban caballerizas de carretas".

La intriga le sirvió de excusa para llamar a Maite. Se reunieron en un bar, tomaron una cerveza y él le mostró en su notebook el contenido del pen. Maite le confirmó que la plaza López había sido durante décadas la plaza de carretas de la ciudad. Cristián S. la invitó, como antes a su familia y a sus otros amigos, a que le enviara las direcciones de los pasillos que le llamasen la atención. Él, a la vez, dedicó todo su esfuerzo a recorrer la zona de la plaza López. Le obsesionaba no descubrir el pasillo del árbol.

Un anochecer de agosto, recorriendo Zeballos, observó a un hombre mayor que caminaba lentamente por las veredas, se detenía cada pocos metros mirando hacia las fachadas, se inclinaba y por las cerraduras intentaba ver el interior de las construcciones. Lo siguió. A las dos cuadras lo vio detenido un par de minutos frente a una puerta. Se acercó, se puso junto a él y miró el interior.

Era un pasillo muy ancho, de unos cuatro metros, y un largo de cuarenta metros o más. Corría entre dos modernos edificios de departamentos. En el final del pasillo, a su izquierda, una inclinación de la pared indicaba una invisible continuación. Miró al hombre y le habló.

—Qué lindo pasillo, ¿no?

—Sí, respondió el viejo, los pasillos son el alma de esta ciudad, no hay en Buenos Aires, ni en Córdoba, ni en ningún lado tantos como en Rosario.

—Sí, respondió el futuro matemático, y agregó: creo que tengo algo suyo.

El hombre le prestó verdadera atención por primera vez. Cristian S. le mostró el pen. Lo completé, le dijo, y no sabía cómo ubicarlo a usted.

El viejo le agradeció, lo palmeó y le pidió que lo acompañara. Tocó dos o tres timbres del pasillo hasta que una mujer que se presentó como Mercedes escuchó el extraño pedido y sin dudar ni desconfiar de ellos, les abrió la puerta.

Después de los primeros cuarenta metros el pasillo tenía una pequeña curva y seguía una veintena de metros más. Al final se abría otro pasillo perpendicular hacia la derecha. Antes de ello, en la pared izquierda de la continuación, se abría otro que luego de quince metros se abría en dos ramas paralelas al pasillo central.

En ese pasillo lateral el viejo se sentó en el piso, apoyó su cuerpo contra la pared, hurgó en el bolsillo y le devolvió al pen a Cristián.

—Tomá, le dijo, ahora es tuyo, ya está.

—¿Y el árbol?

El viejo le explicó que el pasillo era el árbol, con sus ramificaciones imperfectas, como un ser vivo. Le dijo que una noche un borracho le contó que había vivido en un pasillo cerca de la plaza López que se ramificaba como un árbol. El viejo le explicó a Cristián que por un momento creyó que el borracho, un gran lector de Borges, se burlaba de él.

—Me pasé años, pibe, agregó el viejo, buscando comprender qué era la rosarinidad. No sabía si era la trova rosarina, la poesía coloquial, la isla, Echesortu. Busqué una anécdota, una historia, una tonada o una literatura que nos abarcara. Me cubrí de cosas, hechos y fantasmas: el tigre de la laguna de Sánchez, el primer monumento, el que arrastró la creciente, la laguna de Godoy y la de mandinga, el Trinche, el combate de acorazados, Popono. En esa búsqueda descubrí que nuestra arquitectura es un trípode, decó, modernismo y pasillos, muchos, hermosos pasillos y que esa es la escenografía de la rosarinidad.

Cristián S. no le respondió nada.

—Ahora seguí vos pibe, yo me quedo un rato acá, lo despidió el viejo. Estoy en la gloria, quiero quedarme un rato más. Sé que ningún instante dura para siempre, pero dejame ilusionarme con que encontré mi gloria, una gloria bien rosarina, algo que sólo acá podemos llamar la gloria eternal.

Comentarios